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Fantasymundo entrevista a Sergio Parra |
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Larga y fructífera conversación con Sergio Parra, autor de novelas como Tanatomanía, Jitanjáfora, Bitis TM y La moleskine. |
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Fantasymundo: ¿Qué soñó escribir cuando era más joven y comenzaba en esto? ¿Cuáles son sus proyectos actuales con y sin pluma?
Sergio Parra: Cuando era más joven sólo aspiraba a escribir historias que entretuviesen, que fueran un reflejo del cine hollywoodiense de la época. Recuerdo que escribí pestiños como una cuarta parte apócrifa de Regreso al futuro, por ejemplo. También me gustaba novelizar películas, series o cómics. Mis aspiraciones eran muy ingenuas. Escribía sólo para mí mismo.
Mi próximo proyecto es terminar de escribir la segunda parte de Jitanjáfora. Me estoy empleando a fondo como despedida, porque luego, probablemente, dejaré de escribir ficción por un largo tiempo. Mi intención es probar a escribir un libro de viajes, así que voy a invertir bastante tiempo en viajar y en tomar muchas notas. Luego ya veremos qué sucede: no me gusta hacer planes a tan largo plazo.
Fantasymundo: Seduzca a la cámara... ¿cuáles son sus filias y fobias? ¿le reconoce la gente en las convenciones del género?
Sergio Parra: Se me da muy mal describirme, y seguramente adulteraría bastante la realidad en mi beneficio. Así que recurriré a compararme con algunos personajes. Supongo que tengo ciertas manías y neuras, al estilo de Melvin Udall en la película Mejor imposible; algo de ascetismo y fobia social a lo Pynchon; y un poco de mala baba y misantropía a lo Norman Mailer. Y soy un poco idiota, en el sentido ateniense de la palabra.
Me gusta escribir a mano, a veces lento, como si estuviera ligando un buen alioli; otras veces transportado por la pasión, pero siempre con una letra redondilla y engarabitada que luego no hay dios que descifre. Comparto lo que sostiene Umberto Eco: escribir directamente a máquina o a ordenador confiere al texto una limpieza y una pulcritud que influye en nuestra valoración crítica del contenido del texto. Como si fuera un texto ya publicado y, por tanto, no fuéramos tan críticos con él. En una libreta, por el contrario, lo escrito no adquiere tanta gravedad y se aviene más fácilmente a ser corregido, suprimido o aumentado. A ordenador todo parece demasiado definitivo.
Tampoco me acostumbro a las dedicatorias. Supongo que siento cierto grado de pudor al codearme con escritores reconocidos. Es una estupidez, pero no puedo verme como escritor de verdad sino como alguien que se hace pasar por escritor, un escritor sedicente. Resignado a un papel de comparsa. Además, lo de las dedicatorias tiene guasa. Nunca sé qué poner ni tampoco comprendo muy bien la razón de que alguien te pida un autógrafo o una dedicatoria. Creo que la costumbre de las dedicatorias, además, es bastante reciente, del romanticismo; antes de 1850 es casi anecdótico encontrar un libro dedicado. En aquella época, el autor sólo dedicaba sus libros a personas muy bien escogidas, casi de su círculo íntimo. No como ahora: recuerdo que en el acto de entrega del premio de novela Valentín García Yebra para La moleskine, tuve que firmar y dedicar libros en cadena, a gente a la que apenas pude mirar a la cara, que no conocía ni que volvería a ver en mi vida. Es una situación estrambótica.
En las convenciones y demás saraos la naturalidad desparece de todo mi repertorio gestual y hasta ideológico. Que nadie espere conocer a Sergio Parra en una convención. Conocerán a otro. Al que va de escritor.
Tampoco me dejo ver demasiado por esos ambientes, pero sí ha sucedido que me han reconocido o me han dicho cosas como “oye, yo te leí en tal o cual”, y entonces no sé qué responder. Me resulta extraño que alguien al que no conozco de nada le dé por leer lo que escribo. Extraño pero también halagador.
Fantasymundo: ¿Qué es lo más extraño que le ha ocurrido desde que publica, con fans y editoriales? ¿Y el rechazo de publicación más original?
Sergio Parra: Los rechazos de publicación siempre han sido muy formales y correctos, incluso constructivos. No guardo ninguna frase o recomendación del tipo “sería mejor que dejases de emborronar páginas con esta basura y te dedicases a otra cosa más útil para la humanidad, chaval”. También es cierto que no me he sometido a menudo a la consideración de una editorial: la mayoría de mis publicaciones han sido fruto de haber ganado algún premio o distinción.
