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Una iglesia en la noche I |
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Primer capítulo de este apasionante relato de entorno medieval con un templario como protagonista |
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Los pulmones le ardían, y el dolor le hacía andar encorvado. Ignoraba qué fuerza le hacía capaz de sostener su espada manchada de sangre en la diestra, aunque a su pesar la arrastraba emitiendo un quedo sonido. Se desabrochó el manto y dejó que cayera pesadamente al suelo. Bajo la prenda de abrigo se ocultaba una capa oscura atada al cuello que contrastaba con la túnica blanca cruzada de rojo y rajada por varios sitios. Llevaba un escudo pavés sobre la espalda que depositó entre unos arbustos, marcando el lugar con una cruz en la tierra. Su pelo, largo y lacio, estaba sucio y enmarañado. La malla que le cubría el torso y los brazos tenía algunos agujeros, fruto de impactos de flecha que por suerte no habían penetrado en la carne. En la zona del vientre la cota había sido traspasada, y la sangre, propia y ajena, teñía sus ropajes.
Miró a su espalda. La luz de las antorchas aún se veía lejana. Tenía al menos diez minutos antes de que lo alcanzaran. Siguió renqueando por la precaria senda como pudo. Alcanzaba a ver una pequeña parroquia en la lejanía. Si podía llegar, estaría salvado. A su alrededor se extendía un bosque de hayas y robles desnudos. Sus botas hacían crujir las ramas y hojas que habían caído sobre el camino. La luna brillaba llena, y podía ver bastante bien.
Ya sólo le faltaban unos metros para alcanzar el llano que precedía a la iglesia. Alrededor del edificio reinaba el silencio, sólo roto por el tañido que producían las campanas, azotadas por el aire. Frente a la fachada se alzaba un árbol casi tan alto como el edificio, y sus ramas crujían, produciendo un sonido fantasmagórico. La puerta principal del monasterio estaba cerrada a primera vista, y parecía sólida. Sopesó la idea de entrar por una puerta lateral que seguramente llevaría a la sacristía. De súbito, tropezó y cayó pesadamente sobre la gravilla de la explanada. Sufrió un violento acceso de tos, escupió un esputo sanguinolento, e intentó ponerse en pie apoyándose en la espada desnuda. Se incorporó con dificultad y miró en derredor. Para su desgracia, los dos hombres ataviados con sendos hábitos bastos y marrones le habían alcanzado. Los examinó mientras se acercaban lentamente, cansados tras una larga cacería. Uno de ellos, un joven novicio que apenas contaría con quince años, sostenía tembloroso una antorcha. A su lado, un hombre de edad mediana, con las canas asomado en las sienes, sostenía una espada brillante.
- ¡Detente, en nombre de Dios!- exclamó el mayor.
No obtuvo otra respuesta que el sonido sordo de una espada hendiendo el aire. El hombre se santiguó y avanzó con lentitud, pero antes de que pudiera dar cuatro pasos, una daga hábilmente desenvainada surcó el aire con un silbido y le atravesó el pecho a la altura de la clavícula. El joven intentó gritar, pero se parecía haberse quedado mudo de asombro. Su compañero yacía tumbado en el suelo, boca arriba, respirando apenas entre gorgoteos.
- Perdóneme, señor, déjeme marchar…- El joven se arrodilló, tartamudeando.
- Levántate, niño. Un hombre no debe arrodillarse. ¿Ya has pronunciado tus votos?- Hablaba pausadamente, respirando a duras penas.
- Sí, señor.- respondió firmemente el zagal, irguiéndose despacio.
- ¿Por qué elegiste el camino de la fe?
- No lo elegí, señor. Mis padres me mandaron al convento porque eran pobres.
- ¿Eres feliz así, viviendo en la casa del Señor?
- Sí.- El joven cerró el puño con firmeza.
- ¿Qué te gustaría haber sido, en vez de monje?
- Herrero- el joven se lo pensó un momento.
- ¿Y por qué no intentaste ser herrero?- el chico se quedó callado.
- Vives una vida vacía…al servicio de un Dios que ni te ve ni te oye…¿qué valor tiene tu vida, al fin y al cabo?- El tembloroso hombrecito no se había dado cuenta de que el hombre manchado de sangre se había acercado según hablaban, pero en aquel momento parecía haberse despistado, y miraba el cielo ensimismado. El joven deslizó solapadamente una mano hasta su espalda, donde una pequeña daga colgaba de su cinturón. Le había salido bien el papel de novicio asustado, y seguro que poco sospechaba el hombre que tenía delante que hacía un par de años que perseguía criminales para la Inquisición. Con un movimiento veloz desenvainó la daga y la dirigió hacia el vientre del hombre, pero rebotó contra la cota de malla. El soldado al que llevaba una semana persiguiendo le retorció la muñeca hasta casi romperla, así que soltó la daga pero no se permitió el lujo de gritar de dolor. Miró a los ojos de su verdugo, unos ojos negros e insondables. El joven murmuró una oración por el alma de aquel que acababa de atravesarle con una hoja de frío acero.
