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Las damas de Grace Adieu, de Susanna Clarke |
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Las Damas de Grace Adieu dejan bien clara una cosa: más que una escritora de fantasía, Susanna Clarke, autora de Jonathan Strange y el señor Norrell, es una escritora fantástica. |
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Los ocho relatos que componen “Las Damas de Grace Adieu” (Salamandra) certifican que ni Susanna Clarke ni su tierra de Duendes fueron flor de un día. Si acaso, la afianzan como una de las más inteligentes y competentes creadoras del género, capaz de levantar un universo terriblemente atractivo incluso para el lector ocasional, o ajeno, a la fantasía.
Podría parecer que “Las Damas de Grace Adieu” parte aparentemente en desventaja con respecto a “Jonathan Strange y el señor Norrell” (en donde la autora dejó el listón increíblemente alto), pero, lejos de zozobrar, el recién llegado sostiene un pulso de igual a igual con su antecesor, saliendo, en ocasiones, vencedor de la contienda, básicamente porque Clarke ya demostró en su opera prima su indudable talento para componer textos breves.
Más importante que cualquier discusión fútil sobre la calidad confrontada de sendos ejemplares, acaba resultando, no obstante, lo que la autora decide primar en su segundo libro. Aunque impecable, “Jonathan Strange y el señor Norrell” arrojaba los suficientes interrogantes como para justificar futuras revisiones de las innumerables implicaciones que encerraba, como buena muestra de su viveza.
Dos de los aspectos que más dudas suscitaban, pero a la vez más fascinación ejercían, eran las mujeres y los Duendes, casos paradigmáticos de trágico “tanto monta, monta tanto”, cuyas estrechas relaciones beben del folclore clásico anglosajón, reformuladas con maestría por la eficaz británica. Ambos grupos van a monopolizar el “protagonismo” de la mayoría de los relatos.
Los tres primeros (el que da título al libro, “En el monte Lickerish” y “La señora Mabb”), confieren a las mujeres un protagonismo indiscutible. Los personajes femeninos de Clarke se alejan del estereotipo decimonónico (lo menciono porque es en este periodo donde ambienta sus obras), presentándose como sujetos rabiosamente independientes. Por contraste, los masculinos o se caricaturizan, por su nula influencia en el relato (“En el monte Lickerish”), o se difuminan (“Las Damas de Grace Adieu”, en el cual la aparición de Jonathan Strange debe entenderse como un guiño, al estar continuamente desplazado por las tres brujas del pueblecito de Grace Adieu y por su esposa Arabella, una de las más inolvidables figuras del anterior tomo), o ejercen de meros comparsas, sin voluntad ni voz (“La señora Mabb”).
Mucha de la magia que existe en esta Inglaterra fantástica se debe a las mujeres, cuyo presunto carácter frío y más reflexivo (como opina Clarke), les lleva a una mejor comprensión del mundo que las rodea y, por tanto, a una más eficiente capacitación mágica. Esta cualidad es apreciable no sólo en los cuentos ya expuestos, sino en muchos de los siguientes también, donde éstas jugarán roles determinantes o absolutos (como en “Antickes y Frets”, protagonizado exclusivamente por mujeres).
La mujer y su relación con la magia y la comprensión del mundo marca esta serie de relatos de la autora de "Jonathan Strange y el señor Norrell"
Este feminismo que reivindica la feminidad y que aboga por una igualdad total a través de una superioridad contundente en la lucha de sexos, gana consistencia gracias al “sidhe”, la comprensión antropológica de las costumbres y la cultura de los duendes. Como nada queda al azar en la meticulosa mitología clarkiana, la introducción de James Sutherland, experto en “sidhe” de la Universidad de Aberdeen (Escocia), se convierte en una auténtica declaración de intenciones de la autora de un libro que va más allá del mero apéndice a “Jonathan Strange y el señor Norrell”. Al teorizar sobre el sidhe, al convertirlo en una disciplina, está dotándole de una entidad y complejidad propias. No en vano, éste es el puntal sobre el que se cimenta su narrativa.
El estudio del sidhe es el análisis de los usos de los Duendes. Estas criaturas van a jugar un papel determinante en dos relatos que son también puntos de vista dispares, “El señor Simonelli y el viudo duende” (en el que se constata la pasión de la británica por Italia) y “Tom Brightwind o de cómo se construyó el puente mágico de Thoresby”. La visión que se ofrece sobre estos seres oscila desde la natural repulsión y el abierto desagrado, en el primer caso, hasta la franca sorpresa, en el segundo, verdadera lanza a favor en la “causa duende”, que intenta encontrar explicación racional a sus caprichosos comportamientos.
Los Duendes tienen una concepción del bien y el mal y del mundo en general distinta de la percepción humana, como evidencian John Hollyshoes, señor de Todaesperanza (la fonética y los juegos de palabras son una de las señales más remarcables del maravilloso estilo de Clarke), y Tom Brightwind, Patriarca y Rey Duende.
Los últimos tres relatos que quedan por comentar (“El duque de Wellington extravía un caballo”, el ya mentado “Antickers y Frets” y “John Uskglass y el carbonero de Cumbria”) se encuadran en la categoría que daremos en llamar “retratos de personajes”. Todos tienen una estructura similar, caracterizada por exhibir a los tres protagonistas (Wellington, María Estuardo y el mismísimo Rey Cuervo) en situaciones cotidianas donde de súbito brota la magia.
Son tres relatos deliciosos, muy breves, con una morfología típica del cuento, ricos en simbologías e insinuaciones, cuya sola existencia exalta las virtudes novelísticas y literarias de la Clarke y su Tierra de Duendes. “Las Damas de Grace Adieu” dejan bien clara una cosa: más que una escritora de fantasía, Susanna Clarke es una escritora fantástica.
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