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Artículo de literatura - Fantasymundo.com
Relato: Pili
Patricio Chaija   13/06/2008 ( 1223 lecturas) Comentarios (1)
     A fines de septiembre noté un desmejoramiento en ella: sus miradas se hicieron más profundas y perdidas, y tenía granos en sus mejillas
a Pilar C.


Cambio en mujer¿Cómo entender un hecho que tenía la doble cualidad de ser hermoso y cruel, en todas sus alternativas, cómo evitarlo, cuando la noche cayó sobre el colegio, y qué podía hacer yo, un hombre simple cuya comprensión de los hechos iba a quedar vedada hasta después que terminó todo –y lo sigue estando aún hoy-?

La primera vez que vi a Pili fue una mañana en que entré a 9no B como siempre, y ahí la vi, y nada fue como siempre, porque entrar a un aula cuatro días por semana desde marzo hasta diciembre es conocer las caras, los gestos, las presencias y nombres de veintipico personas que justifican durante un ciclo lectivo el hecho de tener que levantarse temprano y hablarles durante sesenta minutos sobre argumentación o la revolución rusa. Era morocha y estaba sentada en el fondo. Tenía los ojos tristes y pintados. A su lado estaba Aldana. Sé que es una manera confusa de enumerar, y probablemente se vuelva más confusa a medida que mencione los hechos que componen esta historia, pero la incomprensión en la que me sumieron las extrañas circunstancias que rodearon el caso de Pili me impiden elaborar mi manera exposición. Bien. Entonces tal vez no sea ocioso recordar que me pareció hermosa; que su voz se perdió en el murmullo de la mañana y que la atención que le prestaron sus nuevos compañeros fue total o nula.

-Pilar –me respondió luego de que le hubiera preguntado cómo era su nombre.
-A ver, chicos, déjenme escuchar –hice como que me ponía serio, y varios alumnos sonrieron. Siempre resultaba.

No recuerdo qué tema tratamos ese día, pero sí que me quedó la sensación de que no me había registrado, que yo había pasado frente a ella como tantas otras personas en su vida. Me intrigó saber qué era el dolor que la aquejaba, y fui a hablar con Susana, la preceptora del curso. Susi me contó que se había mudado a la ciudad con sus padres desde Viedma. Me dije que era normal que una adolescente sintiera tristeza por dejar sus amigos, afectos y el lugar al que añoraba para empezar una nueva vida en una ciudad y un ámbito nuevos; además recordé mi carácter a esa edad, y llegué a la brillante teoría de que el sentimiento predominante en los quinceañeros es la melancolía.
Los jueves había veinte minutos de Lectura Silenciosa Sostenida, un proyecto institucional que se cumplía a rajatabla (salvo cuando había un aviso de peligro de bomba), y un día Pilar vino a mi banco mientras sus compañeros leían.

-No me gusta leer. ¿Puedo quedarme acá con vos? -dijo y me dedicó una sonrisa cansada.
-Sí. Pero traete una tijera y ayudame a recortar –le señalé el montoncito de hojas que estaba sobre el pupitre. En casa no había tenido tiempo para preparar los textos con los que íbamos a trabajar hoy. Pasó por los bancos de sus compañeros hasta que alguien le prestó una tijera y acercó su silla a mi banco.
-¿Esto vamos a leer hoy?
-Sí.
-No me gusta leer nada –sonrió con picardía.
-Mmm… qué mal. En Lengua hay que leer bastante. ¿Nunca te llevaste Lengua?

Se encogió de hombros y miró por la ventana, y supe que la había perdido de nuevo.

Días después me encontraba en el bufet del colegio haciendo cola para comprar mi almuerzo, cuando se me acercaron Esteban y Luciana, sonrientes, vendiendo un número para una rifa.

-¿Y por qué motivo es la recaudación? –les pregunté-. ¿Para el beneficio de ustedes?
-Ja ja, no. Es para la fiesta de egresados. ¿No te enteraste? –dijo Luciana.
-¿No viste el afiche? –inquirió Esteban y señaló.