El reverendo escuchó un golpe seco, se levantó de un salto y salió de su celda arropándose con una larga y pesada capa. Rebuscó en los bolsillos, buscando un estilete en forma de cruz. Se acercó a la puerta con una vela en una mano, descorriendo la mirilla con la otra.
- ¿Quién es?- dijo con voz firme, sin miedo.
- Santuario para un pobre hombre, padre…- dijo una voz al otro lado. El religioso desatrancó la puerta, que se abrió debido al peso muerto de un hombre ensangrentado que cayó estrepitosamente al suelo, desmayado. Enseguida, el reverendo lo arrastró hasta una celda, y le quitó la túnica manchada, la capa, las botas y la cota de malla. Tapó al herido y le restañó rudimentariamente sus terribles heridas.
Cuando ya era muy tarde, se internó en la gran biblioteca del monasterio, que desprendía un embriagador a historia, sabiduría y papel.
Súbitamente, sus ojos se abrieron, contemplando un techo borroso, color blanco inmaculado. Intentó incorporarse, pero un dolor punzante le atravesó el costado izquierdo. Le pesaba todo el cuerpo, y tenía la boca seca y pastosa. La cabeza le daba vueltas, y la luz vespertina le hacía daño en los ojos. Pensó que lo que sentía un muerto no debía ser muy diferente a lo que sentía entonces. Le pesaba el cuerpo y tenía la boca seca y pastosa. La cabeza le daba vueltas, y la luz temblorosa de un candil le hacía daño en los ojos.
- Bebe.- dijo una voz tranquilizadora a su lado. Intentó decir algo, pero sólo alcanzó a vaciar una pequeña redoma de vidrio que contenía un líquido agrio.
- Estás en el monasterio de Mont Mizanne, en la Bretaña. Soy Gerard de Casquier, el párroco del pueblo. ¿Recuerdas tu nombre, algo al menos?
- Me llamo Guy Valjean- dijo con dificultad, tras un largo esfuerzo.
- Pues bien, Guy Valjean. Sabe que no alojo asesinos en mi convento, y espero que me expliques el porqué de que yo haya tenido que enterrar a dos monjes en el bosque.
- Monjes... reiría si pudiera, monseñor. Los inquisidores merecen una muerte tan cruel como la que tan bien se ocupan de administrar a quien creen oportuno dársela.
- No blasfemes. Agradece a Dios que te ha perdonado la vida, pues ayer habrías muerto desangrado si uno de sus siervos no te hubiese dado asilo por alguna razón que aún desconoce.
- No me hable de Dios, padre. Si hubiese visto lo que yo, no creería en Dios.- Aunque el religioso intentó lanzar una dura réplica, Guy ya dormía debido al fuerte elixir que había bebido. Gerard extrajo un paño blanco de un zurrón de campaña que Guy llevaba escondido, y limpió las heridas por segunda vez al día, que parecían recobrar un aspecto saludable hasta cierto punto. La sangre coagulada que recubría una de las laceraciones se extendía en diagonal desde la cintura hasta casi una costilla. No era profunda, pero debía haber dolido lo suyo. Le sorprendía el buen número de cicatrices que surcaban el torso de aquel, según parecía, caballero templario. La cruz roja de su túnica le delataba, aunque bien podría haber matado a uno del Temple tal y como había acabado con dos inquisidores.

- Estaos quieto - pronunció sólidamente el padre Casquier.
Guy Valjean emitió un quejido lastimero, esperando a que su salvador acabase de coserle la herida para incorporarse. Sentía sus fuerzas renovadas, pero sus heridas le escocían. Casquier le vendó el torso con manos hábiles, y aplicó un ungüento a los numerosos moratones, cortes pequeños y demás golpes. Luego, le entregó una camisa blanca, unas polainas de lana suave, y una larga túnica oscura parecida a un hábito. Además, le llevó una tina llena de agua, una pequeña pastilla de jabón y un trapo. El religioso abandonó la celda, y se puso a rezar en silencio. Guy se afanó en quitarse la suciedad de encima todo lo que pudo, y al cabo de un buen rato, se incorporó y comprobó que los atavíos que le había proporcionado Casquier le iban como un guante. A pesar de la amabilidad del cura, Guy no se fiaba del todo, así que ocultó su daga en un bolsillo interior de la túnica negra. El hecho de que sus armas, su cota de malla y demás enseres estuviesen en la habitación pareció tranquilizarlo un poco. El dolor le hacía cojear ligeramente, pero logró llegar hasta Casquier sin grandes dificultades.
- Veo que podéis caminar. Parecéis recuperado, si bien habéis dormido en total cuatro días.
- ¿Quién sois, padre? No conozco muchos párrocos de pueblo que sepan coser heridas, y que no se pongan a rezar nada más ver la hoja de una espada- replicó Guy con suspicacia.
