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Fantasymundo entrevista a Sergio Parra
Faboo y Alejandro Serrano   14/02/2008 Comentarios (3)
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     Larga y fructífera conversación con Sergio Parra, autor de novelas como Tanatomanía, Jitanjáfora, Bitis TM y La moleskine.
Sergio ParraSergio Parra, nacido en Barcelona en 1978, con varias novelas publicadas tras de sí y no pocos premios acumulados a lo largo de su carrera de escritor, se describe a sí mismo como “un juntaletras con ínfulas”. Tiene publicadas varias novelas: Tanatomanía (Espiral Ciencia Ficción, 2007), Jitanjáfora (AJEC, 2006), La moleskine (Nostromo, 2006), Bitis TM (Mundo Imaginario, 2006), Las gafas de Platón (novela podcast, 2005), y Frío (Septem Ediciones, 2005). Tras la publicación de varias reseñas sobre libros de Sergio en Fantasymundo, decidimos conocer un poco más a este barcelonés:


Fantasymundo: En "Jitanjáfora" cada palabra parece estar extremadamente medida, ¿Hay alguna intencionalidad oculta en utilizar palabras poco comunes o Sergio Parra realmente se expresa así? ¿Qué inspiró la idea general de “Jitanjáfora”? No creo que haya demasiado de “Harry Potter” en el detontante de la obra. 

Sergio Parra: Es cierto que normalmente tiendo al exceso. Las palabras me seducen, siento curiosidad por ellas. Me encanta buscar su origen y su significado exacto en los diccionarios, me gusta fondear en sus enigmáticos orígenes etimológicos. También disfruto cuando un autor sabe usarlas, creando determinado efecto en el lector. Parece que si no escribes de forma atonal y con una riqueza léxica propia de un spot de Bacardi, entonces estás siendo pretencioso. Si es así, entonces me gusta la pretenciosidad. No siempre, claro, pero sí cuando la historia lo requiere. (Sin entrar en la disquisición de que, además, sospecho que cualquier expresión artística expuesta al público ya es un ejemplo de pretenciosidad).

En el caso de Jitanjáfora, no sólo lo requería la historia: considero que era imprescindible. Las jitanjáforas son palabras carentes de significado que simplemente se emplean en poesía porque suenan bien, por su eufonía. Como, de algún modo, sucede con los conjuros verbales de un hechicero. A veces son latinajos, y en otras ocasiones son eso: palabras que suenan bien pero que no entendemos. Ya que Jitanjáfora intentaba ser realista, presentar una magia laica, sin caer en el aspecto sobrenatural más barato del género, consideré oportuno que en el libro deberían aparecer este tipo de palabras pero que, en realidad, existieran. El lector que se tome la molestia en buscarlas, advertirá que no hay ninguna palabra puesta al azar. Todas refuerzan y cimientan el significado de las escenas, de los conjuros o de las ideas que se tratan de transmitir (otra forma de conjuros, en definitiva). Palabras escritas en tinta simpática o jugo de limón, aparentemente invisibles, pero que basta que el lector les aplique la llama de su curiosidad para sacarlas a la luz. No entenderlas todas, no obstante, no debería de lastrar la lectura de la novela: en este caso, las palabras enigmáticas pero bonitas funcionan como las jitanjáforas de las poesías.

Existen interesantes libros sobre los efectos de las palabras en el oyente o el lector, su sonoridad, la influencia psicológica en el pensamiento, su poder para troquelar los circuitos neuronales, sus mecanismos para inducir ciertas sensaciones o emociones... Es un mundo fascinante, el de las palabras.

Todo y así, como ya he dicho antes, es cierto que tiendo a manejar cierta riqueza léxica, y esto no siempre es bien recibido por todos los lectores. Me parece correcto, pues no siempre se puede escribir para todo el mundo. Mayormente trato de escribir aquello que me gustaría leer, y a mí me encanta leer novelas que contengan palabrejas que no siempre conozco. De hecho, ahora recuerdo que, años ha, cuando empezaba a dar mis primeros pasos en esto de escribir, se me ocurrió la demencial idea de parir una novela llamada Diccionario. Una historia que estuviera escrita con todas, y digo todas, las palabras registradas por el Diccionario de la Real Academia. Suerte que se me pasó el antojo.

