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Obras Maestras: La mejor ciencia ficción del siglo XX |
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Tenemos a los robots y sus complejidades de Asimov, el Marte onírico y metafórico de Bradbury, el espacio y el Dios de Clarke, las interfazes ordenador-humano de Gibson, el hard de Pohl, la fantasía de Le Guin... |
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Cuando hace unas semanas realicé la primera reseña de un título de Nova para Fantasymundo.com, recordaréis que me felicitaba por partida doble: por un lado, están las introducciones de Miquel Barceló, que las recuerdo desde hace ya tiempo, plagadas de datos de interés y jugosos comentarios; por otro, la editorial, Ediciones B (Grupo Zeta) es lo suficientemente potente como para traernos abundancia de títulos, esto es, pagar los royalties que a buen seguro pedirán allende el Atlántico. Y como muestra de lo que acabo de decir, está el título que nos ocupa: casi 600 páginas de relatos cortos de... ¿habéis visto los apellidos? Espero que los conozcáis, si no... éste también es tu libro. Vayamos por partes.
La reseña no va a versar sobre la atmósfera creada por el autor, el desarrollo de los personajes, el esquema de la trama,... ¿por qué? Porque es un libro de relatos, y como son muchos, no voy a aburriros con un breve resumen de cada uno. Os los enumero al final para que conozcáis cuál es el contenido del libro. Quizá, también, al final de la reseña os cuente cuáles me han gustado más, pero es una opinión tan subjetiva que no quiero que os engañe.
Lo verdaderamente objetivo es que tanto ante la introducción de Miquel Barceló como a la del propio Orson Scott Card, que es quien ha seleccionado los relatos y los presenta uno a uno con una pequeña biografía del autor del mismo, uno podría decir que como propagandistas no tienen precio. Esto es, se encargan de dejarnos claro que tenemos en nuestras manos un tesoro que más que en una biblioteca debería estar en una caja fuerte. Sin embargo, ambos son lo suficientemente inteligentes como para reconocer que tras el lógico panegírico, aquí no puede estar TODO lo mejor que se ha escrito de Ciencia Ficción en el siglo XX. Es obvio, y el lector habitual ya no cae en la trampa de frases grandilocuentes. La primera razón de muchas es que los derechos editoriales no son tan fáciles de adquirir, la segunda es el inmenso volumen de lo escrito en 100 años (alguien se imagina una antología de la mejor poesía del siglo XX), la tercera y última por no citar más es que parece que Europa, Sudamérica, Japón y otros países con buena tradición y mejores escritores no tienen el peso especifico que se llevan los anglosajones que plagan el libro. Todo esto hace que casi podamos decir eso de: son todos los que están, pero no están todos lo que son.
¿La razón? Algún relato chirría en medio de esta cita de famosos, no porque sea malo en sí (un aficionado se leerá el libro de cabo a rabo sin problema), sino porque, repito, el listón se ha puesto muy alto y así se debería haber mantenido. De hecho, yo más bien veo a los relatos como representativo de lo que marcó a cada autor, porque en ocasiones hasta se ha seleccionado una muestra que no es lo mejor precisamente de algún autor en concreto.
Esto es: tenemos a los robots y sus complejidades de Asimov, el Marte onírico y metafórico de Bradbury, el espacio y el Dios de Clarke, las interfazes ordenador-humano de Gibson, el hard de Pohl, la fantasía de Le Guin, y así seguiría. Por eso este libro tiene a muchos lectores potenciales:
1.- El neófito que tiene una estereotipo al respecto de la Ciencia Ficción. Una de dos, o lo confirma y esto no es lo suyo, o descubre cómo empezó todo y adónde ha llegado. Se engancha seguro a la legión. Eso sí, debe ubicar cada relato en su época, ya que si no puede desvirtuar la esencia del relato. Es lo de siempre, conocer el contexto del autor permite saborear más una obra de arte del tipo que sea. Por poner un ejemplo, si esto no se hace, que nadie pretenda leer un libro de la saga espacial de los Aznar.
2.- El que se resiste a las reuniones de relatos. Aquí los hay tan buenos y variados, que le cogerá el gusto.
Al respecto del 1 y 2, os diré que tengo pensado regalar este título a más de dos personas, y cuando esté abriendo el envoltorio le voy a decir: léelo en las condiciones adecuadas, como lo haces cuando tienes un título bueno y te esmeras en que nadie te moleste y la atmósfera sea la adecuada. Si un relato no te engancha en las cuatro primeras páginas, no sigas; pasa al siguiente. (Por cierto, recomiendo cierta pausa entre cada relato. Dejar que se asiente en nosotros). Si no es el estilo, será la propuesta y si no la trama lo que te gustará de la mayoría. Esto es, como mínimo, a dos tercios del libro se le puede calificar de una excelente lectura, te guste lo que te guste, por lo que pocos serán los relatos que descarte.
3.- Al que le gusta, entre más cosas, la CiFi y pilla algo cuando le dicen que es bueno. Pues eso, que aquí te abrirán la puerta a todo lo bueno que te estás perdiendo y podrás encontrar cuál es el estilo que más te enganchará de cara a futuras lecturas.
4.- El aficionado que lee habitualmente CiFi examinará la lista de relatos y descubrirá títulos míticos, verá el compendio de autores (faltan unos cuantos, lo sé) y entreverá una especie de Civil War de Marvel y sabrá que tiene asegurada diversión y descubrimiento o redescubrimiento, según sea.
Al igual que ocurriera con otro título que leí recientemente, “Cronopaisajes: Historias de viajes en el tiempo” donde los relatos se estructuraron en viajes a pasado, presente y futuro, aquí se han organizado no sólo de forma cronológica, sino que divididos en tres épocas: De oro, nueva ola y mediática.
