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La Profecía, de Richard Donner |
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En pleno éxito de El Exorcista nos llega este gran clásico del cine de terror, de la mano de Fox y del director Richard Donner. |
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El diablo ha sido uno de los personajes más seductores para la gran pantalla, desde los tiempos del silente, pero sin duda ha sido en la época moderna, donde más notoriedad ha alcanzado, gracias en parte a tres cintas que abrieron las puertas a infinidad de títulos que continuaron explotando el filón en sus más diversas variantes. La primera fue “La semilla del diablo” (Roman Polanski 1968), controvertido film, donde los fanáticos seguidores de una secta, escogen a sus nuevos vecinos, una joven pareja de recién casados, para que la mujer lleve en su seno y dé a luz a una criatura que se revela como el mismísimo hijo del demonio. “El exorcista” (William Friedkin 1973), se centraba en el mundo de los exorcismos y posesiones demoníacas, a través de los ojos de una preadolescente, que giraba su cabeza en medio de un mar de espasmos y vómitos diversos. Mientras que “La profecía” (Richard Donner 1976), apostaba por la llegada del anticristo, en la persona de un inocente, un niño de cinco años.
“La profecía” se gestó, no sin pocos problemas, en el seno de la Fox, en medio del éxito que la Warner había obtenido con el “Exorcista”, motivo por el cual se encontraban enfrascados en la preparación de una secuela. Si bien el tema de ambas cintas es similar, son muchas las diferencias que se pueden encontrar, motivados en parte por la elección de su director, Richard Donner. Cuando es llamado para hacerse cargo del proyecto, su carrera cinematográfica, se reducía a la dirección de episodios de series y telefilms para la televisión, “La profecía” iba a suponer un importante punto de inflexión en su trayectoria fílmica.
El principal acierto de Richard Donner, reside en situar la trama en un entorno real y cotidiano, una familia que lleva una vida corriente y donde se respira un ambiente estable y seguro. Desde el punto de vista argumental, la cinta se vertebra en torno a dos partes diferenciadas; en la primera asistimos a la presentación del diplomático Robert Thorn (Gregory Peck), que acude a un hospital de Roma para acompañar a su mujer en el parto. Allí conocemos que ciertas complicaciones han propiciado la pérdida del bebé deseado, pero el problema puede solucionarse adoptando a otro niño y hacerlo pasar como propio. A continuación, nos convertimos en testigos de los primeros años de Damien, un niño sano y feliz, que recibe todo el amor posible de sus padres. La puesta en escena del quinto aniversario del tierno infante, y el trágico suceso que acarrea consigo, supone un radical giro argumental, que propicia el abandono de esa concepción idílica e inocente de la infancia, tambaleando la estabilidad familiar con la irrupción de lo sobrenatural. Thorn descubre que su hijo es el anticristo, que reinará y dominará a los hombres, se da comienzo por tanto a un macabro juego, en el que se plantea un interesante dilema ¿estarías dispuesto a sacrificar la vida de tu hijo, por el bien de la humanidad?.
Desde el punto de vista de la planificación, destacan los planos cortos, planos generales para la presentación de ambientes, así como la utilización de cámara al hombro para aquellos momentos de mayor tensión. Aunque sin duda deben destacarse los primerísimos primeros planos de los ojos de los actores, en especial del niño y la niñera, porque con ellos, Donner es capaz de transmitir toda la tensión que requiere la puesta en escena del ataque infernal.
En el plano de los actores, destacar Gregory Peck quien incorpora su elegante presencia al diplomático Robert Thorn. Pese a los delicados momentos que había vivido tan solo dos años antes, con la pérdida de uno de sus hijos, Peck demuestra una vez más, que es un gran actor, al ofrecer una puesta en escena rica en matices, llenando por completo la pantalla. La réplica la obtiene de su partener femenina Lee Remick, en el papel de Katherine, personaje que evoluciona desde la candidez e inocencia, al nerviosismo próximo a la locura. Buena prueba de ello es la impresionante escena del ataque de los babuinos durante la visita al zoo o la confidencia que hace a su marido en el hospital, tras haber sufrido en carne propia, la agresión de su hijo.
Mención especial merecen los actores David Warner y Billie Whitelaw, el primero como el fotógrafo que indaga sobre los extraños acontecimientos que rodean a Thorn y a su familia; y Whitelaw en el papel de la niñera, la señora Baylock, inquietante cuidadora, ferviente servidora de su señor Satán, guardián custodio de Damien, que hará todo lo posible para salvarguardar la integridad del muchacho, permitiendo así que el sometimiento de la humanidad pueda consumarse en el futuro. Por último indicar al debutante Harvey Stevens, en el papel de niño “angelical”, quien tuvo su primer y último papel en el cine con esta película, si exceptuamos el cameo que realiza en el innecesario remake de 2006.
Pero una buena película que se precie no es nada sin la música, y si hablamos de cine de terror, la banda sonora adquiere un protagonismo destacado. El compositor Jerry Goldsmith fue el encargado de poner música a la llegada del anticristo. Su partitura recompensada con el Oscar de la academia, pone los pelos de punta al más templado, desde los títulos de crédito con el imponente “ave satannis”, debido en parte a la fuerza de unos coros de voz grave, encargados de resaltar algunos de los momentos más terroríficos del film, como por ejemplo el hallazgo en el cementerio etrusco, la muerte del sacerdote, o el acecho del perro infernal en casa de Thorn cuando éste regresa de su viaje a Tierra Santa.
Por todas estas razones, “La profecía” es un film recomendable, tanto para aquellos espectadores que lo conocen como para los que todavía no lo han descubierto. Porque estamos hablando de una película donde el terror se presenta en estado puro, jugando con las sugerencias, los efectos de sonido y el factor psicológico, pautas que afortunadamente parece que los nuevos directores quieren recuperar para un género, que en los últimos años naufragaba en un exceso de vísceras, sangre y mal gusto.
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