Sergio Parra realmente no se expresa así. También sabe decir mecagoenlaputa o es la caña de España, y creo que ahí reside lo divertido del idioma: en saber mezclar alta cultura con cultura pop o el ideolecto propio de un polígono industrial. Así es como hablo, entendiendo el lenguaje como algo lúdico. Así pues, Jitanjáfora pretende ser, entre otras cosas, una fiesta de palabras. Una fiesta chez Sergio Parra.

La inspiración de Jitanjáfora surgió de dos ideas que me obsesionan. Por un lado, que la realidad es más fascinante que la ficción, y que la fantasía sólo es una forma poco convencional, oblicua o bizca de presentar la realidad cotidiana. 

La otra idea es un poco más controvertida. Siempre me ha costado digerir los hechiceros que visten con túnica, o los superhéroes que visten con mallas, los de portada de cómic. Son estéticamente muy atractivos, sí. Pero ¿por qué lo hacen? Es más: por qué actúan como actúan. En general, me cuesta abstraerme de la ingenuidad de estos personajes. No me creo sus historias porque no me los creo a ellos.

En todos los géneros existen historias profundas o ligeras, adultas o infantiles. Pero siempre he percibido que en el género fantástico de magos, superhéroes u otros personajes con habilidades extraordinarias, se tiende a hacia la ramplonería y la lisura sicológica. Supongo que es un mal endémico en todas las narraciones que cuentan con elementos sobrenaturales o prodigiosos en su trama. Por ejemplo: que la mayoría de reacciones de los personajes de una película de terror sean insostenibles, ridículas. Son películas que dan miedo, pero nada más. Una buena historia no debería estar supeditada solamente a esa dimensión; dar miedo, por ejemplo. Una buena historia debería ofrecer más cosas. Por de pronto, el no obligarnos a suspender nuestra incredulidad hasta niveles que rozan la oligofrenia. Para no extenderme más, invito a quien quiera profundizar un poco más en este asunto a echarle un vistazo a un post que escribí a propósito de los superhéroes cotidianos.

Sobre si hay inspiración en Harry Potter… pues lo que hay es una crítica a Harry Potter. En el fondo, Jitanjáfora es una sátira de las historias que narran la iniciación de un personaje anodino e insignificante en un mago de poderes legendarios. Harry Potter simplemente es el referente más cercano, actual y conocido por todos, por eso se menciona.


Fantasymundo: “Tanatomanía” podría enclavarse en el subgénero "steampunk"... ¿podremos leer más novelas de Sergio Parra en esta misma línea? 

Portada de Jitanjáfora, de Sergio ParraSergio Parra: Me encanta practicar lo que llaman transversalidad de géneros, experimentar con hibridaciones poco comunes, añadir comicidad a una escena dramática o dramatismo a una escena cómica, transgredir normas, tocar lo intocable y demás juegos que epaten al lector. Digo esto porque Tanatomanía, en apariencia, podría englobarse dentro del subgénero del steampunk, pero, en realidad, una vez se desvela la razón de que existan autómatas con Inteligencia Artificial en pleno Ochocientos, tal catalogación la considero errónea. Para mí, Tanatomanía es una pesadilla psicopatológica y fantacientífica nacida del ansia de fama y popularidad y del miedo a la muerte. Un juego metaliterario en el que hasta yo mismo debo comparecer como un personaje más, porque al autor de la novela es apócrifo (aunque figure mi nombre). Y de eso, habrá más en mis futuras novelas, pues son temas que me fascinan.

Fantasymundo: Reconoce que mucho de lo que escribe proviene de su vida diaria... ¿Cómo se le ocurrió el argumento de “Tanatomanía”? 

Sergio Parra: Por supuesto. Quien diga lo contrario, miente como un bellaco o no se da cuenta de que a nivel inconsciente todo está filtrado por su experiencia personal. La diferencia entre una autobiografía y una novela sólo reside es la habilidad del autor para reflejar en un espejo deformante su vida o su visión del mundo. Una deformación que esté al servicio de la historia que queremos contar.

