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Relato: Vidas en la recámara |
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Tal vez demasiado wisqui y humo de cigarrillos o tal vez solo un aviso del soplón que vive en los sueños. Pero aquella noche algo no funcionó bien y el sonido de las detonaciones me despertó antes de que se apretase el gatillo. |
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(“Vidas en la Recamara” surgió como un proyecto para una publicación que no llegó a ver su número 0. Pero la idea era interesante, relatos para una columna de no más de 400 palabras de extensión con temática y guiños al cine negro. Pronto, su protagonista John Lucky, rompería esos márgenes e iría creciendo, pero estas fueron sus primeras líneas que deben toda su influencia a las plumas de Alvite y Pérez-Reverte y que buscan un referente visual en las ilustraciones de F. Miller.)
El mundo está cambiando.
La semana pasada alguien comento en la barra del Cotton Club que la vieja escuela estaba muerta, y que los fantasmas viciados de Capone, Luciano o Corleone no regresarían, oliendo a licor de contrabando, para darle de nuevo estilo a la ciudad.
La Thompson pasaría a ser el instrumento masturbatorio de la dama de la balanza y los nueve milímetros solo servirían para que los insomnes se aletargasen contando la longitud de los proyectiles en sus lechos de agobio.
Ya nadie volvería a tocar el ala del sombrero antes del tiro de gracia, ni a arreglarse el nudo de la corbata para la foto de la ficha policial.
Las mujeres dejarían de matar con la mirada, de atrapar con los labios y de condenar con el cuerpo.
“El mundo está cambiando”, decía aquella voz mientras seguía con una mirada hambrienta las niqueladas curvas de la fulana a la que invitaba a beber.
Ayer mismo liquidé mis deudas con los fariseos de Reimy Street, gracias al dinero adelantado de un encargo que me sacaba de una mala racha y de un idilio con el wisqui sin identidad, y me dirigí a cumplir mi parte del trato.
Me enfundé los guantes y, mientras subía los escalones de aquel tugurio, comprobé que Bets estaba cargada y dispuesta. Ladeé el sombrero para que no se vieran el asco y el miedo en mis ojos a la hora de disparar, intentando que la sombra protegiese así mi alma.
Sería rápido, un par de disparos y una insípida oración.
Cuando estaba en la puerta escuché al pimpollo decir: “…El mundo está cambiando…”
Las balas no pudieron mas que reír.
-Hoy muchacho, me pregunto si el mundo cambia por sí mismo o por el ansia de supervivencia de unos pocos. Olvídalo y ponme otra.
- Doble John.
-Como siempre muchacho, como siempre.
Vidas en la recamara.
Un soplo.
Tal vez demasiado wisqui y humo de cigarrillos o tal vez solo un aviso del soplón que vive en los sueños. Pero aquella noche algo no funcionó bien y el sonido de las detonaciones me despertó antes de que se apretase el gatillo.
La mañana olía como deben oler los aniversarios de boda en los cementerios, y desde mi cuchitril pude oír como llegaban los invitados a celebrar la onomástica.
Aquel fue un día en el que los diarios tuvieron que sacar un extra para la sección de sucesos.
En la quinta con Gaiman un repartidor de correos perdió el control de la furgoneta y la estrelló contra un autobús escolar.
El banco del Gobierno sufrió dos atracos al unísono y los tipos de ambas bandas se dedicaron a echarse a suertes el botín jugando al tiro al blanco con clientes y empleados.
Los sistemas de seguridad del psiquiátrico de Dirdam cayeron, y un centenar de mentes fallando en contra de la realidad se esparcieron por la ciudad.
Un ama de casa decidió librarse de su feliz matrimonio y de sus hijos modélicos aderezando con mataratas el puré de patatas.
El geriátrico de Tarantino Square se cerró para siempre al declararse un incendio que convirtió a los fósiles en material que siquiera valía para la reproducción de gusanos.
Y la policía encontró a Marilyn muerta por sobredosis en su cama, una muñeca rota que mantenía con el maquillaje la sonrisa ante la vida.
De madrugada, cuando salí del Cotton Club, me fijé en una fulana enfundada en satén negro, reía como sí el tiempo restante para su boda se contara en segundos.
Me miró y siguió su camino amando al frío que la envolvía.
Cuando recuperé la respiración noté que algunas arrugas habían surgido en mi frente acompañando a la taquicardia.
Palpé mi pecho para confirmar que Bets aun custodiaba mi corazón y entré de nuevo al Cotton, para asegurarme de que seguía vivo, utilizando para ello un escocés de diez años con poco hielo.
Lo dicho, tal vez demasiado wisqui y humo de cigarrillos o tal vez solo un aviso del soplón que vive en los sueños.
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