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El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford |
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Los western vuelven a la gran pantalla, aunque en esta ocasión con un toque muy especial y protagonizado por Brad Pitt y casey Affleck |
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Cuando aparece en cartel un film de Brad Pitt, el público se divide entre los que aún no han asumido que se trata de un intérprete arriesgado y de gran calidad y los que se consideran su legión de fans. Cuando, además, esa película tampoco ha estado precedida de una explosiva campaña de publicidad y marketing, el público se sorprende aún más.
Si, además, a todo eso le incluyes el hecho de tratarse de un western crepuscular cuya duración alcanza las 2 horas y media, entonces sabes que te encuentras frente a una película que, de un modo u otro, se sale de la media general y rutinaria que predomina en el cine norteamericano (y, por qué no decirlo, mundial).
Este film destaca por varios aspectos, tanto positivos como negativos; pero, ante todo, no deja indiferente. Tal vez contrarrestando el silencio y la sutilidad de la que viene acompañado, “El Asesinato de Jesse James…” sabe que posee una fuerza arrasadora, capaz de extrañar o aburrir, pero también de impactar y hacer pensar sin saber en qué pensar.
Entre los aspectos que más destaca se encuentran la interpretación, la ambientación, la banda sonora y la calidad fotográfica. La interpretación, primer punto importante y vital, es altamente destacable. ¿Por qué? Porque se debe especificar un asunto importante antes de seguir: “El Asesinato de Jesse James…” no es un western al uso. No hay violencia, a pesar de existir disparos. No hay tipos con sombreros montados a caballo vistos desde un punto de vista clásico. Al fin y al cabo, transcurre a finales del s. XIX, en ese punto histórico más caracterizado por la cultura y estética isabelina que por los sucios vaqueros valientes. Además, no hay acción, grandes batallas épicas ni diálogos asombrosos. Se trata, claramente, de un drama psicológico que incluso escapa a la categorización de “drama”; Estamos, pues, ante una película que analiza mentes, vidas, comportamientos, circunstancias. Y es por ello que las interpretaciones de Brad Pitt y Casey Affleck, profundas, directas, enrevesadas pero limpias, duras pero frágiles, son tan necesarias en esta película que se apoya en ellos. En ellos y en un elenco de secundarios que acompaña perfectamente y arropa a estos dos actores, uno ya consagrado – Brad Pitt - y el otro – Casey Affleck - tan solo conocido por sus pequeños papeles en films como la saga “Ocean’s”.
Se trata de una película otoñal. Las interpretaciones son crepusculares, mostrando personajes perdidos, decepcionados, cansados. Jesse James es representado como el mito caído, como la realidad de un personaje ficticio. No se trata de derribar ídolos, si no de mostrar personas, en la mayoría de casos simples y limitadas, incluso idiotas, capaces de reflejar hastío en su mirada. Hasta el personaje más simplista es capaz de regalar, en algún momento de depresión fílmica, unas gotas de profundidad. Pero siempre una profundidad entre brumas.
Y es que en eso destaca, también, esta película. Es una película entre brumas, entre niebla y nubes que ocultan una futura lluvia. Una película donde las balas resuenan secas y realistas, el aire parece estar dispuesto a salir de la pantalla para acariciar los rostros de los espectadores y el frio parece helar realmente a los actores. La niebla humedece, las hojas caen como las palabras cortas pero directas de los personajes y la música, obra maestra en determinados puntos, nos acompaña (y acompaña, sobre todo, a los decadentes personajes que nos muestran sus últimos momentos siempre) despidiéndose de nosotros con melancolía.
Este film peca de largo e inconexo, especialmente la primera hora y media. Las escenas se suceden, como un crisol de personajes y acciones que el espectador no llega a encadenar. Sabes que algo pasa, pero no sabes qué, e incluso rozas el aburrimiento; pero, cuando todo parece que se va a echar a perder, el director lanza el barro, la niebla y la nieve a la cara de los que estamos en la sala y decide mostrarnos, de pleno, la naturaleza del ser humano. La naturaleza de unos seres humanos que, ninguno, llegará al final de la película; ya no tanto por una muerte física (no se trata de una película de masacres ni de sangre, a pesar de que no dudan en mostrarla cuando hace falta y ocultarla cuando es necesario ser elegante), si no por una muerte del alma. Transmite tristeza, melancolía. Es una película sobre suciedad, pero no es sucia. Es una película sobre decadencia, pero no es decadente. Es una película sobre perdedores, sobre personas que han cabalgado durante toda su vida sin saber a donde ir y se encuentran perdidos. Desde los más simplistas y analfabetos bandidos hasta los más elegantes dueños de bancos.
Para lograr esta melancolía, el director se apoya en una genial fotografía, la cual emula en ocasiones a las cámaras de fotos antiguas, ligeramente opacas y difuminadas, y trata de imitar también a la percepción que daban determinadas cámaras, creando imágenes borrosas que resultan plenamente oníricas. Se trata, pues, de una película soñada pero extremadamente real. Como viajar a un país lejano donde las cosas no salen nunca del todo bien, pero donde no sabes hasta que punto es real o no lo que estas viendo.
Igualmente, la dirección de arte, así como el vestuario, están bastante cuidados, sabiendo que deben relegarse a un segundo, pero necesario, plano. Apoyan a los actores y consiguen que sus (muy buenas) interpretaciones estén arropadas por el polvo, el miedo, la amargura y la añoranza. Es una película que desmitifica, pero no rompe las almas de grandes personajes, si no que te explica por qué el ser humano necesita creer en ídolos y por qué esos ídolos son de barro. Y, tal vez al final de la película te das cuenta que, aún siendo de barro, son necesarios.
El director no trata de romper el mito de Jesse James, si no darle más fuerza de un modo punzante pero acogedor: regalándole un cuerpo humano, unos miedos humanos, una ignorancia humana y una tristeza humana. Pese a la larga duración, el cansancio que provoca en ocasiones y la cierta incoherencia en determinadas partes de su metraje, “El Asesinato de Jesse James por el Cobarde Robert Ford” es una película necesaria en esta época del año donde las hojas caen (o al menos deberían caer, si el cambio climático no lo impide) y donde la cartelera se invade de films al uso, no necesariamente malos, pero si excesivamente repetidos.
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