- Ya te he dicho que me llamo Gerard de Casquier. En mi juventud serví en las revueltas de Lyon, así que ni sangre ni acero me asustan en demasía.
- Me gustaría agradecerle lo que ha hecho por mí. Supongo que mucha gente me entregaría a la Inquisición antes de salvarme la vida.
- ¿Qué te hace pensar que no lo he hecho?- Guy no dijo nada, pero intentó disimular su preocupación. Se había sentado en uno de los bancos reservados a los fieles.
- Puedes estar tranquilo, Guy Valjean. Prefiero que me cuentes lo que ha ocurrido, y luego ya veremos.- El padre Casquier se sentó al lado de Guy, y se recostó en el respaldo, con los brazos cruzados, esperando una explicación. Aunque no percibía maldad en el enfermo, tenía en su contra la muerte de dos monjes. Guy pensó que de poco valía mentir, así que confesó.
- Aquellos dos desgraciados me dieron el alto en el pueblo que hay tras el valle, no recuerdo su nombre. Descubrieron que era un templario, así que les noqueé y huí hacia aquí, esperando encontrar santuario antes de que me alcanzasen, pero me faltaron un par de minutos.
- ¿Y las heridas? No son de ayer, precisamente.
- Intentaron asesinarme en Avignon, y aunque sólo me hirieron, no me dio tiempo a prepararme una cura, pues temía que más asesinos anduviesen tras mis pasos. Llegué a caballo hasta St. Remy, pero me caí y la bestia huyó. Era robado, después de todo.
- ¿Quién te quiere asesinar, y por qué?
- Es usted muy curioso, padre.- En verdad, Guy estaba muy sorprendido por la actitud del religioso. Días antes, no le habría cabido en la cabeza tal actitud prodecente de un católico.
- No me gusta tener a desconocidos en mi parroquia.- Guy prosiguió obedientemente. Casquier le producía una sensación de confianza, no sabía por qué.
- El Papa está empeñado en que los templarios somos un peligro terrible para su fe. Dos agentes suyos me encontraron en Avignon, ya se lo he dicho. Me llevaban persiguiendo desde Roma, creo.- Casquier seguía esperando- El Maestre Molay me envió a Roma para alertar a un par de congregaciones en Italia del peligro que corríamos. Atraqué de vuelta en Marsella, e iba de camino al Valle del Loira. No soy peligroso, padre. Simplemente déjeme permanecer aquí hasta que haya recuperado mis fuerzas y estaré profundamente endeudado con usted.
- Tranquilo, Valjean. Basta con que me ayudes un poco. Pronto llegarán las gentes de los alrededores, así que finge que eres extranjero y no sabes francés. ¿Sabes cocinar?- Guy afirmó.- Entonces, si te sientes con fuerzas, puedes ir preparando caldo para los pobres.- Casquier condujo al caballero hasta una pequeña estancia anexa a la iglesia, donde guardaba víveres, utensilios, ropas… Guy Valjean desempeñó su tarea todo lo bien que pudo. Su mano derecha aún temblequeaba si intentaba hacer fuerza, pero por lo demás se desenvolvía con toda la facilidad que cabría esperar de un convaleciente. Mientras troceaba verduras y calentaba agua y sal, escuchaba al padre Casquier. Era un buen orador, y sus fieles suspiraban enardecidos de cuando en cuando. Guy calculó que debían de ser media centena. Poco importaba, en todo caso. Cuando el mediodía se acercaba, los bulliciosos asistentes a la misa abandonaron la parroquia. Guy fue a avisar a Casquier de que el caldo estaba listo, y tras beber una escudilla entera de un trago fue a su celda a acostarse. Durmió bien durante todo el día, pero a la hora de anochecer, un sueño intranquilo perturbó su descanso.
Pasaron ocho días de esta guisa, hasta que una noche Guy Valjean se despertó empapado en sudor, y con un picor agudo en la herida del pecho. Rebuscó entre sus cosas hasta encontrar un pequeño pergamino lacrado y que no debía abrir hasta volver a Francia. Con el ajetreo de la última semana se había olvidado completamente.
"Estimado Sir Guy Valjean:
Hemos sido informados de que, a vuestra llegada a Francia procedente de Roma, dos agentes del Papa irán en vuestra busca. Siento comunicaros la noticia de esta forma, pero creí que rechazaríais vuestra misión si os enterabais.
De cualquier modo, sois un hombre valiente y honrado, y confío en que llevaréis a cabo vuestro cometido sin dudar. Uno de los nuestros se reunirá con vos en St. Remy, como acordamos y os escoltará hasta París, y no hasta el valle del Loira, como en principio teníamos pensado. Allí, en la capital, se os facilitará la información necesaria para continuar hasta el siguiente estadio de la misión. No confiéis en nadie que no lleve un medallón en forma de cruz de oro y plata labrados.
Jaques de Molay, Gran Maestre."
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