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El castillo ambulante, de Diana Wyne Jones (Berenice) |
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Desaprovecha unas ideas y unos recursos muy prometedores que, desplegados en un contexto fantástico, habrían dado una dimensión notable a la narración. |
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El lector que busque en el manuscrito original de “El castillo ambulante” (Berenice) alguna semejanza con la espléndida película de Hayao Miyazaki, quedará profundamente decepcionado. Es innegable que ésta ejerce una gran influencia en la lectura del libro escrito por una de las damas de la fantasía inglesa, Diana Wynne Jones, pero también es cierto que esperarse una transposición literal de un relato occidental por parte de un oriental que satura todas sus obras con su acentuado personalismo y con su simbología marca de fábrica, es categóricamente irresponsable.
Si acaso, “El castillo ambulante” de Miyazaki complementa al cuento de Wynne Jones, autora de más de cuarenta libros, poquísimos de los cuales han sido traducidos al castellano. Sólo la saga en cuatro volúmenes de Christomanci y “Hexwood”, alabado por la crítica y comparado con “Bosque Mitango” de Robert Holdstock, han corrido mejor suerte (el libro que nos ocupa ya tuvo una traducción, abiertamente mejorable, dentro de la colección “El barco de vapor” de la editorial Anaya, bajo el título de “El castillo viajero”). Y es incomprensible, pues la autora, dejando de lado consideraciones mitómanas (llegó a frecuentar a C. S. Lewis y a J. R. R. Tolkien en sus tiempos de estudiante en Oxford), se revela como una creadora con oficio.
Siempre he sostenido que escribir fantasía es sencillísimo: cualquiera puede hacerlo, aun asimilando, cuando no plagiando, malamente los códigos del género y sus obras referenciales. Lo difícil es desarrollar una buena fantasía, algo que se salga un poco de lo abundante para escarbar en lo insólito. En estos tiempos de absoluta falta de imaginación, un libro, aunque irregular como este “Castillo ambulante”, brilla con luz propia y se convierte en lectura agradable.
Quizás una de las principales críticas al presente volumen (que es, a su vez, también ventaja), es su condición de libro infantil. Un buen libro no entiende de edades y sexos, pero sí se resiente cuando se convierten en axiomas. En este caso, “El castillo ambulante” es demasiado cándido y bienintencionado como para que cale, a pesar de sus momentos turbios, en el ánimo del lector (adulto). A Wynne Jones, más que urdir una trama puramente fantástica que se base en elementos tradicionales, le interesan demasiado las relaciones domésticas entre el mago Howl, antítesis del mago tradicional, zalamero, irresponsable, soñador y romántico, Sophie Hatter, la protagonista del relato, maldecida por equivocación por la malvada Bruja del Páramo, Michael Fisher, ayudante del mago, y Calcifer, demonio del fuego y avatar de Howl. Esta socialización, tan enraizada en el carácter y las costumbres inglesas, pasa indiscutible factura a “El castillo ambulante”.
En primer lugar, porque desaprovecha unas ideas y unos recursos muy prometedores que, desplegados en un contexto fantástico, habrían dado una dimensión notable a la narración. El espantapájaros, por ejemplo, es despreciado inmisericordemente, cuando su potencial, como bien intuyó Miyazaki, es enorme. Lo mismo podría decirse de la mayoría de personajes de la historia, con la salvedad de Calcifer, única figura del reparto verdaderamente coherente con sus actos y sus pensamientos.
Pese a su brevedad, el libro resulta aburrido en ocasiones, y desaprovecha algunos personajes que podrían haber sido claves en la narración
Al hilo de este comentario cabe realizar la segunda objeción o reproche: casi todos los actores de la trama se conducen como niños caprichosos y malcriados, condenando irremediablemente el relato a un segmento de público muy determinado. El lector más talludito torcerá sin duda el gesto ante los gimoteos patéticos de Howl, el peor estereotipo posible (un adulto con mentalidad de crio), o ante los cambios esquizoides en la actitud de Sophie, planteándose si su prematuro envejecimiento la ha vuelto también senil, o si la ha afectado al cerebro hasta convertirla en una desequilibrada. Las fluctuaciones que experimenta respecto a Howl, por ejemplo, de quien desconfía o confía según su estado de ánimo (lo que me hizo pensar que, a lo mejor, en lugar de en anciana, la Bruja la había transformado en veleta), llevan por el camino de la exasperación y, como al resto de sus compañeros, impiden que la tomemos en serio.
Seguramente, las grandes expectativas creadas y las claves apuntadas unas líneas más arriba, sean las razones por las que el relato aburre a pesar de su brevedad. Wynne Jones no sabe hacer uso de las ventajas de su cuentecito en el plano de la narración, dando bandazos sin ningún sentido aparente hasta los dos capítulos finales, en donde el lector descubre la lógica de unos acontecimientos menos dispersos de lo que las apariencias daban a entender. Ese oficio antes imputado a la autora es lo que impide que, en el momento más álgido y delicado, el relato se vaya al garete y consiga reponerse de forma bastante digna. La impresión de que se han acumulado situaciones inservibles como quien colecciona muebles viejos, en las que se han echado a perder las muy atractivas capacidades del relato, persistirán hasta que el libro se concluya, pero al menos, Diana Wynne Jones habrá logrado dejar un buen gusto con la brillante resolución de su Castillo Ambulante.
En el país de Ingary, las botas de siete leguas y las capas de invisibilidad existen de verdad. Pero sus habitantes son ingenuos y, al igual que el bien y el mal, están afectados por la maldición del trazo grueso.
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2 Comentarios recibidos
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Usuario: Murray (21-Abril-08)
Gracias Velkar. En realidad, me apena más que enorgullece esta crítica. El libro prometía una barbaridad. Será que, en el fondo, hemos dejado de ver la vida como lo haría un niño...
Lástima de verdad.
Un saludo,
Murray |
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Usuario: Velkar (21-Abril-08)
Fantástica crítica de un libro que, como bien dice su autor, de poder convertirse en una historia original y sugerente, se entretiene en aspectos irrelevantes haciendo que el avance se haga arduo y hasta aburrido por momentos.
Yo me acerqué a él después de ver la película, que me resultó absolutamente fascinante. |
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