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Dorada, de Lucius Shepard |
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Michel Beheim, ex detective de la Policía de París recientemente transformado, se asocia demasiado a los parámetros del héroe de best seller como para poder descollar, con personalidad propia, en una novela de vampiros. |
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Vampiro: La Mascarada es uno de los más famosos y variados juegos de rol que existen. Eleva la pasión por el vampirismo a cotas muy altas, hasta el punto de diseñar toda una sociedad no-muerta paralela a la humana, regida por una férrea jerarquía y movida por el cumplimiento de unas Tradiciones seculares imprescindibles para la supervivencia. Aunque la mayor parte de los módulos que se desarrollan suelen ambientarse en una época cercana al año 2000, fecha tope de la Gehenna, especie de apocalipsis que marcará el advenimiento de Caín, el Primer Vampiro, la Mascarada arranca en los tiempos del florecimiento cultural europeo, cuando la Inquisición empieza a combatir con el miedo el despertar científico y racionalista.
Los Vampiros se alinean en dos bandos, aquéllos que apuestan por mantener la Mascarada, para infiltrarse y trabajar entre unos humanos mayoritarios y necesarios, y aquellos que la desprecian y optan por seguir usándolos como ganado. La adscripción de cada uno de ellos en un Clan determinado (definido por unas características, competencias y habilidades propias), señalará su participación, o no, en esa estrategia vital.
En este escenario de total ocultamiento, los Vampiros trabajan para su bien colectivo sin despreciar el particular, de forma que el juego de La Mascarada consiente, como ninguno, grandes dosis de intrigas políticas y de tramas gratificantemente complejas que acostumbran a prescindir fácilmente del mata-mata institucionalizado por Dungeons & Dragons para abrazar nuevas experiencias lúdicas que anteponen el argumento sobre la acción. Por las posibilidades que ofrece, La Mascarada, y su aún más suculenta precuela, Edad Oscura, se convierte, si cuenta con un director de juego hábil e imaginativo, en lo más parecido a una novela llevada al mundo del rol.
Esto último es lo que mejor puede definir a “Dorada” de Lucius Shepard (Bibliópolis), premio Locus 1993 (enésimo en el haber del veterano escritor, una máquina cosechadora de distinciones y galardones variados), y nuevo intento, casi definitivo, por construir una ficción vampírica moderna en la que se compatibilicen herencias decimonónicas con aportaciones del siglo veinte. La gran novela de vampiros revolucionaria está todavía por llegar pero, tras Dorada, la empresa se antoja cercana.
Dorada, en efecto, parte de un puñado de muy buenas ideas desgranadas con acierto: para empezar, su sociedad vampírica es verosímil en sus tensiones de clase y en sus luchas de poder; consigue transmitir novedades tales como la Iluminación, castigo que se aplica a los que vulneran los Misterios (Tradiciones) o atentan contra la Familia (Mascarada), destinado a unos pocos y que tiene un carácter dual, ya que ésta no es sólo una pena por refracción solar sino el momento en que el penado adquiere dotes anticipatorias, logrando, en la catarsis de su tormento, penetrar los límites del presente para poder revelar el futuro, o como la Decantación, goce supremo en el que unos elegidos prueban la más perfecta sangre que fluye por las venas de la Dorada, cruce último y sublime de varias generaciones humanas.
Shepard, personaje increíble que, de no existir, debería haberse creado (motero, portero de discoteca, contrabandista en El Cairo y viajero indómito), crea unas escenas espeluznantes, en las que campa a sus anchas la más decrépita depravación y la más abyecta repugnancia. Este logro es sin duda lo más destacable de un libro que, por instantes, recuerda al Gormenghast de Mervin Peake, con el que comparte la construcción de retratos y perfiles asociados a situaciones muy retentivas en la memoria. Así sucede en el caso de Mikolas De Czege, agresivo y violento vampiro que someterá a la pareja protagonista a un encarnizado duelo contra él y su autómata mecánico. Un pasaje escalofriante y soberbio, magníficamente escrito.
Poner el énfasis en Dorada como novela de ideas y estampas antes que de contenidos parece lo más apropiado, toda vez que de éstas se nutre y por éstas funciona. La trama que narra el libro apenas sí tiene importancia, destacándose, conforme se avanza en ella, cada vez más por su inconsistencia y su previsibilidad (de hecho, si se hiciera una mención de la sinopsis entera de este volumen, llegaría a ocupar menos de un tercio de su extensión final).
El brusco tránsito de unas escenas a otras diluye en parte su potencial evocador, resultando una fórmula que no luce nada bien en papel impreso
Este hecho no es malo de por sí, pues en el presente tomo, la atención no se centra en el “vampirismo” (modos de vida o conductas vampíricas), sino en la vampirización (el proceso por el cual un humano acaba deviniendo en no-muerto), lo que requiere mucha introspección y familiaridad con su protagonista, como realmente acaba pasando. El problema reside en la flojura de dicho protagonista.
Michel Beheim, ex detective de la Policía de París recientemente “transformado”, se asocia demasiado a los parámetros del héroe de best seller como para poder descollar, con personalidad propia, entre tantas prolongaciones de un mismo comportamiento y una misma degeneración, y entre diálogos demasiado repetitivos de una boca a otra. Quizás a Dorada le hacía falta un prototipo más diplomático y menos “berskerker” (destructivo con todo), y puede que en eso estribe el fallo del personaje de Beheim. Pero, sea eso o no, lo cierto es que todos sus comportamientos y motivaciones tienen un regusto tan manido que acaba resultando cascado (y, por ello, cansino).
Además de esta desventaja, la circunstancia de situar buena parte de la narración de Dorada en un colosal recinto cerrado - el castillo Banat- apresa al libro en una tendencia más o menos habitual en la literatura que se aprovecha de semejantes escenarios (véase Evenmere, por ejemplo): la de mostrar lugares tan diferentes entre sí como para hacerlos difícilmente consistentes y creíbles en la mente del lector. El brusco tránsito de unas escenas a otras diluye en parte su potencial evocador, pues las habitaciones de Banat se vuelven un galimatías indescifrable, que seducen al lector, pero llevándole a preguntarse reiteradamente si tal acumulación responde a un fin preciso o si la perfidia y la depravación sólo podían erigirse siguiendo una fórmula que no luce nada bien en papel impreso.
No es el aburrimiento o la repulsión lo que se experimenta en Dorada, si no la más abierta decepción ante un título que, por las promesas apuntadas en sus prolegómenos, debía haberse convertido en el modelo a imitar por quienes quisiesen hacerse un hueco en la literatura de vampiros. Desafortunadamente, ésta parece aún empecinada en no desprenderse de sus clichés.
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