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La sombra del gigante (Serie de la Sombra 4), de Orson Scott Card
Fco. Martínez Hidalgo   14/03/2008 ( 320 lecturas) Escribir Comentario
     El ritmo narrativo es brusco y diletante. El lector avanza a saltos, incluso podríamos decir que camina sobre la cuerda floja y sin red, volando de un argumento a otro y de un a otro tiempo.
La sombra del gigante, de Orson Scott Card (Colección Nova)Esta es la cuarta y ¿última? novela con la que Orson Scott Card pone un final, siempre de forma provisional, a la 'Serie de la Sombra', libros protagonizada por Bean; compañero de Andrew Wiggin (Ender) en la Escuela de Batalla. Una serie que está formada, además de por este La sombra del gigante (2005), por los libros: "La sombra de Ender" (1999), "La sombra del Hegemón" (2001) y "Marionetas de la sombra" (2002).

En este volumen de la colección Nova de Ediciones B, una vez desaparecido en la anterior entrega el antagonista y enemigo de Bean, Aquiles, se encuentra el tiempo para cerrar las tramas abiertas en anteriores entregas: la convivencia geopolítica de la voluntad de Peter Wiggin de unir a la humanidad bajo la única bandera de la Hegemonía, en contra de la voluntad de los demás miembros del grupo de Ender y Bean de polarizar y enfrentar a sus respectivos pueblos; la relación de Petra y Bean, y la búsqueda de sus hijos, robados por Aquiles e implantados en fetos desconocidos por el pérfido Volescu; el descubrimiento y la culminación (¿o no?) de las intenciones del Ministerio para la Colonización, que dirige el omnipresente Coronel Graff; el destino de otros integrantes del grupo de Ender como Virlomi, Alai, Hot Soup...; entre otras tramas.

A pesar de esta aparente continuidad, no obstante, estamos ante una novela mucho más política de lo que eran anteriores entregas. Y es que, si es verdad que los personajes tiene tramas personales que resolver, nada parece poder ensombrecer el uso que de esas tramas personales, y de su propio futuro, hacen ellos para seguir sus propios y distintos intereses geopolíticos; sean estos cuales sean. Así, tenemos a Alai, como califa y líder musulmán; Virlomi, como diosa india rediviva; Hot Soup, como emperador de la nueva China; Peter Wiggin, un Hegemón a penas con territorio y unos pocos soldados; y a los restantes miembros del grupo de Ender que, en sus respectivos países, se preparan de una forma u otra para liderar sus respectivas fuerzas militares y afrontar guerras de conquista. Una frialdad racional e inteligente, y una ambición fría y desmedida, parecen ser las únicas manos que guían sus necesidades de conquista y un destino dirigido, unicamente, a la dominación a través de la dictadura personalista y autoritaria.

El juego geopolítico copa aquí, entonces, el eje central de la novela, y casi todo el espacio argumental. Las tretas de negociación, siempre desarrolladas con gran inteligencia, constituyen la mayor parte de las escenas. El lector deberá prepararse para gozar, sobre todo, si se interesa por este tipo de argumentos, tramas y escenas en las que deberá responder a preguntas cómo: ¿conseguirá Peter la unificación de la humanidad bajo una misma bandera?, si es así, ¿cómo lo hará?, y si no, ¿cual será la situación en la que quedará una humanidad fragmentada en tantas naciones y civilizaciones?, ¿será bajo el camino de la convivencia, o de la guerra sin cuartel?

El juego geopolítico toma el mando en esta cuarta entrega de la serie, con Peter como protagonista de éste

Tal es el peso de la geopolítica que, incluso por veces, da la sensación de que la voz narradora se convierte en un periodista o en un comentarista de las relaciones internacionales, vinculando deliberadamente a unas civilizaciones con otras, a unos países con otros, a unos líderes con otros. Una voz analítica y alejada de la realidad, distante y difícil de creer. Es por ello que el narrador y los personajes parecen bifurcarse en dos caminos paralelos y mutuamente excluyentes, ajenos entre si, en los que la voz narradora queda como simple transmisor de discurso, mientras que los personajes no encuentran un marco de realidad en el que sus experiencias cobren sentido y verosimilitud.

