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Clásicos DC: Demon, de Jack Kirby |
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Merlín unió el alma de Jason Blood a la de su medio hermano el demonio-bardo Etrigan, uniéndolos para siempre. Conoce los orígenes de una de las creaciones del Rey Kirby para DC |
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Por cierto, sobre el por qué del aspecto de Etrigan existen unas curiosas teorías que aluden a un episodio del Príncipe Valiente (Foster, diciembre de 1937) en el que éste se disfraza de demonio utilizando la piel amarilla de un ganso desollado (los pies palmeados corresponderían a las orejas): la similitud entre los dos dibujos no deja lugar a dudas. Sin embargo, un documental de Benjamin Christensen sobre ciencias ocultas llamado Häxan (1921), muestra un demonio con las mismas características. En realidad, aunque Kirby se inspirara probablemente en Foster (ambos cómics guardan relación con el mundo artúrico), lo cierto es que la tipología de ser diabólico que ofrece Etrigan se puede encontrar más o menos parecida en pinturas escatológicas medievales y renacentistas así como en aquellas de naturaleza moralista o las que ilustran las tentaciones de los santos (Bosch, Brueghel, Floris, o diablerías en general).
Con todo, esta estética resulta la adecuada para Demon, historia netamente expresionista de trasfondo centroeuropeo. Lejos del convencionalismo que acabaron adquiriendo sus anteriores creaciones para Marvel, Demon está impregnado de un esoterismo que nunca acaba de desvelarse, presentando una serie de significantes que han prevalecido sobre sus significados encriptando todo discurso para los no iniciados. Empero, los símbolos utilizados por el autor, muchos de los cuales pertenecen a la Cábala, han sido en cierta medida traducidos al gran público. Así la piedra filosofal (que casualmente Jason Blood conserva en un cajón de su escritorio), figuración de las metas epistemológicas de alquimistas y otros embrionarios pensadores y científicos, es presentada como un artilugio más o menos útil: pasa de generar frío o calor a voluntad (alusión a la transmutación del material) a, tras unas cuantas páginas, obedecer a todos los deseos del propietario; las criaturas contra las que combate Etrigan, con rostro humano las más (tradición mediterránea como arpías y esfinges junto al símbolo del mal absoluto que es la sierpe de faz antropomorfa del Antiguo Testamento), aparecen con extremada facilidad, pervirtiendo el misterio de la manifestación de lo desconocido, y el conjunto, conjuros y artefactos incluidos, carece de cierta sofisticación y glamour.
Porque el exotismo de Demon es el mismo que encontramos en los filmes de terror de los sesenta y setenta, como los del sello Hammer, entrañable productora de títulos atrevidos, irónicos y un tanto adocenados. Así pues Etrigan combate contra algún que otro émulo de Frankenstein, unos cuantos imitadores del Lon Chaney peludo y la versión más histriónica del Fantasma de la Ópera de Herbert Lom. Randú es el estereotipo eurocentrista del místico hindú (quién si no podía gozar de poderes telepáticos); los rostros, los recursos escénicos, los diálogos, todo resulta conocido, todas son construcciones occidentales del más allá a partir de retazos de leyendas rescatadas por anglosajones en territorios considerados marginales para el motor cultural dominante: por ejemplo el este europeo (sorprendentemente, la tumba de Merlín se halla en Moldavia), los temidos Cárpatos, las selvas de Europa Central.
Y aunque se trate de una publicación juvenil, algo bulle en el fondo de este cómic, algo que intranquiliza, que inquieta porque es inaprensible. En la primera de las historias, Jason Blood recibe la visita de un extraño emisario, impasible y mudo, que le entrega un singular documento, momento en el que da comienzo el inexorable deambular del demonio de la tez dorada en el mundo de los vivos del siglo XX. La misma escena que urdió Meyrink cuando el silencioso individuo de ojos rasgados y piel amarillenta dejó al maestro Pernath el libro Ibbur, despertando de su milenario sueño al Golem de Praga. La historia de Kirby bien podría ser un homenaje al cabalista austriaco.
Como el Golem, Etrigan es un esclavo, es el siervo de Merlín; Blood es siervo del monstruo que alberga. La responsabilidad de los actos de Etrigan no depende de sí mismo, es el ejemplo opuesto al diseñado en caracteres como El Capitán América: la personalidad secreta y poderosa no es una parábola del Triunfo, la Superación o la Responsabilidad, es una lacra letal y es tabú (quizá algo similar ocurre con Hulk). Blood posee una descontrolada identidad social, no puede asignarse a tiempo o lugar alguno, y del mismo modo su otro yo, quien debe su existencia a la definición mediante el nombre (la invocación recitada) que un tercero, su amo, pronuncia. Como el Golem, Etrigan depende de la definición escrita y de la mediación de elementos normativos (el mago, el sacerdote). En definitiva, Etrigan es en sí miso un conjuro, existe en un terreno intermedio no definido que interminable y tormentosamente aguarda la acción de la voluntad del mago, telépata o quien le invoque, como Randú.
Demon se sitúa en un terreno volátil, fluctuante, especulativo, estadio imperecedero de espera -leit motiv de la tradición judía-, sin meta o cristalización inmediata, estadio que, tras largos e intrincados procesos, es llevado idealmente a su fin por el alquimista-sacerdote cuyo objeto es la búsqueda de la perfección suprema, la afirmación absoluta del propio albedrío (mística cabalística, Jung y las doctrinas mesiánicas nazis), mediante la obtención de Oro, la generación de homúnculos y golems o la liberación de diablos que aguardan. De diablos, eso sí, de tez dorada.
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