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Frankenstein ha sido desde los albores del cine uno de los más clásicos personajes del cine de terror, y desde fantasymundo le rendimos homenaje por su aparición en Frankenstein, de James Whale en 1931. |
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Lo primero que Whale hizo fue replantearse artísticamente toda la película. Mandó construir unos escenarios muy teatrales, de una gran profundidad y verticalidad, claramente ambiguos en cuanto a sus proporciones (herederos de la tradición expresionista alemana), justificando así su contratación en los primeros compases de la preproducción. La imaginación visionaria, casi adelantada, que poseía el inglés, le hizo concebir un laboratorio donde situar los momentos más impactantes y recordados de su film, dejando para la posteridad una imagen apócrifa respecto al libro, uno de los incontables méritos que su inspiración le hizo encadenar en su obra maestra: Frankestein nació en un laboratorio en una noche tormentosa.
En el libro no hay una simple mención a la manera en que Viktor Frankestein consigue dar vida a su Criatura (el término “Monstruo”, que también ha trascendido actualmente, deriva asimismo de la película), aunque ciertas conjeturas hablan de magia negra o de pócimas milagrosas. Fue Whale, necesitado de un importante gancho visual, quien, a rebufo de ciertas teorías biológicas que sostenían que la electricidad podía dar vida (“spark of life”), hizo despertar a su imperecedero personaje tras una reacción de naturaleza y progreso. Una buena prueba del afán perfeccionista del director estriba en los tornillos del Monstruo, genial creación de Jack Pierce, el maquillador (“padre” de otras famosísimas “celebridades” de la Universal como la Momia o el Hombre Lobo): en verdad, estas herramientas podían funcionar como objeto ornamental, con el que redundar en la sensación de artificialidad de Frankestein, pero también como objeto práctico, pues, en su mente, Whale los había concebido como electrodos a través de los cuales la electricidad se “introducía” en el Monstruo, dotándole de esta manera de vida.
Se daba otra curiosa circunstancia: el Frankestein de Whale era el primer caso cinematográfico de “monstruo con conciencia”, o lo que es lo mismo, de Monstruo que se sabía monstruo y que debía castigar a su creador por haberlo hecho como es. Este Deux Ex Machina soliviantó las pacatas conciencias de su época, preocupando a los sectores más beatos de la sociedad americana, que interpretaron la película como una intolerable afrenta a Dios (la criatura que se alza contra su Creador). Frankestein tenía buenas razones para enfrentarse a un padre que le había condenado al proporcionarle una personalidad de asesino, fruto de un desafortunado accidente a la hora de conseguir un cerebro. Entra así en juego la predestinación romántica de las primeras aberraciones de la Universal, un destino funesto que marcaba al ser irremediablemente y que le impedía redimirse.
Con el Monstruo había que tener cuidado: al público le podía caer bien; incluso podían identificarse con él. Al darle conciencia, ganaba humanidad: no era un Drácula cualquiera, una máquina con instintos asesinos sin un ápice para la compasión. Estaba claro que Frankestein era el resultado de una coyuntura desfavorable que había que enderezar. Para ello, Whale dispersó en el guión ciertas escenas que incidían en su carácter criminal, describiéndolo como un ser con clara inclinación para el crimen. Como aún así, el riesgo de solidarizar al Monstruo con el público seguía siendo enorme, se decidió que éste mataría a una pobre niña de ocho años, María, en el que es, sin duda, el más imperecedero fotograma de todo el film. La escena se escribe y rueda con una notable inteligencia, dando a entender que, aunque las intenciones del Monstruo no eran asesinas, su propia conducta, negada para hacer el Bien, supone un peligro para la sociedad, por lo que merece un castigo ejemplar .