El argumento de Tanatomanía gira en torno a la impostura. El concepto de inventarnos nuestra propia vida siempre me ha interesado. La idea de que nos autoengañamos sobre lo que somos o lo que nos rodea para hacer más digerible nuestra existencia. Siempre me ha fascinado la idea de que, en realidad, nos acostumbramos a ensayar e interpretar todos nuestros actos frente a los demás, hasta que dejamos de ser actores advenedizos y, entonces, lo hacemos tan bien que nos engañamos incluso a nosotros mismos. La gente, a mi juicio, entonces deja de ser natural. Uno ya no toma un café o pasea por la calle, uno hace el papel de alguien que toma un café o pasea por la calle, milimetrando cada uno de sus movimientos, que no son más que una mimesis de algún actor o persona referencial de gran carisma.

No puedo evitar ser demasiado consciente de esta impostura, tanto en mí como en los demás; de la posición premeditadamente cinematográfica al sentarnos, al entrecerrar los ojos cuando damos una calada a un cigarrillo, como persiguiendo un pensamiento furtivo, al andar fachendosamente, al vestir así o asá, al peinarnos. Somos escaparates de nosotros mismos.

Un héroe, el protagonista de una gran hazaña, el salvador, el bueno sin mácula, el donjuán de vuelta de todo, pues, debería ser el paradigma de esta impostura: dependiendo del contexto cultural en el que debe convertirse en tal, se verá obligado a cuidar hasta el más mínimo detalle de su interpretación, vestuario y escenografía. El héroe, por lo tanto, no sería más que un grandioso actor al que no se le cae la cara de vergüenza ante tanta afectada teatralidad (al menos, cierto tipo de héroe que ha entronizado la cultura popular).

Tanatomanía trata de llevar este planteamiento hasta sus últimas consecuencias. Y, de paso, trata de salvar el mundo. Pero sólo de paso.

Fantasymundo: Tanto en “Tanatomanía” como en “Jitanjáfora” se repite el personaje "adicto a la lectura" y parece que le tiene especial cariño al tipo de conducta introvertida, pero en ambos casos es precisamente esta adicción la que inspira a sus personajes a moverse. ¿Hay alguna alusión a tu propia experiencia personal? ¿se diferencian mucho el Sergio Parra escritor del que se ve al espejo cada día al levantarse? 

Sergio Parra: Los personajes surgen de mi experiencia personal, como dije antes, en tanto en cuanto su manera de ver las cosas o sus reacciones están filtradas por mi cerebro. Pero esto no quiere decir que yo piense o actúe como mis personajes. De hecho, creo que ninguno de ellos soy netamente yo. Simplemente me identifico con ciertas facetas de ellos, con algunos de sus pensamientos o ideas. Mis personajes existen para dar coherencia y consistencia a la historia que quiero contar, así que los moldeo como un alfarero que no busca hacer determinada vasija, sino que intenta que las vasijas que nacen de sus dedos no desentonen en la casa que le han mandado decorar. Un personaje es un elemento muy parecido a un ambiente, un escenario, una idea, un sentimiento o cualquier otra parte de la construcción de una novela. Preguntarme si me parezco a un personaje concreto sería como preguntarme si mi casa es parecida a la casa de tal personaje o si donde yo vivo llueve tanto como en aquella escena que describí.

Cuando una de mis primeras novelas, Frío, fue premiada en un concurso literario, el jurado alucinó cuando me vio llegar a recoger el premio. Se esperaban a una mujer madura y no a un chaval imberbe, pues la novela estaba escrita en primera persona por una mujer madura frustrada con su matrimonio. Yo nunca he sido mujer y nunca he estado casado, pero he visto cómo reaccionan las mujeres o cómo reaccionan las casadas. Me limito a describir lo que veo y a hacer un ejercicio de empatía. Y todo ello surge espontáneamente.

Así que, el caso del personaje “adicto a la lectura”, simplemente lo creí necesario para contar la historia que tenía en la cabeza. Que se repita en mis novelas publicadas (que no escritas) responde a una simple casualidad.

Si nos metemos en el terreno aquíhaytomate, entonces admito que me gusta leer, por supuesto, pero no tanto como parece. Me interesan muchas otras cosas. Soy epistémicamente hambriento, como si dijéramos. Y no todas las cosas que me interesan se aprenden en los libros.

Fantasymundo: En estas dos novelas, los personajes femeninos (al menos de cierta relevancia) se presentan demasiado inaccesibles, limitadas por su propia inteligencia a las relaciones humanas pero al final ceden ante el personaje principal. ¿Qué clase de mujeres en tu vida real te inspiran para dar vida a este tipo de "femmes fatals" o no existen? 