20 DE NOVIEMBRE A LAS 21 HS.
FIESTA DE GALA PROMO 007
EN EL GIMNASIO DEL COLEGIO
¡SORTEO DE UN 0 KM!



-¿En serio sortean un auto?
-No tengo idea –Esteban se encogió de hombros. Siempre respondía eso cuando estábamos en clase, y acompañaba las palabras con ese gesto de incredulidad que me irritaba.

Les compré un número y desaparecieron. Entre la gran cantidad de chicas y chicos que esperaban por ser atendidos, una estela se iba abriendo entre ellos. Vi pasar a Pilar, que discutía con una chica de otro curso.
Los chicos se apartaban y las miraban extrañados. Pilar y la otra chica, a la que sólo conocí de vista, porque nunca había sido alumna mía, disputaban en voz cada vez más alta. Cuando pasaron al lado mío traté de calmar los ánimos.

-Pilar –la llamé-, no se peleen.
-¿Quién sos vos? –me increpó-. Moríte –y se volvió hacia la otra chica y le siguió contestando.

Ingenuamente no supe si en verdad su pregunta era un ardid retórico o una sincera pregunta, y, ante la laguna mental que tal vez le ocasionaba la acalorada discusión con la otra chica, el recuerdo había sido alterado por la violenta emoción.

-Soy tu profesor de Lengua –le respondí y me sentí estúpido.
Ella se volvió y me encaró.
-No te metás. No sabés qué está pasando.
-No sé qué le pasa a ésta –lloriqueaba la otra chica-, estaba comiendo un sándwich y me lo quitó y lo tiró. Después me empezó a agredir.
Pero Pilar no la escuchaba. Estaba concentrada en mí.
-No me importa quién sos, así que andate. Estoy haciendo lo mío.

El odio que había en esos ojos no se condecía con la tristeza y la dulzura que yo había advertido días atrás.
La otra chica seguía hablando en voz alta, y Pilar se dio vuelta y le dio una cachetada. Todos nos quedamos sorprendidos. Se hizo silencio de golpe en ese mar de gente. De manera muy veloz Pilar se escabulló y salió de la cantina.
Me dije que tenía que hablar con ella pero sin forzar la situación porque, si bien de manera natural habíamos charlado con Pilar en algunas oportunidades, este cambio repentino de carácter contradecía la breve relación que habíamos construido entre alumna y profesor. Además me había desconocido de manera categórica, y en sus ojos pude ver que no sabía quién era yo. Todo eso me hizo considerar que no debería forzarla a hablar, o ella se cerraría como siempre, sino que iba a esperar a que se diera la oportunidad.
Me olvidé del asunto y seguí dando clases; ella siguió alternando momentos de silencio con esporádicas y breves sonrisas. Se llevaba mejor con el curso, tal es así que se juntaba con algunas chicas del grupo de Aldana, y se saludó con sus compañeros de 9no B y con los de otros cursos también.
Pero a fines de septiembre noté un desmejoramiento en ella: sus miradas se hicieron más profundas y perdidas, y tenía granos en sus mejillas.

-Pilar – la llamé un día cuando salían todos al recreo luego de tener clases conmigo. Se acercó al pupitre y le pregunté-: ¿Cómo va todo? ¿Te sentís bien en la escuela?
-Sí –me sonrió desde detrás de su flequillo-, la verdad todo bien. Pero no me digas Pilar. No me gusta. Decime “Pili”.
-Bueno, yo te voy a decir “Pili”, pero vos vas a tener que empezar a convidarme algo de lo que comas, porque mientras estoy explicando desde adelante del pizarrón siempre veo que con Aldana, en el fondo del aula, están masticando en todo momento. Me dan risa, parecen un par de hamsters.



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1 Comentarios recibidos
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Usuario: pili (27-Nov.-08)

GRACIAS PATO
es lo mas lindo,
te quiero .
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