Sí que es cierto que con algunas editoriales el ejercicio de la cautela es imprescindible. Me he encontrado con más de una editorial que sólo aparenta ser tal: en el fondo es una estafa que funciona exigiendo al autor que afronte los gastos de edición. Al final, el autor ha desembolsado una importante suma de dinero, su novela no acaba siendo distribuida adecuadamente, las ventas son casi nulas y las regalías, además, son ridículas. La editorial, de este modo, se ha lucrado creando la ficción de que ha publicado tu novela. Una estafa en toda regla, como quien vende agua inocua como crecepelo.
Lo más extraño que me ha ocurrido supongo que fue el verme en la entrega del premio Caja Castilla La Mancha Valentín García Yebra por La moleskine. Yo sólo sabía que se celebraría en un auditorio de Guadalajara. Así que fue toda una sorpresa encontrarme a docenas de periodistas y fotógrafos, cientos de personas, policía, agentes de paisano, seguridad y muchas, muchas corbatas. Debí causar sensación, porque mi atuendo era de lo más informal. Al poco tiempo, tras presentarme a decenas de personas, entre ellas los galardonados con otro premio a toda la carrera (uno de ellos, un sacerdote, me interrogó acerca del argumento de mi novela, y yo tuve a bien ocultarle que se trababa de una relación lésbica), al poco, digo, llegó la marabunta. Un puñado de periodistas, flashes, hombres de negro con hechuras de armarios roperos. Todo el mundo rodeando a una figura menuda, de ropas chillonas: María Teresa Fernández de la Vega. Tragué saliva. Tuvimos, los organizadores y los premiados, que alinearnos como si fuéramos a recibir al Rey. Y, entonces, la vicepresidenta fue pasando por delante de nosotros, uno a uno, saludando y diciendo algunas palabras. Yo estaba en último lugar. Y allí se quedó más tiempo. Se sorprendió de mi juventud, y estuvimos un rato hablando sobre la novela…. aunque creo que lo que en verdad le sorprendió muy mi falta de protocolo y mi ropa de calle.
Luego pasé el peor rato del día. La entrega de premio encima del escenario, ante la mirada de todo el mundo. Un presentador dio paso a los galardonados. Todos ellos, sacerdote incluido, se pusieron ante el atril y el micrófono y declamaron discursos aprendidos de memoria, llenos de adjetivos, enfáticos, protocolarios, bellísimos. La gente aplaudía y la vicepresidenta asentía con la cabeza. A esas alturas, lo prometo, lo juro y perjuro, yo estaba ahí sentado, amasándome las manos, y todavía no había pensado qué iba a decir. No había preparado nada, no sé por qué. Fue como si me diera más apuro decir algo de memoria que quedar en evidencia porque no sé hablar en público. De hecho, empecé a bromear mentalmente conmigo mismo mientras la gente se alargaba con sus discursos aburridos y meándricos. Me decía, entre chuflas y veras, va, Sergio, ahora dirás que te vas a fundir la pasta del premio y que hale, buenos días, buenas tardes y buenas noches, y entonces harás mutis por el foro dejando al auditorio enmudecido de estupor. Otra parte de mí, la más cabal, no se podía creer que tuviera ganas de bromear en aquellos momentos críticos, cuando sólo faltaban minutos para hacer el ridículo frente a tanta corbata y tanta deferencia de cartón piedra. Al final, segundos antes, medio hilvané cuatro ideas y eso fue lo que dije. Pasé por la mesa, recogí los premios de la mano de la vicepresidenta y de un enjuto y vetusto Valentín García Yebra (miembro de la RAE que, si me hubieran dicho que tiene 190 años, me lo creo), me puse ante el micrófono y pronuncié mi primera frase triunfal: Bueno, me parece que se me da mejor escribir que hablar en público. Luego, todo fluyo de manera bastante natural y los nervios se desvanecieron a medida que avanzaba por el discurso.
Luego volví a tener un intercambio de impresiones con la vicepresidenta (ella había pronunciado un largo discurso panfletario pero prefirió continuar hablando de mi novela) ante la atenta mirada de Seguridad. Nos despedimos de ella. Y accedimos a una sala interior donde se celebraba un lujoso cóctel. Sí, de los de camareros de punta en blanco paseando bebidas y canapés exquisitos en sus bandejas. Allí me presentaron a más personas, gente importante, creo recordar. También me abordaron miembros del jurado para felicitarme y simples asistentes del público, para mostrar su interés por leer la novela en breve.
De todas mis experiencias a la hora de ir a recoger un premio, sin duda ésta fue la más esperpéntica.
Fantasymundo: Nadie se conoce más que uno mismo, así que hemos acordado dejar que te preguntes a ti mismo la última cuestión, sin cortapisas. ¿Qué pregunta no te han hecho jamás y te mueres por contestar?
