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El Diablo sobre Ruedas, de Steven Spielberg |
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Con tan solo 25 años, Steven Spielberg filmaría El Diablo sobre Ruedas, su primer largometraje, que se ha convertido en un clásico del cine. El comienzo de una gran carrera. |
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Steven Spielberg es un ejemplo de precocidad cinematográfica: tenía veinticinco años cuando rodó su primera película, “El diablo sobre ruedas” en 1972. Hasta entonces, ese joven judío enamorado del cine había dado muestras de una inmensa vena creativa y de una desmesurada inquietud artística al rodar películas caseras en formato Súper 8 de las que derivarían algunos proyectos experimentales posteriores, como “Firefight” (filmada ya con una cámara de 16 mm ganada en un sorteo amateur para jóvenes cineastas), en 1964, o Amblin, de 1969 (mucho después, bautizaría a su primera productora con este mismo nombre).
Aunque estos credenciales eran interesantes, aparentemente no garantizaban al joven Spielberg un hueco en la industria cinematográfica: esas películas, de una calidad notable, no eran suficiente pasaporte para que este chico abandonase el anonimato y diese el salto a la fama. Sin embargo, algo al menos sí permitían: trabajar en televisión. La televisión era un medio duro: con unos códigos propios y una cierta demanda de ahorro económico, exigía pocos alardes, pero, por el contrario, consentía una cierta libertad de creación; en efecto, en televisión no había que rendir cuentas sobre cifras de audiencia o recuperaciones de inversiones. Bastaba con seguir una fórmula de éxito y explotarla al máximo: el problema radicaba en la manera en que cada autor explotaba esa formula. “Colombo” era, por ejemplo, una serie de estilo muy identificable: guiones sólidos, protagonista particular, estructura muy rígida, condiciones precisas... Un caldo de cultivo ideal para que un director habilidoso e inteligente se bregase y adquiriera tablas. Indudablemente, Spielberg respondía perfectamente a ese patrón.
Por eso, cuando Gregory Peck rechazó participar en una película que adaptaba un relato de un escritor imaginativo llamado Richard Matheson, y el proyecto se recicló en telefilme, un productor que respondía al nombre de George Eckstein y que poseía el fino olfato y el instinto del buen cazatalentos, no dudó en asignárselo a ese muchacho que ya había demostrado su oficio en el formato televisivo. Eckstein se ganó bien su sueldo: una vez concluida la película, fue premiada en la primera edición del festival francés de Avoriaz, uno de los más prestigiosos en la categoría de cine fantástico (dejó de celebrarse en 1993, tras haber premiado “Carrie” de Brian De Palma, “Blue Velvet” de David Lynch o “Terminator”, de James Cameron), y tuvo un éxito tan incontestable en las salas europeas (donde los sagaces tiburones de la Universal la habían situado, presagiando resultados beneficiosos) que Spielberg se vio obligado a rodar quince minutos más de metraje para su distribución exclusiva en el Viejo Continente.
“El diablo sobre ruedas” era un proyecto atractivo para Spielberg, y no sólo por sus implicaciones profesionales. Suponía una revisión de dos mitos de notable interés para un chico que había crecido en el seno de una familia muy religiosa y que estaba asistiendo a unos acontecimientos históricos de gran trascendencia social: ofrecía una lectura en clave moderna del relato bíblico de David contra Goliat a la vez que posibilitaba expresarse como individuo rodando una peculiar road movie que reconsideraba las convenciones del subgénero. Los Estados Unidos en los que vivía Spielberg en 1972 no eran aún un continuo estado de excepción, pero las cosas no pintaban bien para la libre expresión: el Gobierno de Richard Nixon, cada vez más acorralado por Vietnam y el escándalo del Watergate, había intentado recortar derechos fundamentales y silenciar a una opinión pública crecientemente insatisfecha. La juventud había tomado las riendas del movimiento opositor, manifestando contundentemente su desacuerdo con unos enormes deseos de evasión. Dennis Hopper se había convertido en una estrella por haber regalado a esos jóvenes exigentes e inquietos su psicodélico “Easy Rider” (1969), canto salvaje sobre la libertad, que para el joven norteamericano se identificaba con una moto, un vehículo y una larga carretera hacia ninguna parte. Jack Kerouac y la “Generación Beat” plasmaron esta disconformidad en la literatura, mientras, volviendo al cine, otro jovencísimo autor, cuyos destinos estarían irremediablemente ligados a los de Spielberg, sentiría también la llamada de lo salvaje brindando para la posteridad su “American Graffiti” (1973). Ese joven se llamaba George Lucas.
