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Paseando por un jardín marchito en Urús |
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Relato ambientado en la saga de ciencia ficción Escena Final, de Jaime Santamaría de la Torre, como anticipo al tercer libro de la serie. |
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Todos los ciclos, al inicio del estío en el planeta Urús, con la misma puntual e incansable cadencia de un metrónomo, la gran ciudad repetía la misma letanía: los rayos del inclemente sol caían a plomo mortificando a los rezagados habitantes, quienes corrían apresurados a preparar sus maletas. Anhelaban embarcarse en una huida que ya colapsaba las vías de salida de la urbe en un asumido vía crucis hacia los tropicales parajes de veraneo. Siguiendo este sincopado compás, los comercios atrancaban sus puertas, los transportes públicos reducían sus frecuencias horarias y las ardientes aceras quedaban desiertas en aquellas horas de mayor virulencia de la canícula. La metrópoli languidecía entre ardores y bruma difuminada.
Nacida en Hilm, un planeta no muy lejano a su morada actual en Urús, Alejandra padecía estos rigores en soledad y con la resignación que empapaban sus ochenta y siete años estándar. El apartamento, domóticamente adaptado a su minusvalía, se encontraba ubicado en un alargado bloque de viviendas del centro. Gozaba, si así podía calificarse, de comodidades que para ella eran irrelevantes. El dispositivo de climatización comúnmente lo desdeñaba, salvo en contadas y asfixiantes ocasiones como último recurso, ya que le afectaba al pecho alojándole un dolor que ni las peores severidades del invierno de su planeta de origen se atrevieron a provocar.
Lo que ella valoraba sobre todo lo demás era un preciado ordenador para invidentes, dotado de consola con relieve táctil, gracias al cual se mantenía viva en contacto con su mundo interior en el que ella se refugiaba tras las infranqueables fronteras de su sordera y ceguera.
Como cada mañana, Alejandra avanzaba con paso lento y medido hasta la basílica cercana a su torre de apartamentos, alimentándose con la evocación una y otra vez, igual que en una cinta sin fin, de sus más tempranos recuerdos. En ellos rememoraba cómo había sido un precioso bebé alumbrado en un hogar castigado por la tenaza de la pobreza. Su madre, sudorosa y agotada, pronto reclamó a la comadrona que la pusiera entre sus brazos, cubierta aún por los retazos sanguinolentos de una placenta que la enfermera se afanaba por retirar y, muy posiblemente, guardar para vender en el mercado negro farmacológico. Sin embargo, no tuvo que pasar mucho tiempo para descubrir todos que el destino había reservado a la niña el estigma de una sordera irreversible. Un encierro bajo la prisión de unos muros sin piedad. Marcada por aquella señal indeleble, unos padres sin recursos económicos y una sociedad feroz que descartaba convivir con la imperfección, su madre se vio avocada al cruel trámite de verse despojada del fruto de meses de gestación y silencioso amor concebido. El bebé fue despachado, cual mercancía defectuosa, con destino a un orfanato reducto de parias. El Imperio, en su defensa a ultranza de la vida humana, condenaba cualquier ataque contra la misma (aborto, eutanasia,…), esquivando a la vez hipócritamente su mirada ante lo que sus súbditos eran capaces de llegar a hacer con una víctima inocente del destino, como aquella recién nacida, en aras de unos dementes cánones de perfección física, más terribles que cualquier enfermedad o pena capital.
Las benditas siervas de Dios, las olvidadas Hermanas de la Caridad, misionaban a lo largo de los planetas de aquel cuadrante, acogiendo entre los altos y húmedos murallones de su hospicio a aquellos infelices expósitos sin culpa alguna salvo el del pecado original. Gracias a los despojos de unos y a la secreta bondad de otros, las almas enclaustradas de aquellos niños y niñas daban sus primeros pasos ajenos al mundo que los había rechazado. Para Alejandra, aislada en su sordo mundo personal, y acentuada su soledad por la mudez derivada ante la imposibilidad de aprender correctamente a hablar, lograr conciliarse con sus íntimos pensamientos fue trascendental. Las pocas caricias que recibió fueron las de alguna monja que la miraba apiadada mientras dormía en su pequeña litera. Terribles migajas de compasión que jamás se tendrían que escatimar a estas víctimas. Los niños, cada vez más conscientes con el transcurrir del tiempo de que eran... diferentes, llegaron a creer que estaban allí purgando un delito para ellos desconocido. En ocasiones, desorientados por todo esto, se comportaban como auténticas fieras los unos con los otros, por lo que su infancia fue una cuestión de supervivencia.
Una educación cultural básica, el aprendizaje de un oficio y una férrea disciplina de oración como alimento de su espíritu, preparó a Alejandra para alcanzar la pubertad y obtener la única oportunidad de huir de allí: servir en la colonización de nuevos planetas. Vivió aquello con expectación, sumisa como una mártir ante el sufrimiento y observando en su partida, desde la altura de la atmósfera que abandonaba, el edén que le había sido negado durante años. El planeta Hilm, gobernado por tan insensible aristocracia, quedaba como una espina clavada en su alma. Un rencor que permanecería aletargado pero latente durante años.
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