Todo ello es consecuencia, claro, del conocido y reconocible pulso de Orson Scott Card, en el que el autor estadounidense da rienda suelta a sus más notorias inquietudes y manías. En concreto, a ese poso moralista y paternal a través del cual enfoca, dirige, distingue y caracteriza la voluntad de todos los personajes. Lo percibimos claramente aquí cuando la voz narradora fija la postura 'correcta' sobre temas como su concepción de la familia, del sacrificio personal en aras de un bien mayor, su concepción de las relaciones internacionales, la posibilidad de gestionar un eviente pluralismo moral en un mundo de diversidad religiosa... Unos temas todos estos en los que Card pretende sentar cátedra de forma insistente, y a veces reiterativa, bien a través de la posición de la voz narradora, bien a través de unos personajes que controla con mano diestra y firme.

La relación matrimonial de Bean y Petra es, así mismo, el único rescoldo de un argumento falto de calor humano, y sobrado de un gélido discurso racional y sistemático. Los personajes no parecen creíbles, fundamentalmente, porque en La sombra del gigante pierden una parte importante de la gran personalidad y humanidad con la que Card los dota, por lo general. Y es que la presencia totalizadora del autor se deja notar demasiado, demasiadas veces y en demasiadas partes, incluso en momentos demasiado importantes de la historia, como para no ver otra cosa que a Card, omnipresente, clonado y reproducido bajo mil máscaras distintas. Él sitúa la historia, él analiza la realidad de lo que pasa y porqué pasa, él habla por la boca de todos los personajes. Card es el autor de la novela, y eso se deja notar demasiado.

En cuanto al ritmo narrativo, este es brusco y diletante. El lector avanza a saltos, incluso podríamos decir que camina sobre la cuerda floja y sin red, volando de un argumento a otro y de un a otro tiempo. Las tramas se intentan superar con demasiada rapidez, las escenas pasan a velocidad vertiginosa, y todo ello sin una continuidad que razone y dé coherencia a lo que se está narrando (más hielo para unos personajes maltratados sin piedad). Tanto es así que el final se convierte en inesperado no por sorpresivo (lo que daría algo de interés a un desenlace más bien previsible), sino por repentino. Ciertas tramas no es que queden abiertas, a la espera de una posible continuidad, sino que quedan completamente deshilachadas, en un argumento que concluye sin saber muy bien cómo ni porqué. Sin duda, si la explicación de algunos de los hechos que aquí aparecen llega a escribirse algún día, será con la suficiente tardanza como para que el lector no abandone, a la luz de este libro, cierta expresión de perplejidad y extrañeza.

"La sombra del gigante" es, entonces, una novela irregular en la que Card consigue un desenvolvimiento encarnado y tierno de la trama correspondiente a Petra y Bean (sobre todo, claro, a este último, retratado con la ternura autoral que su situación requiere), mientras sumerje en el tedio del discurso bacuo y los fuegos de artificio el resto de la obra. La trama geopolítica no engancha. Los personajes no consiguen dar credibilidad a la acción más allá de la fina racionalidad con la que parecen siempre actuar -y que la voz narradora justifica. La presencia de Card es demasiado omnipresente y totalizadora como para dar visos de credibilidad a algunos de los más significativos discursos, posiciones y acciones de los personajes.

Esta es una novela recomendable principalmente, en consecuencia, para aquellos fans de la serie de Bean, o para los curiosos que quieren conocer el final de alguno de los personajes y de las tramas más interesantes que Card ha construído a lo largo de su fructífera y prolífica obra. Un gris final para una saga tan prometedora.

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