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Psicosis (1960), de Alfred Hitchcock |
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Hitchcock se ha convertido en uno de los máximos representantes del suspense en el séptimo arte, y su película Psicosis (1960) ha trascendido como un auténtico símbolo del cine de terror. Fantasymundo quiere homenajear a este icono del cine. |
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La llegada al motel Bates, y especialmente la conversación mantenida entre Marion y Norman, le permitirá a ésta sincerarse con un perfecto desconocido, y darse cuenta que todavía no es demasiado tarde para afrontar las consecuencias de sus actos. En este sentido, la escena de la ducha tiene un carácter catártico, puesto que ofrece a Marion la opción de redimirse y expiar sus pecados. Sin embargo, la existencia de un improvisado verdugo, la señora Bates, parece tener otros planes, e irrumpe de forma brusca en la estancia, rompiendo la placidez y relajación del baño, para así eliminar la terrible amenaza que esta fémina supone, al intentar arrebatarle el cariño del hijo.
Desaparecida Marion, comenzaría una nueva historia, donde la hasta ahora protagonista, sigue estando presente, pero son otros los personajes los que toman las riendas de la historia. Ahora son Lila (Vera Miles) y Sam (John Gavin), los secundarios que saltan a la palestra para investigar las circunstancias que rodean a la desaparición de Marion, y sobre todo para convertirse en testigos involuntarios del macabro secreto que rodea la mansión de los Bates.
En cuanto a los aspectos técnicos de la producción, conviene resaltar la importancia de la cámara para contar la historia, algo que no supone ninguna novedad cuando se habla de cualquier film del mago del suspense. En este caso conviene fijarse, en la vista panorámica con que se abre la película, semejante a la visión de un pájaro, por cuanto se trata de una vista aérea de la ciudad de Fénix, que termina introduciendo la cámara en la ventana de un hotel, para ofrecernos un plano detalle de dos de los protagonistas.
Memorables son también los primerísimos primeros planos de Janet Leigh, imprescindibles para traslucir su estado de ánimo, durante la travesía de carretera. Como no podía ser de otra manera, encontramos numerosos planos detalle que en el caso de Hitchcock actúan como recordatorio al espectador de claves importantes para la historia, un ejemplo claro lo encontramos en el plano detalle del periódico, que situado sobre la mesilla del motel, esconde el dinero robado.
Otra de las claves del cine de Hitchcock, consiste en identificar al espectador con determinados aspectos de sus personajes, en este caso cuando Norman descuelga en cuadro y mira a través del agujero, nos convertimos en testigos del carácter voayeur del joven solitario, pero al mismo tiempo, participamos de dicho acto, pues quien ha podido resistir la tentación de espiar a través de una mirilla.
Y si hablamos de la importancia que la cámara tiene en este film, no debe pasarse por alto la escena clave, la secuencia de la ducha. El más perfecto asesinato perpetrado en el cine, mil veces imitado, pero todavía sin superar. El acierto de la escena se debe a no centrar la atención excesiva en el cuchillo, ni en cómo penetra en el cuerpo de la víctima, sino en ese genial plano detalle de la boca abierta de Marion, acompañado por su grito, elementos más que suficientes para comunicar la violencia del acto. Todo ello seguido por una sucesión de planos breves y rápidos, donde el subir y bajar del arma, se mezclan con los vanos intentos de la víctima para intentar detener la acción. Y como broche de oro, el plano detalle del desagüe por el que cae el agua, formando una espiral, que con un fundido encadenado se transforma en el ojo sin vida de la protagonista, también en plano detalle con retroceso nuevamente en espiral, hasta permitir ver un plano medio del cuerpo sin vida.
Igualmente destacable es la secuencia del asesinato del detective Arbogast (Martin Balsam), sorprendido subiendo las escaleras hacia el piso superior de la mansión, resuelto con un complicado sistema que le permite al director simular como sería la caída de una escalera.
Otra de los factores por los que debe destacarse una película de estas características, reside en el espléndido pulso narrativo mantenido por el director, lo que le permite introducir al espectador en una historia donde la tensión se mantiene hasta el final sin innecesarios sobresaltos. Buena prueba de ello, reside en la atmósfera que rodea al motel, cuando llega Marion, lo primero que ve es esa imponente mansión cuya silueta se yergue amenazadora en lo alto de la colina, preludio de los trágicos acontecimientos que se desarrollarán a continuación. En una línea similar se puede mencionar, la apacible salita contigua a la oficina de Norman, cuyas paredes están decoradas por un “vital” grupo de pájaros, que anuncian en primer lugar el carácter inestable de su anfitrión y en segunda instancia permiten captar al espectador más experto, de la conexión que se establece entre dichas aves y la madre del joven.
Estas dos escenas sirven para prepararnos acerca del clímax de la cinta, la ducha, que al mismo tiempo supone un punto de inflexión, pues una vez cometido el crimen y limpiado las pruebas, la película retoma un ritmo normal, donde la investigación del caso Marion se convierte en el epicentro principal. En esta segunda parte adquieren especial relevancia las escenas que vuelven a tener el motel como protagonista, tanto la protagonizada por el detective, como por Sam y Lila, destacando esta última en su peculiar registro de la mansión y en descubridora del cadáver de la señora Bates en el sótano, sorpresa que Hitchcock tenía guardada como as en la manga, y que se reserva para el final, como una especie de aún no ha pasado todo.
La señora Bates es el elemento con el que se concluye la historia, la detención de Norman, y la explicación del caso, a cargo del psiquiatra de la policía, el doctor Richmond (Simon Oakland), que ofrece tanto a los testigos como al espectador, una lección magistral acerca del problema de doble personalidad presente en Bates. Aunque más significativo que el discurso del doctor, sea el plano que nos presenta al asesino en el interior de la celda, un plano que se acerca hasta ofrecernos un plano detalle de su rostro, acompañado de una voz en off, en este caso femenina pero que refleja los pensamientos de Norman, y sobre todo el primerísimo primer plano, que acompañado de un fundido permite asociar el rostro del joven con la calavera de su madre.
A Alfred Hitchcock, se le debe la paternidad de esta primera Psicosis, cinta considerada de forma únanime como obra maestra, cuyo legado ha sido objeto de homenajes más o menos afortunados desde films paródicos a guiños por parte de los Simpson. Pero también ha contado con diversas secuelas, alejadas del espíritu de la original, en un intento por seguir explotando el filón que supone el personaje de Norman Bates. Así en la década de los ochenta encontramos Psicosis 2ª parte, el regreso de Norman (Richard Franklin 1983), donde se recupera no sólo a Anthony Perkins, sino también a Vera Miles. Le seguirán Psicosis III ( Anthony Perkins 1986), y Psicosis IV el comienzo (1991 Mick Garris, telefilme).
Mención aparte merece el remake perpetrado por Gus Van Sant en 1998, con Vince Vaugh, Vigo Mortensen, Ane Heche y Julian Moore en los principales papeles; una revisión innecesaria que salvo dos escenas nuevas perfectamente prescindibles, como por ejemplo la masturbación de Norman y las imágenes oníricas que acompañan el asesinato de Marion; el resto es una copia plano a plano del original, cambiando el blanco y negro por el color, sin ningún interés. Remakes y secuelas que en ningún caso hacen justicia al original, un auténtico clásico que ha superado con creces el paso del tiempo.
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