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       Artículo de literatura

¡HALLOWEEEH!, de José Luis Díaz Marcos


 Literatura juvenil
José Luis Díaz Marcos   05/01/2008
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     Si el involuntario descubridor es un chaval de doce años, y tiene la imaginación y el valor suficientes, ocurrirán tantas y tan extraordinarias cosas que, incluso sus protagonistas, se resistirán a creerlas.
1

Típica calabaza de HalloweenAlgunas aventuras son tan extraordinarias que, incluso sus protagonistas, nos resistimos a creerlas. Contrarias a la razón y a la lógica, son, al mismo tiempo, ciertas e inolvidables. “No puede suceder. Sin embargo, lo estoy viviendo”, piensas.
Alex y yo teníamos doce años, y además de compañeros de clase, éramos amigos inseparables. No sospechábamos que aquel treinta y uno de octubre, festividad de Halloween y víspera de Todos los Santos, nuestra vida cambiaría para siempre.
En silencio, y conteniendo la risa, avanzamos por el pasillo hasta llegar a la puerta de la cocina. Asomé la cabeza: mi madre estaba de espaldas, atareada con algo. Hice un gesto a Alex: “ahí está”. Él asintió con picardía: “Sí, sí…”.
De repente, pretendiendo sorprenderla, aparecí ataviado con mi flamante disfraz de Chucky, el muñeco diabólico: jersey multicolor, peto vaquero y zapatillas. Solté una estentórea carcajada mientras apuñalaba el aire con un cuchillo de goma.
Mi madre nos había oído desde el principio (la sonrisa de oreja a oreja la delataba). Aun así, fingió sorprenderse:
-¡Uuuh… Qué miedo!.
-Sí, ya lo veo. – protesté, molesto.
-Que sí, que casi me muero del sus…
La risa le impidió terminar la frase. Poco después, siguiendo la broma, formuló una pregunta cuya respuesta conocía de sobra:
-¿Estabas solo?.
Alex se dio por aludido, y apareció en escena: luciendo (también) jersey de rayas y sombrero, amenazaba con clavarnos un guante con cuchillas de plástico.
-¡Oh!. ¡Freddy Krueger en persona!. – exclamó mi madre, casi aplaudiendo. –Estáis muy… muy…
-¿Terroríficos?. - sugerí.
-Eso. Los dos asustaríais al miedo.
Sonreímos, halagados.
-Yo también tengo una sorpresa.
-¿Qué?. – preguntamos, al unísono.
Mi madre se hizo a un lado, y como si fuese la azafata de un concurso, la señaló, sobre la encimera:
-Nuestra calabaza de Halloween. - Había cortado la parte superior a modo de tapadera.
-Tendremos que dibujarle una cara. – propuso Alex.
-Claro. Una de mala malísima.
-¡Eh, mirad lo que tenemos aquí¡. – exclamó mi madre sacando las semillas de la calabaza.
-¡Qué raras!. Tienen una mancha en cada lado.
-Sí. Pero fijaos bien: ¿qué forma tienen esas manchas?.
-Parecen una… una… ¡¿calavera?!. – soltó Alex, incrédulo.
-¡Es verdad!.
-¿Sabéis qué significa eso?. – preguntó mi madre, enigmática.
-Ni idea.- reconocí.
-Yo tampoco.
-Significa que son unas semillas muy especiales y peligrosas: las únicas que pueden convertirse en auténticas calabazas de Halloween.
Nos miramos, intrigados.
-Auténticas… - repitió Alex, pensativo.
Mi madre, con la actitud sigilosa (y teatral) del espía que teme ser descubierto, echó un vistazo a nuestro alrededor. “Acercaos”, nos indicó en silencio.
Y entonces, muy próximas nuestras cabezas, nos embrujó con la magia de las palabras, suaves y misteriosas:
-Se trata de una vieja leyenda: si se plantan en un cementerio durante la noche de Halloween, y se riegan con agua de lluvia, brotan convertidas en calabazas poseídas por el mismísimo Diablo. En su interior arde el fuego del Infierno, y para evitar que se extinga, lo alimentan con las almas de quienes atrapan.