Sergio Parra: La crítica, por lo general, me ha cuidado mucho. Y la mayoría de críticas que he recibido han sido, incluso, constructivas. He aprendido de ellas. Sin embargo, me encantaría que me preguntasen qué opinión me merecen los críticos o cierto sector de la crítica caracterizado por una injustificable veleidad.
Detesto al crítico que simplemente levanta el dedo pulgar a la manera imperial romana, que pontifica desde su cátedra como si su palabra fuese sagrada. Detesto los juicios paternalistas. Las críticas que no son más que formas de endilgar al lector nuestros juicios estéticos o nuestra manera de ver la literatura.
Y detesto todo eso porque no suele existir la contracrítica. Tal y como yo lo entiendo, la crítica debería de ser un diálogo entre el autor, el crítico y hasta el lector. El crítico, sin embargo, siempre queda impune. Puede pergeñar cualquier idea o juicio sin recibir consecuencias públicas. Al crítico siempre parece que le asista un argumento de autoridad y goza de unas prerrogativas que nunca pueden someterse a examen. En una ocasión, incluso, en un portal web donde las críticas podían ser comentadas, me atreví a impugnar lo que el crítico allí sostenía acerca de una de mis novelas. El consejo que me dio este señor crítico fue que, si me quería dedicar a esto del famoseo, debería tener las espaldas más anchas. O sea, que debería aguantar y no replicar. Pero el crítico, que también “publica” un texto, parece que se excluía de la ecuación: él no debía tener espaldas anchas para soportar las impugnaciones del autor.
También es muy un espécimen común (sobre todo si esconde a un escritor frustrado) el del crítico que se limita a esbozar la sinopsis de la obra que se propone criticar, para luego decir sin más explicación: no me ha gustado, me ha aburrido, no pasa prácticamente nada, refleja ideas muy feas, etcétera. Para terminar (como reafirmando su juicio estético) enumerando alguna de las erratas tipográficas u ortográficas que se ha encontrado en el texto. Cosas como: en la página 47, renglón segundo, ha escrito tal palabra así cuando debería ir asá. ¡He sido más avispado que el propio autor! ¡Le he ganado, al menos en este punto! ¿Cómo publican un libro a este fantoche? Yo debería de ser el autor, pero como tengo dignidad y mayor nivel de autocrítica, no lo voy a hacer.
Son críticos perdonavidas.
Recuerdo que leí en una ocasión que el Quijote fue un libro que fue editado con innumerables erratas, algunas incluso imputables al propio Cervantes, pues se conocía que era un autor descuidado para esos detalles. En aquel entonces, no existían tantos filtros y correctores hasta que la obra aparecía en la calle. Así que hoy, si realmente un texto padece de una aluminosis tipográfica u ortográfica importante, entiendo sacarlo a relucir en la crítica, que también (también, no únicamente) debe ser una valoración de la edición en conjunto. Pero si estamos hablando de una o de un puñado ínfimo de erratas… ¿qué relevancia tiene esa información para el potencial lector? El crítico trata de presentar al autor, de este avieso modo, como un incompetente, un iletrado. No merece ser autor, en definitiva. Y en este punto pivota casi toda la crítica, además, porque la principal pretensión de esta clase de crítico es la de verter toda su animadversión hacia el autor. Y al pobre lector que sólo busca el descubrir alguna nueva veta literaria ni siquiera se le da la oportunidad de experimentar, de probar, de alejar sus horizontes en busca de textos que a priori no son de su agrado pero que, como sucede con el caviar o la mojama, el tiempo y la experiencia convierte en exquisiteces para el paladar.
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3 Comentarios recibidos
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Usuario: Faboo (20-Febrero-08)
¿Jitanjáfora?¿Tanatomía? No me suenan esos libros. Je je je je je je
La verdad es que siento debilidad por la forma de escribir de Sergio, me encanta descubrir "nuevos palabros" y, a veces, hasta insultos.
Y, Krasnaya, que no te sorprenda recibir contestación a tu email.
Él es así.
almas: |
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Usuario: Mithrand (14-Febrero-08)
Próximamente tendréis alguna sorpresa con Sergio... estoy de acuerdo, dice las cosas claritas en la entrevista, es generoso con las aclaraciones, y se trabaja sus libros, lo cual es de agradecer. :bravo: |
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Usuario: Krasnaya (14-Febrero-08)
Hombre!!
Qué majo es este escritor. Me acabé el libro ayer y le mandé mis impresiones personales al correo, jeje... Espero que no me odie por ello y tal...
Pero el libro Jitajánfora es muy, muy bueno. |
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