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El granjero de las estrellas, de Robert A Heinlein
Fco. Martínez   20/01/2008 ( 600 lecturas) Escribir Comentario
     El Heinlein primerizo de El granjero de las estrellas muestra aquí algunos de los más importantes rasgos que marcarán tanto su personalidad como autor, como el fondo de la mayor parte de sus obras.
Portada de El Granjero de las Estrellas, de Robert A. HeinleinSólo tres años separan la primera novela de ciencia ficción de Robert Anson Heinlein (1907-1988), publicada en 1947, de ésta, El Granjero de las Estrellas: publicada originalmente en los USA en 1950 y en España, por primera vez, en esta edición de La Factoría de Ideas (colección Solaris Ficción nº 96, 2007). Además, esta obra fue galardonada en 2001 con el Retro Hugo: concedido a la obra no ganadora cincuenta años antes (1951) y que consigue mantener hoy la actualidad suficiente como para, ahora, ser merecedora de tal distinción. (Invito aquí al lector/aficionado a reflexionar sobre la relevancia y significación que pueden tener este tipo de premios en nuestros días, en cuanto se produce una ruptura entre la obra premiada y su contexto creativo).

El argumento nace de la voz narradora de Bill Lerner que, en primera persona y con un estilo tan inmerso en la oralidad que da por veces la impresión de estar dirigiéndose a un supuesto oyente, narra su metamorfosis desde un huérfano e inmaduro joven terrestre, hasta su papel como ciudadano activo y responsable de Ganímedes (una de las lunas de Júpiter). Conseguirlo lo llevará a afrontar una reconstrucción completa de su personalidad íntima y social: la adopción de una nueva familia con el matrimonio prematuro de su padre; la lucha por ganarse el respeto de aquellos desconocidos con los que debe convivir, primero, en la nave que los llevará a Ganímedes, y después, con los habitantes del planetoide que será su nuevo hogar; o la superación de las dificultades a las que deberá hacer frente al tener que construir ‘de cero’ un nuevo hogar en un lugar inhóspito.

La mano de Heinlein se nota, además de en la caracterización del personaje principal, también en el escenario en el que se mueve: la elección de ‘granjero’ como la profesión de Bill Lerner no es algo azaroso, sino que traza un paralelismo directo con la colonización del desértico y árido oeste americano, al que los colonos llegaban con sus pocas pertenencias para levantar un hogar, diseñar una sociedad, y construir un futuro nuevo lejos de sus anteriores hogares. La misma voz de Bill Lerner (¿quizás un trasunto del propio Heinlein?) se encarga de establecer sus preferencias morales cuando, por ejemplo, loa la comunidad densa y cooperativa de Ganímedes, frente a una Tierra fracturada y atomizada. Los valores tradicionales del protestantismo norteamericano ensalzados a través de uno de sus perfiles profesionales más representativos.

En cuanto a su calidad meramente literaria, el carácter iniciático de esta novela nos muestra a un Heinlein de pulso tosco y perspectiva poco clara, que traza unos personajes dibujados con brocha gorda, sin fondo y a penas con perfil, e insertos en una trama de hilos narrativos de corto alcance e irregular interés. El granjero de las estrellas se sitúa, entonces, entre las obras menores del autor estadounidense. No por ello, así y todo, dejamos de estar ante un Heinlein auténtico. Pues son numerosísimos los trazos característicos del autor que están presentes en la obra: el conservadurismo político proyectado sobre la vida 'de granjero', la relación entre el gobierno que organiza las instituciones y el ciudadano que busca vivir su autonomía personal en plena libertad, incluso el retrato del individuo atomizado que afronta con el único sudor de su frente los retos y los problemas que se le presentan, entre otros trazos.

Entre los aspectos positivos que encontramos, destaca la documentación y la calidad descriptiva que mana el texto por momentos, y que es rara de encontrar aun hoy en día. No sólo por las lecciones de física, de ecología, de biología o de astronomía que se dan en algunos episodios, sino también, y sobre todo, por el uso que se hace de esas lecciones y que llevan al lector –lo transportan- allá donde su sed de conocimientos quiera llevarle: podrá hacer un tour turístico por las lunas más importantes de Júpiter, podrá vivir las puestas de sol como si las viese desde el mismo Ganímedes, o podrá experimentar los bruscos cambios de temperatura característicos de planetas y planetoides con atmósferas altamente inestables.

Robert A. Heinlein se muestra también muy sólido, como no podía ser menos dicho lo dicho, en su uso del lenguaje. Sobre todo, el diálogo es fluido y eficaz, esencialmente directo, y sabe aparecer cuando es necesario. Un matiz a hacerle es el manejo de un registro esencialmente plano: todos los personajes tiene idénticos giros, léxico y capacidad de comunicación; sólo la hermana pequeña de Bill Lerner supone una excepción, lógica si tenemos en cuanto la disparidad de su edad y madurez con el resto de personajes. Con todo, este es uno de los recursos a los que más jugo le extrae el Henlein de esta primera época dedicada al género de la novela.

En definitiva, este Heinlein primerizo de El granjero de las estrellas muestra aquí algunos de los más importantes rasgos que marcarán tanto su personalidad como autor, como el fondo de la mayor parte de sus obras –incluidas aquellas consideradas ‘maestras’. Aun más, parece concebir esta obra como muestrario de estos rasgos, ordenados y proyectados hacia el futuro desde un pasado común a la mayor parte del público estadounidense –de forma más clara si somos capaces de situar a la obra en el contexto social norteamericano de la década de 1950 en la que fue escrita. Quizás para el público español la mayor parte de su concepción sea simplemente anecdótica, pero en El granjero de las estrellas está sistematizado y referenciado el más importante legado de la obra heinleniana y, seguramente, sea este el mayor valor de la novela.

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