2

En mi cuarto, Alex y yo dibujábamos el rostro que mi madre…
-¡De eso nada!. El cuchillo lo manejo yo.
…tallaría en la calabaza.
-No, esa cara no vale. – dije señalando el dibujo de mi amigo.
-¿Por qué?.
-Porque te ha salido una cara de buena persona.
-Será de buena calabaza.
-Da igual. Las calabazas de Halloween tienen que dar miedo.
-Como las de la leyenda.
-Claro.
-¿Imaginas que fuesen reales?.
-Ya lo creo. Sería… sería… - no encontraba la palabra adecuada para expresar una idea tan fascinante.
-¡…para morirse!.
-Eso. Para morirse, y arder en el fuego del Infierno.
-Sí…
Estuvimos callados un rato, perdidos en nuestras respectivas fantasías.
-Comprobémoslo. – soltó Alex, de repente.
-¿El qué?.
-Si la leyenda de las auténticas calabazas de Halloween es cierta.
-¿Hablas en serio?.
Alex asintió con determinación.
-P, pero… - no daba crédito a las palabras de mi amigo.
-¿Por qué no?. Esta noche, en el cementerio, con las semillas de la calavera. ¡Y el agua de lluvia!. - dijo señalando el balde colocado junto al armario. En él reposaba el agua que, filtrada por la gotera del techo, habían descargado oscuros nubarrones en los últimos días.
-Lo tenemos todo. Es ahora o nunca.
“¿Qué hago?”, pensé. ¿Aceptaba la propuesta, quizá la locura, de entrar en el cementerio durante la noche de Halloween?. ¿Dudaba para siempre de la existencia de las auténticas calabazas?. Suspiré hondo, y repetí mentalmente lo que mi madre decía ante las grandes decisiones: “¡Que sea lo que Dios quiera!”.
Sonreí con sincero afecto, y tendí la mano.
-¿Trato hecho?. – preguntó Alex con el rostro iluminado.
-Trato hecho, colega.
“Teníamos doce años”, he intentado justificarme, justificarnos, muchas veces. Aunque no fuéramos conscientes, en nuestros jóvenes corazones y desbordante imaginación, sólo había lugar para la aventura. De algún modo, ahora lo sé, estábamos obligados a hacerlo, porque si las leyendas no se comprueban a esa edad, ya no se comprueban nunca.


3
En la cocina, Alex y yo reunimos un pequeño montón de semillas.
-¿Para qué las queréis?. – preguntó mi madre terminando de tallar el rostro de la calabaza.
Alex me miró de reojo.
-Para plantarlas. Queremos ver cómo crecen. – dije con toda naturalidad.
Alex tosió, inquieto.
-Estupendo. – aprobó, divertida. – Cuando estén maduras regaladme una.
Alex suspiró, aliviado.
-¡Ya casi está!. – anunció mi madre poco después. – Sólo falta el toque final.
Cortó una vela en dos mitades, encendió una de ellas, y con su propia cera, la fijó en el interior de la calabaza. Colocó la parte superior de ésta.
-¿Qué tal?.
-¡Mola!. – exclamó Alex.
Tenía razón. Había quedado bastante bien.
-¿Y si apagamos la luz?. – propuse. Los nubarrones habían hecho que oscureciese antes de tiempo.
-Buena idea. – aprobó mi madre dirigiéndose hacia el interruptor.
¡Clic!.
Quedamos a oscuras, hechizados por la luz (el fuego del Infierno) de la calabaza (poseída por el mismísimo Diablo). Su torva sonrisa escondía perversas intenciones.
-¡¿Es o no es una auténtica calabaza de Halloween?!. – voceó mi madre, detrás de nosotros.
Bañados por el dorado resplandor, nos miramos al tiempo que tragábamos saliva.


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