James Whale no sólo dio sobradas muestras de su saber hacer artístico y técnico, sino que demostró su solvencia profesional como director. Posiblemente, en manos ajenas, la película hubiese sido anodina y habría naufragado sin contemplaciones (con lo que es posible que el mito de Frankestein no hubiese tenido jamás la resonancia de que ahora disfruta): que no fuera así se debió a las decisiones, muchas de ellas arriesgadas, que tomó el director durante el rodaje. Está claro que Whale tenía las cosas claras y perfectamente ideadas, a juzgar por la eficacia y el mimo detallista con el que rueda los momentos álgidos de su drama. Sabía, también, que tenía que intercalar situaciones de relleno, romanticonas y ñoñas por exigencias contractuales y mercantilistas, pero no estaba en absoluto dispuesto a permitir que éstas fuesen a ser burdas. El modo en el que introduce a los personajes secundarios de la película (la prometida y el amigo íntimo del Doctor) y sus relaciones entre sí, con tan sólo cuatro primeros planos, debería ser estudiado en cualquier buena escuela de cine que merezca su nombre.
Whale tuvo que lidiar con un guión sumamente deficiente, que constata su fragilidad en el último tercio del metraje, donde empiezan a suceder cosas arbitrariamente y porque sí. Dado que la intención de este artículo no es el de destripar la película, sino de analizarla, conviene apuntar algo que redunda positivamente en la eficiencia de su realizador: convertir buena parte de las más disparatadas escenas del mediocre libreto en soporte para la trama. En ellas, Whale está preparando al espectador para la apoteosis del film, el linchamiento popular que (supuestamente) acaba con la bestia.
Para dar una simple idea del grado de control que el director ejercía sobre el film, es necesario precisar que consiguió rodearse de gente de su entera confianza, como Mae Clarke (Elizabeth, la prometida del protagonista) y Colin Clive (doctor Henry Frankestein), actores con los que ya trabajó en El puente de Waterloo y que no eran estrellas ni apuestas seguras. Clive, por ejemplo, era alcohólico y la productora temía que sus excesos hicieran fracasar el proyecto, pero Whale supo atemperarle tratándole con una enorme sensibilidad.
Pero si hay algo por lo que el espectador actual debe estar agradecido a James Whale fue por haber descubierto a Boris Karloff (nacido William Henry Pratt). Karloff no era precisamente un debutante cuando aceptó, sin conocimiento de causa, el papel que cambiaría su vida (si nos atenemos a lo expresado por su hija Sarah, “Frankenstein” era su film número 81) y así lo manifestó en cada plano de la película, donde llegó a estar espléndido. Bien dirigido, Karloff exteriorizaba esa espontaneidad y esos gestos que le hacían un actor singular y que le consagraban como uno de los mejores intérpretes que trabajó en el género . Difícilmente, hubiese podido concebirse a un actor más apropiado para el Monstruo que él.
Echaremos el telón a nuestro artículo añadiendo simplemente que Frankestein dio lugar a un montón de pastiches chapuceros, a cada cual peor (posiblemente, el más infame de ellos fuese La zíngara y los monstruos, donde compartía protagonismo con los restantes “Monstruos de la Universal”) y a una secuela todavía mejor en el plano cinematográfico (“La novia de Frankestein”, 1935), pero inferior en el emotivo- sentimental. Whale, por su parte, terminó ahogándose en la piscina de una mansión sostenida por las rentas y los recuerdos .
Si al Monstruo le preguntaran (la facultad de hablar la adquiriría en la continuación a esta película) a quién quiere más, si a su padre o a su madre, nadie debería extrañarse si éste respondiera: a papá.
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1 Comentarios recibidos
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Usuario: Murray (03-Marzo-08)
Sólo un apunte de notable interés a este artículo: en 1998, el guionista Bill Condon rodó una película titulada "Dioses y Monstruos", basada en el libro "El padre de la criatura", de Christopher Bram, que trataba sobre James Whale. En la película, al director le interpreta Ian McKellen y ahondaba en la homosexualidad turbulenta de Whale. Con el paso del tiempo, se ha convertido en un clásico y en una de las mejores películas sobre Hollywood y su entorno.
Por interpretar a otro de los "protagonistas" del reportaje, Bela Lugosi, en Ed Wood (director que rescataría, penosamente, al húngaro, llevándole a realizar papeles infames que explotaban a su más famosa caracterización), Martin Landau se convertiría en el único actor de Hollywood que ganó Un Óscar por interpretar a otro actor. Ed Wood es otra interesante película sobre este periodo.
Un saludo,
Murray
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