Por tanto, la historia que se cuenta en “El diablo sobre ruedas” es la crónica de una lucha desigual contra el sistema, representado por un camión cisterna monstruoso dotado, gracias a la pericia de Spielberg, de vida propia, que es a la vez represor y opresor. También puede leerse como la pugna que David Mann, viajante, profesión muy típica en esos Estados Unidos de interminables carreteras, mantiene, por su supervivencia, con ese Moby Dick de hierro y gasolina que le atosiga durante todo su trayecto. Conforme avanza el relato de este titánico enfrentamiento, más crece la impresión de estar asistiendo a una versión contemporánea del clásico de Herman Melville, en el que Mann es un moderno Ahab obsesionado con acabar con su particular Ballena Blanca. Podríamos llamarle Ismael y no desdeñaríamos la gran fuerza alegórica de este cuento de carretera.
En “El diablo sobre ruedas”, Spielberg apunta maneras y presenta credenciales más que suficientes para poder atisbar el rumbo que tomará su cinematografía futura. La película consigue algo encomiable en una opera prima: no sufrir desajustes de calado en el ritmo ni naufragar por un exceso de homenajes cinéfilos, tradicionales errores en los que suelen incurrir los cineastas debutantes. Sólo “Psicosis” de Hitchcock y “Harry el sucio” de Don Siegel, son explícitamente reverenciados a lo largo y ancho de los noventa minutos de angustioso metraje, con una maestría y elegancia que ya querrían poder demostrar muchos de los directores actuales.
El guión es muy compacto y está muy bien estructurado: partiendo de una trama absolutamente kafkiana, en la que el coche de Mann adelanta a un camión cisterna en cuyas placas delanteras puede leerse “Land of Enchanter” (primer indicio de misterio o de locura del anónimo conductor), se desarrolla un duelo colosal - no en vano la película se titula, “Duel”- por carretera en la que las sucesivas paradas adquieren condiciones de treguas efímeras y de respiros para el espectador. En verdad, es en estos descansos donde mejor se aprecia la evolución del personaje, de viajante con una insulsa vida mediocre a aventurero eventual y obsesionado. Durante la película hay tres grandes recesos, uno que es prólogo, otro que es nudo y un último que, sin llegar a ser desenlace, es crucial en el futuro devenir de los acontecimientos, pues es el que obliga, definitivamente, al perseguido a decidirse. El viaje tiene, además, toda la estructura de una historia épica: se nos presenta a un héroe (totalmente del siglo XX) con sus preocupaciones y miedos, que se enfrenta a una fuerza que desconoce y a la que sólo puede doblegar mediante el sacrificio personal. Dennis Weaver, espléndido en todos los estados de tensión posible, desde la indignación hasta la histeria, interpretó a ese héroe, de una forma tan coherente que se entiende la máxima de sus admiradores más recalcitrantes cuando afirmaban que “no se le ve actuar, se cree en él”.
“El diablo sobre ruedas” es una pequeña gran película, un título cuyos fallos son eclipsados por sus enormes aciertos en el plano argumental, técnico e interpretativo, de revisión obligada para aquellos que la conozcan y de aproximación recomendada tanto para quienes la ignoren como para quienes deseen dedicarse al cine. Faltaban unos años para “Tiburón”, pero lo mejor de Spielberg ya podía rastrearse en ella.
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