Introducción.
Estamos en una década extraña para el mundo del cómic USA. Para comprenderla, deberíamos remontarnos a los inicios de la importante llegada de Joe Quesada como editor en jefe de Marvel.
¿Por qué Marvel? Digamos que DC ha tenido unas temporadas un tanto extrañas, muy “ombliguistas” si se me permite decirlo, en el sentido de que la editorial propiedad de Warner Bros se acomodó demasiado a su crossover obligatorio por año y no levantaba cabeza ofreciendo excelentes productos en lo que al sello Vértigo se refiere, pero en cuanto al Universo DC en sí, estuvo un tiempo sin rumbo y con unos equipos creativos que dejaban mucho que desear o en su defecto limitados a lo que decían los editores, con montones de colecciones sin personalidad. Siempre con excepciones, por supuesto. Léase el Detective Marciano de Ostrander o los Titanes de Grayson.
En Marvel más o menos lo mismo, con notables excepciones como pueden ser los trabajos del omnipresente Kurt Busiek de los años 90 o el Masacre de Joe Kelly, por poner dos ejemplos. Hasta que se inició el famoso sello Marvel Knights, donde Quesada demostró tener muy buen ojo para encontrar nuevos escritores que dieran cierto brío al género, así como un buen entendimiento con algunos de los mejores guionistas del medio.
Fue él quien destapó a Paul Jenkins y lo colocó en primera línea (figurativa y literalmente), el que descubrió a Brian Michael Bendis, fue el tipo que tuvo la rapidez de llevarse al joven promesa de Authority: Mark Millar, el que supo ver como guionista de Spider-man al hombre que escribía la serie de Babylon 5: J. Michael Straczynski y el que trajo a Marvel de forma relevante a Grant Morrison.
Estamos hablando del año 2000, un año que Marvel le dio un duro golpe de gracia a la editorial DC, que contemplaba desde las gradas cómo cambiaba la Casa de las Ideas y la cantidad de sabia nueva que llegaba a ella. Fueron unos primeros años donde los crossovers parecían impensables, todos los autores tenían su serie y la trataban con una libertad asombrosa.
Podría decirse que fueron unos años donde las colecciones pasaron a ser bastante personales, donde la línea Ultimate destacaba por novedosa y por tener un planteamiento atractivo que, sin embargo, se veía eclipsado por la elogiable labor de guionistas como Morrison y Strac en New X-men y Amazing Spider-man respectivamente. Soplaron nuevos vientos de novedad y dinamismo en Marvel, algo debía afectar a la competencia.
Y lo curioso es que no tardaron demasiado en contraatacar. En 2002 entró Dan Didio como editor en jefe de DC y también cortó varias cabezas, trajo a gente que todo el mundo quería ver dibujando o escribiendo a sus personajes favoritos y relanzó varias colecciones como mejor pudo. Y lo más irónico de todo es que, sin él, difícilmente habría existido una Dinastía de M o una Civil War.
Todo se debe a la llegada de Brad Meltzer en DC, escritor de novelas y abogado, empezó tímidamente en la editorial mostrando su buen hacer en la resucitada (literalmente incluso, por Kevin Smith) serie de Green Arrow. Pero poco después, sacó a la bestia que cambiaría el panorama USA de esta década, para bien o para mal: Identity Crisis.
Esta miniserie que trata un tema tan controvertido como pueden ser las identidades secretas de los superhéroes y la ambigüedad en cuanto a pasados oscuros que muestran cierta moral dudosa en superhéroes aparentemente intachables, tuvo la importante labor de ofrecer un mundo más visceral y oscuro dentro del género superheróico. Más próximo a Watchmen que a cualquier cómic clásico del género. En dicha miniserie pudimos ver temas tan controvertidos como una violación, peleas sangrientas donde es fácil perder un ojo o algo peor, y acciones que están lejos de ser heróicas, todo sin que resultara gratuito. Este enfoque sorprendió a muchos e iba de la mano de lo que estaban haciendo Brian M. Bendis en Alias, Morrison en New X-men, así como lo que estuvieron haciendo Millar y Ellis en Authority y lo que el primero hizo después en Ultimates. Pero Meltzer en Identity Crisis desató la amenaza.
Porque fue entonces cuando llegaron los crossovers.
Eventos que originan cruces entre personajes y que, normalmente, están enfocados dentro de las series, con una miniserie central en la que ocurre lo más importante. Cayó la bomba cuando en DC anunciaron, tras el éxito de Identity Crisis, la secuela del crossover más importante de todos los tiempos: Infinite Crisis.
Lo cierto es que se tomaron su tiempo, primero fue el número de Countdown to Infinite Crisis y luego se pasaron cuatro meses con cuatro miniseries (que pasaron a ser más entre sagas y cruces varios) que preparaban la entrada de uno de los crossovers más ambiciosos que se han hecho jamás. Claro que ambicioso no es sinónimo de calidad, pero ese ya es otro tema.
Por supuesto, Marvel no podía estarse quieta, y por primera vez en mucho tiempo Quesada decidió cambiar las cosas en su mandato. Con House of M (conocida como Dinastía de M en España) empezaría una vorágine de crossovers en la editorial que no parece tener fin.
Pero la miniserie de Bendis, por buena que sea, no terminó de cuajar, tuvo buenas ventas pero carecía de la ambición y la expectación de la competencia. Quesada debía pensar en algo más rotundo, más impactante. Es entonces cuando llegamos a Civil War.