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Frankenstein ha sido desde los albores del cine uno de los más clásicos personajes del cine de terror, y desde fantasymundo le rendimos homenaje por su aparición en Frankenstein, de James Whale en 1931. |
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Los estudios Universal se han ganado a pulso un lugar de honor dentro de la Historia del Cine. Fundados en 1909 – bajo el nombre de Yankee Film Company- por un inmigrante alemán llamado Carl Laemmle, ya desde sus inicios se opusieron a las prácticas tiránicas de Edison, propietario de la patente del motor eléctrico con el que funcionaban cámaras y proyectores. Tras salir airosos de ésta y otras vicisitudes, la Universal se erigirá en uno de los colosos de su tiempo . Habrá que esperar, sin embargo, hasta 1928 para que el estudio alcance su mayor esplendor.
Ese año, Carl Laemmle decide cedérselo a su hijo, Carl Laemmle Jr., como regalo de cumpleaños. El joven, que había crecido en contacto con la industria, demostró rápidamente lo acertado que estuvo su padre al delegar las funciones ejecutivas en sus manos: no sólo empezó a primar la calidad sobre el espectáculo en todas sus producciones, sino que además las dotó de presupuestos dignos. E hizo algo que pocos antes que él se planteaban: confiar ciegamente en los directores que tenía en nómina.
El joven Laemmle era además todo un animal cinematográfico. Inmersa en la difícil década de los treinta, de profunda crisis y de hondo desánimo, la industria del cine se veía en la obligación de ofrecer a su público propuestas que le hicieran evadirse de la realidad o que le pintaran situaciones aún más funestas y trágicas que las observables, diariamente, en su vida cotidiana. El productor comprendió que la única fórmula con mínimas posibilidades de éxito en una coyuntura tan adversa era el cine de terror.
El terror ya había hecho su incursión en el séptimo arte de la mano del expresionismo alemán, movimiento intelectual nacido, también, de una desoladora frustración y miseria: Alemania había perdido la Primera Guerra Mundial y las potencias vencedoras la habían impuesto unas condiciones casi irrealizables que la habían sumido en una quiebra técnica, de la que empezó a surgir una fuerte creatividad que, en el ámbito cinematográfico, se tradujo en esa corriente que tanta influencia tuvo posteriormente (especialmente en el “cine negro”). A esta corriente se adscribirán “El Gólem” (Paul Wegener, 1920), “Nosferatu” (F. W. Murnau, 1922) y “Las manos de Orlac” (Robert Wiene, 1925).
Cuando cruza el Atlántico, el género empieza a reformularse, introduciendo una faceta romántica: el monstruo, ser predestinado, está afectado por un tormento sexual o amoroso que no puede realizar. El nuevo cine de terror, con sus novedosas reglas muy presentes, seguirá nutriéndose de la literatura, como su primo lejano alemán.
1931 va a ser un año crucial en el género: es la fecha que alumbrará dos hitos indiscutibles que se convertirán en leyenda. El primero será “Drácula” de Tod Browning, película que supondrá el debut del memorable Bela Lugosi, y cuyo clamoroso éxito llevará a sus responsables a seguir explotando el filón del personaje hasta casi agotarlo. A la sombra de este aclamado film surgirá “Frankestein”, la más recordada obra de James Whale.
Whale llevaba discretamente su condición de genio. Sabía que era brillante y que tenía talento, algo que se cotizaba bien en Hollywood, donde aún no habían olvidado ser agradecidos. Tenía, además, bastante cosas en común con Carl Laemmle Jr: para empezar, él también se había iniciado en el cine en 1928, proveniente del teatro, descubierto durante su reclusión en un campo de concentración en 1917, trauma que le perseguiría el resto de su vida. Como el productor, se imponía una férrea disciplina de trabajo, conocía bien el oficio (había sido actor y decorador antes que director) y, llegado el caso, sabía demostrar iniciativa, ingenio y autoridad. Semejantes virtudes no podían desaprovecharse en películas bélicas de nulas pretensiones artísticas (como “El puente de Waterloo”, de 1931), así que, cuando el sagaz productor le propuso adaptar una novela gótica de la esposa del poeta Percy Shelley, Whale, que indudablemente conocía el libro y quizás también la versión teatral de Richard Peake (“Presunción”, 1923), aceptó en el acto, seguro de las grandes posibilidades que ofrecía un proyecto de semejante envergadura.
La presencia de Whale se hizo notar inmediatamente en un proyecto estancado, al cual Robert Florey, su primer responsable, no supo sacar partido. Florey, ex ayudante de dirección de Joseph Von Stenberg, y dramaturgo, empezó a rodar algunos fragmentos de Frankestein que no llevaban a ninguna parte, principalmente porque Bela Lugosi, designado para hacer de Monstruo, no se sentía cómodo con el papel (ni con el maquillaje: algunas fotos que se conservan del rodaje lo muestran demasiado parecido al Gólem de Wegener), ya que el caché que había conseguido con Drácula, había aumentado su autoestima y sus ambiciones (creía que había hecho méritos suficientes para hacer del padre de la Criatura). Entre la endeblez del guión y la renuncia de Lugosi a encasillarse, Frankestein estaba condenado al fracaso. Hasta que Carl Laemmle tomó cartas en el asunto y lo resolvió de la manera que hemos comentado .
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