Sergio Parra: Volvemos al tomate. He conocido a mujeres tan extrañas, disfuncionales o inaccesibles como las que aparecen en mis novelas. He disfrutado o padecido interminables guerras sicológicas con mujeres, guerras abocadas a un armisticio venéreo. Algunas personas se sienten atraídos por un tatuaje tribal en el cóccix de una mujer; yo me siento atraído por los tatuajes mentales, por decirlo de algún modo. Por mujeres extravagantes, testosterónicas. Literariamente, me importan más los avatares de una mujer cuya mesilla de noche esté a rebosar de frascos de barbitúricos. O de una señorita clorótica.

Otras mujeres que me han inspirado son mujeres que no he conocido jamás pero que han existido o existen, aunque sus biografías parezcan inventadas. Como paradigma de este tipo de rara avis femenino, invito a bucear en la vida de Martha Gellhorn, Ayn Rand o Simone de Beauvoir, por ejemplo, o en la de Ada Byron (personaje que también aparece en Tanatomanía). Son mujeres que sabían dosificar deliberadamente la glucosa romántica, nadar contra lo establecido, e, incluso, desprenderse del icono cultural de lo que todo el mundo entiende por una mujer. Son mujeres alienígenas. Me interesan al igual que me interesan los hombres alienígenas. (De nuevo, la realidad supera a la ficción, y nos damos cuenta de que no es necesario viajar a otros mundos para hablar con extraterrestres).

Fantasymundo: Parece que tienes especial predilección por los finales abiertos y cierta tendencia a evitar los finales felices tipo Hollywood. ¿Consideras que éstos no son lo suficientemente interesantes o prefieres dejar espacio para futuras continuaciones si vende bien? 

Tanatomanía, de Sergio ParraSergio Parra: Hasta el más cerrado de los finales puede ofrecerte la posibilidad de continuar abundando en el universo que has creado. Todo es cuestión de echarle imaginación. No sé, como lo de “10 años después” o lo de contar la misma historia desde el punto de vista de otro personaje. Las soluciones son infinitas. Así que mi interés por los finales abruptos, inconclusos, los sad end, es meramente estético. Sé que, psicológicamente, el lector se puede quedar frustrado o con ganas de más, pero es una sensación que, medida, puede ser muy interesante experimentar en torno a una obra. Un happy end es reconfortante para el alma; un final diferente no es tan digerible pero, a cambio, te invita a seguir pensando en el mundo que has explorado, a continuar con tu imaginación allí donde el autor ha optado por dejarlo. Los finales convencionales, pues, estaría más dirigidos hacia los sentimientos; los finales poco convencionales, a la razón y la reflexión.

Eso no quiere decir que me desagraden los finales disneynianos.

Fantasymundo: ¿Qué es lo más difícil de escribir una novela –aparte de conseguir editorial- y qué papel puede tener internet en su promoción? ¿podrían hacer más al respecto las editoriales o el mercado del fantástico en España es demasiado reducido para plantearse acciones más amplias? 

Sergio Parra: Lo más difícil para mí, sin lugar a dudas, es corregir, pulir, reescribir y tirar lo eliminado a la basura. Esa fase de la escritura me parece tan siniestra y dolorosa como la más restrictiva de las eugenesias. Tú, sí; tú, no; tú, sí; tú, no. Horrible. Además, acabas leyendo tantas veces tu propia novela que, al final, la detestas. Es como una tortura china. Buscar que tal o cual palabra significa lo que realmente crees que significa (llevándote más de una sorpresa con el diccionario), suprimir ciertas cacofonías, reiteraciones o anfibologías, mantener una visión general de la historia para sostener el ritmo. Normalmente tardo tres veces más en corregir que en escribir, aunque haya partes que fueron escritas de corrido y así se quedaron, por obra y gracia de una rara inspiración. Creo que era Oscar Wilde el que decía que podía pasarse todo un día escribiendo para sólo cambiar un adjetivo del texto. Ese grado de meticulosidad ya me parece enfermiza, a lo Stanley Kubrick. Pero sin llegar a esos niveles, la simple corrección estilística puede llegar a ser exasperante.