Tenemos a los robots y sus complejidades de Asimov, el Marte onírico y metafórico de Bradbury, el espacio y el Dios de Clarke, las interfazes ordenador-humano de Gibson, el hard de Pohl, la fantasía de Le Guin...
La explicación para cada una ya la sabéis o bien la intuís. La edad de oro es la de los pioneros, diría yo, empapados todavía de la aventura y el pulp de principios de siglo, y con avances científicos que les hizo soñar lo mismo, me imagino, que a aquellos que en el siglo XIX o en el Renacimiento pensaban que la ciencia no daba para más o bien que se estaba a la vuelta de la esquina de alcanzar el cielo. La nueva ola, años sesenta y setenta, dio una vuelta de tuerca a los anteriores y se abrió más al hombre y a su psicología y sociología. La edad mediática, quizá criticada porque ha pervertido la calidad y está explotando mucho de lo ya tocado anteriormente (claro, que se lo digan también a los arquitectos, a los modistos, a los pintores,...) se atreve con todo pero sigue soñando, que es lo importante.
Volver a tratar, en la introducción de este libro, el tema de que la Ciencia Ficción no sólo es literatura, sino que además es la literatura por excelencia del siglo XX, es para mí como ni tanto ni tan poco. Si el arco iris tiene siete colores, la literatura tiene X géneros y uno es pura y simplemente la Ciencia Ficción. En las tonalidades que le separan a un lado y otro de otros colores-géneros existe una riqueza tan buena como la que se producen en las mezclas historia-suspense, romanticismo-historia urbana,... Que desde dentro se tenga que defender a la ciencia ficción me parece que debe cesar. Parece que nosostros mismos lo cuestionemos. ¿Acaso no existe todo un público que la sigue manteniendo viva, demonios? Por lo que, aunque Scott Card avisa que éste no es un tratado, casi se le va la mano y pretende soltar una mini-cátedra en sus primeras páginas.
CiFi es la esencia de este libro. Como dije antes, en las reuniones de relatos unos gustarán más y otros menos, es inevitable y necesario, pero aquí ganan los buenos (como en las pelis de vaqueros).
Si os habéis dado cuenta, no he hablado de ninguno. Descubridlos vosotros y ya podréis entrar en los foros y hablar con propiedad; es decir, no os limitéis a recitar nombres para que vean cuánto sabéis y cuántos libros tenéis, sino para poder decir que si Asimov te encanta, Clarke te aburre, o al revés; que Heinlein y Gibson están bien pero que no es para tanto; que con Pohl se consigue viajar igual que con Verne, y con Le Guin pensar; qué sé yo,... leed, leed, malditos.
Bueno, lo prometido es deuda. Mis favoritos, entre otros muchos han sido: “Todos vosotros zombis...”, “Componedor”, “Tenían la piel oscura y los ojos dorados” (ya sabéis que adoro Marte), “El túnel bajo el mundo”, “Los que se van de Omelas”, “Luna inconstante”, “Los reyes de la arena”, “Vasijas”, “Nieve” y “Uno”.
RELATOS:
LA EDAD DE ORO
«Llámame Joe» de Poul Anderson. («Call Me Joe», 1957)
«Todos vosotros zombis...» de Robert A. Heinlein. («All You Zombies», 1959)
«Componedor» de Lloyd Biggle Jr. («Tunesmith», 1957)
«Un platillo de soledad» de Theodore Sturgeon. («A Saucer of Loneliness», 1953)
«Sueños de robot» de Isaac Asimov. («Robot Dreams», 1986)
«Involución» de Edmond Hamilton. («Devolution», 1936)
«Los nueve mil millones de nombres de Dios» de Arthur C. Clarke. («The Nine Billion Names of God», 1953)
«Una obra de arte» de James Blish. («A Work of Art», 1956)
«Tenían la piel oscura y los ojos dorados» de Ray Bradbury. («Dark They Were, and Golden-Eyed», 1949)
LA NUEVA OLA
«"¡Arrepiéntete, Arlequín!", dijo el señor TicTac» de Harlan Ellison. ("Repent, Harlequin!" Said the Ticktockman», 1965)
«La madre de Eurema» de R. A. Lafferty. («Eurema's Dam», 1972)
«Pasajeros» de Robert Silverberg. («Passengers», 1968)
«El túnel bajo el mundo» de Frederik Pohl. («The Tunnel under The World», 1955)
«¿Quién puede reemplazar a un hombre?» de Brian W Aldiss. (Who Can Replace a Man?», 1958)
«Los que se van de Omelas» de Ursula K. Le Guin. («The Ones Who Walk Away from Omelas», 1973)
«Luna inconstante» de Larry Niven. («Inconstant Moon», 1971)
LA GENERACIÓN MEDIÁTICA
«Los reyes de la arena» de George R. R. Martin. («Sandkings», 1979)
«El sendero descartado» de Harry Turtledove. («The Road not Taken», 1985)
«Combate aéreo» de William Gibson y Michael Swanwick. («Dogfight», 1985)
«Valor facial» de Karen Joy Fowler. («Face Value», 1986)
«Vasijas» de C. J. Cherryh. («Pots», 1985)
«Nieve», de John Crowley. (Snow», 1985)
«Rata» de James Patrick Kelly. («Rat», 1986)
«Los osos descubren el fuego» de Terry Bisson. («Bears Discover Fire», 1990)
«Una huida perfecta» de John Kessel. («A Clean Scape», 1985)
«Turistas» de Lisa Go1dstein. («Tourist», 1985)
«Uno» de George Alec Effinger. («One», 1995)
(R) Jaime Santamaría de la Torre, marzo de 2008.
http://www.escenafinal.com
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