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Siete pecados capitales. Siete formas de morir. Así comenzaba este clásico del suspense de David Fincher, una de las películas que relanzó el genero de los asesinos en serie. |
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“Siete pecados capitales. Siete formas de morir. Nunca habrás visto nada igual”.
Con esta frase promocional, llegaba a las carteleras españolas “Seven” (1995), una película que junto a “El silencio de los corderos” (Jonathan Demme 1991), contribuyó a reverdecer el subgénero de los seria-killers, que con anterioridad ya habían gozado de cierta relevancia en el firmamento cinematográfico; al tiempo que abría la puerta a una avalancha de títulos, que a lo largo de la década de los noventa, se encargaron de explotar la fórmula hasta la saciedad.
La película que nos ocupa puede considerarse como la confirmación de un incipiente cineasta que tras foguearse en el terreno del videoclip y los spots publicitarios, había irrumpido en la industria cinematográfica en 1992 con “Alien 3”, cerrando la entonces trilogía dedicada al octavo pasajero. David Fincher consiguió con “Seven” una importante notoriedad, convirtiéndose en un autor cuyos trabajos han sido desde entonces admirados y odiados a partes iguales, sin que público y crítica se pongan de acuerdo.
Lo más interesante del trabajo de Fincher radica en los primeros minutos del film, en ese breve prólogo que le sirve para presentarnos a uno de los personajes principales, el detective William Somerset (Morgan Freeman), haciendo lo que mejor sabe hacer, visitando la escena de un crimen. Dicho previo deja paso a unos excelentes créditos iniciales donde el director juega con el espectador, al servirle en bandeja una información privilegiada, que posteriormente volverá a aparecer en la mitad del metraje. La estrategia que no es nueva para la historia del cine, si resulta cuando menos novedosa en cuanto al diseño: imágenes que explotan en fogonazos ante el espectador, servidas por una extraña música electrónica, que no hace sino anunciar el tono inquietante que estará presente durante toda la película.
En cuanto a la planificación, Fincher destaca por el empleo de amplias panorámicas en los exteriores, especialmente los pertenecientes al último tramo de la cinta; sin olvidar su interés por la cámara al hombro que otorga de mayor dinamismo a las persecuciones; así como la presencia de picados y contrapicados con los que reforzar la tensión de algunas escenas, véase por ejemplo aquella en la que Mills (Brad Pitt) se encuentra a merced del sospechoso; y planos cortos para los momentos de mayor intimidad.
Desde el punto de vista argumental, la película se apoya sobre el tópico de las budy-movies, manifestado en una pareja de detectives concebidos como polos opuestos en continúo conflicto. Por un lado encontramos al veterano William Somerset (Morgan Freeman), policía metódico, de alto nivel intelectual y desencantado que apura sus últimos días en el cuerpo, anhelando el deseado retiro; en el otro lado el joven David Mills (Brad Pitt), desordenado, con un nivel cultural medio, impulsivo y emocional, que lo único que quiere es alcanzar las metas más altas en su profesión, en el menor tiempo posible.
Sin embargo, ambos deberán dejar las diferencias a un lado, y trabajarán juntos para intentar esclarecer los motivos por los que un peligroso asesino en serie, está sembrando la ciudad de crímenes espantosos sin un móvil aparente. En el plano actoral, dos nombres deben destacarse, Morgan Freeman demuestra su buen oficio en un papel que posteriormente repetirá en producciones similares como “El coleccionista de amantes” (Gary Fleder 1997) o “La hora de la araña” (Lee Tamahori 2001). El otro nombre importante es Kevin Spacey, en el papel de John Doe, la persona que arrastra a ambos detectives a un macabro juego de consecuencias inesperadas. Con respecto a Brad Pitt, tiene aquí su oportunidad de cambiar de registro acercándose a un papel más arriesgado en un intento de llamar la atención, proclamando ser más que una cara bonita. Pero seamos sinceros, su actuación no viene a ser sino un reducido repertorio de gestos a cuál más histriónico, quedando anulado en cada uno de los planos en los que comparte protagonismo con Freeman. Completa el reparto la entonces incipiente Gwyneth Paltrow en el papel de sufrida e inadaptada esposa de Mills, un personaje soso, que sin embargo, tiene mucho que ver con el inesperado desenlace de la historia.
En cuanto a la ambientación, destacar los interiores domésticos de ambos detectives, espartano el de Somerset y caótico el de Mills. Aunque lo más interesante reside en la puesta en escena de los crímenes, todos ellos rodeados de una atmósfera sórdida y sucia, reforzando la idea de castigo que quiere imponer su autor, cual ángel exterminador. Ese ambiente malsano también se observa en los exteriores, al mostrarnos a una ciudad envuelta en una lluvia perenne, que no limpia la suciedad de las calles, sino que las acrecienta aún más, hasta conseguir un entorno asfixiante. Sin embargo, en los últimos compases del film, la lluvia desaparece para ceder su protagonismo al sol, propiciándose un cambio de escenario. Los ambientes claustrofóbicos, han dejado paso a espacios abiertos, que lejos de ofrecer una sensación de alivio, propicia la vuelta de lo sórdido, garantizando así el cierre cíclico de la historia.
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