Internet es una herramienta de promoción que hace unos pocos años no existía, y, a la larga, a medida que se vaya implantando, estoy convencido de que irá girando las tornas de la industria editorial así como ya lo ha hecho de la industria musical. Los escritores totémicos serán menos, los gustos se diversificarán, los futuros lectores se verán más influenciados por un trailer de youtube, una reseña en un blog que leen a diario, una versión electrónica y copyleft o una comparencia de un autor en Second Life que por el establishment convencional. Internet todavía es muy joven, pero su papel será crucial los próximos años para conformar la cultura del futuro. Internet será más real que la propia realidad. O será una realidad bis con tanto peso como la convencional.

El mercado del fantástico en España no es reducido, si acaso es reducido el mercado de los autores en cuyo nombre aparezca la letra ñ (hasta Castaneda se quitó la vírgula de su apellido para vender más). Las películas más taquilleras suelen ser de temática fantástica. Los libros fantásticos, pese al tópico, creo que también tienen buena prensa. Recordemos el éxito de crítica de La carretera, de Ian McCormack, o la aplaudida carrera de Jonahtan Lethem, David Foster Wallace o Paul Auster; autores todos que han producido obras de fantasía o de ciencia ficción, aunque no estén dentro de las corrientes del llamado fandom.

El problema, pues, parece doble. Por un lado, los nombres españoles no venden: parece que la calidad literaria esté reñida con tu nombre o con el registro civil donde te decidieron inscribir; así, los autores celtíberos siempre han sido gaussianamente numerosos, pero ni se les escucha ni se les respeta. Por el otro, las novelas endogámicas de fantasía tampoco atraen ni al público ni a la crítica. La pregunta es si el fantástico quiere o necesita vender más o tener mayor reconocimiento. Y si esos logros, quizás, no acabarán con cierta pureza del género o, por el contrario, pulirán carencias propias del género que no ha sido sometido a examen general; carencias que los consumidores de fandom toleran o pasan por alto. Sospecho que la editorial que se proponga vender más se verá obligada a tomar medidas en estos dos puntos, tal y como lo hizo en su día el género negro para gozar del prestigio actual. ¿Una victoria pírrica, quizá? Eso ya depende de cada uno.

De todos modos, cada vez hay más autores españoles que triunfan en el mercado nacional e internacional (José Carlos Somoza, Albert Sánchez Piñol), aunque sean autores que no se adscriben al fandom ni les interesa, que no se pliegan a las exigencias del género fantástico.

Y en este punto, el de que se crean exigencias inamovibles dentro del fandom, también es responsable cierto sector de la crítica, endogámico y anquilosado. Un sector de la crítica cuya estrechura de miras a la hora de valorar una obra obliga al autor que quiere salir adelante a parir obras clónicas. Por ejemplo, quienes repiten que el tal o cual novela no hay ritmo o (y aquí me quedo un poco asombrado) que en tal o cual novela no pasa nada. Como si eso fueran aspectos negativos. La libertad creativa no debería estar supeditada a convenios estilísticos tan estrictos. Si no te gusta una novela no aduzcas que no te gusta porque no está dentro de lo que se entiende comúnmente por novela. Estoy un poco aburrido de leer invectivas archisabidas de doctos formados en a misma universidad (y esa universidad se parece sospechosamente a una iglesia o una mezquita). Curiosamente, es un sector de la crítica que entiendo que exista en ciertos ambientes de la literatura general, pero no en un género ya de por sí fuera de los márgenes de la literatura general. Como se aprecia, es todo un poco contradictorio.

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3 Comentarios recibidos
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Usuario: Faboo (20-Febrero-08)

¿Jitanjáfora?¿Tanatomía? No me suenan esos libros. Je je je je je je

La verdad es que siento debilidad por la forma de escribir de Sergio, me encanta descubrir "nuevos palabros" y, a veces, hasta insultos.

Y, Krasnaya, que no te sorprenda recibir contestación a tu email.

Él es así.

almas:
Usuario: Mithrand (14-Febrero-08)

Próximamente tendréis alguna sorpresa con Sergio... estoy de acuerdo, dice las cosas claritas en la entrevista, es generoso con las aclaraciones, y se trabaja sus libros, lo cual es de agradecer. :bravo:
Usuario: Krasnaya (14-Febrero-08)

Hombre!!

Qué majo es este escritor. Me acabé el libro ayer y le mandé mis impresiones personales al correo, jeje... Espero que no me odie por ello y tal...

Pero el libro Jitajánfora es muy, muy bueno.
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