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De muerte y renacimiento
Nura   23/05/2005 Escribir Comentario
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     La herida sangraba, sangraba mucho y veía impotente como se le escapaba la vida entre sus inútiles manos; nada podía hacer, salvo contener las lágrimas, apretar los dientes, olvidar su propio dolor y sostenerle entre sus brazos esperando ...
La herida sangraba, sangraba mucho y veía impotente como se le escapaba la vida entre sus inútiles manos; nada podía hacer, salvo contener las lágrimas, apretar los dientes, olvidar su propio dolor y sostenerle entre sus brazos esperando que el último suspiro escapara de sus agrietados labios. La cabeza se le iba y sentía la nausea subir a la boca, los brazos y las piernas le ardían de dolor y agotamiento, pero aguantaría hasta el final, no le dejaría morir solo y abandonado en aquel campo de muerte y sangre. La cota de malla se le clavaba sin piedad en la piel, lacerando su cuerpo allí dónde el hacha le había golpeado con fuerza y brutalidad; la bestia sin rostro que había empuñado aquel arma atroz yacía no muy lejos de allí medio decapitado por su espada. El corte en la ceja hacía rato que había dejado de sangrar, dejándole la mejilla izquierda pegajosa de sangre.

- Hermano... – mustió él sin fuerzas entre sus brazos – hermano, ¿estás ahí, hermano?
- Aquí estoy, aguanta, no hables, conserva tus fuerzas, pronto vendrán y te llevaremos a que te curen las heridas y te sentirás mejor... te sentirás mejor – trató de confortarle con palabras amables, suaves, esperanzadoras, pero en su corazón no había más que desesperanza y dolor.
- Mientes muy mal, hermano... – un sonrisa cansada afloró a sus labios y sus hermosos ojos grises volvieron a abrirse – Ya apenas te veo, pero no te vayas aun, quédate conmigo... hasta el final.
- Éste no es tú final, sólo necesitas descansar un poco y que te curen – trató parecer seguro, de no mirar la terrible herida por la que parecían manar ríos de color rubí.
- Antes me dolía mucho, ahora no siento nada, ya no fal... ta... – un violento acceso de tos llevó borbotones de sangre a su boca. Él le estrechó más fuerte entre sus brazos, no quería llorar, pero ya las lágrimas ardían en sus ojos verde musgo.
- Shsss, calla, yo cuidaré de ti, sí, yo cuidaré de ti.

Y su hermano ya no dijo nada, la respiración se volvió cada vez más entrecortada, cada bocanada de aire le suponía un esfuerzo mayor y los estertores al exhalar y al inspirar le hablaban de unos pulmones encharcados, se iba a ahogar en su propia sangre. Se mordió el labio y miró al cielo, que se había ido despejando del humo de las hogueras, el polvo y la sangre, donde el sol comenzaba a caer en el ocaso. ¿Por qué?, se preguntó una y otra vez, ¿por qué tenía que ser así?, ¿por qué los dioses no se lo llevaban a él? Pero no halló respuesta alguna a sus mudas preguntas. Y sintió que el cuerpo de su hermano se aflojaba entre sus brazos, que un último estertor escapaba de sus labios medio sonrientes; los ojos vidriosos se prendieron en una mirada infinita y él, con el corazón vacío salvo de dolor, se los cerró y le besó en la frente. El dique de sus lágrimas se rompió y corrieron inagotables por sus mejillas. Mas no se movió, se quedó allí, con el cuerpo inerte de su hermano entre los brazos, abrazándolo con fuerza, ahogando sus gritos de agonía contra su pecho herido.

Y así le encontraron durante la noche, desmayado sobre su hermano muerto, la pierna derecha rota, el hombro izquierdo dislocado, tantos golpes y cortes que parecía un milagro que ninguno hubiese sido mortal, como milagro parecía que hubiese aguantado el dolor terrible de su cuerpo castigado hasta que la inconsciencia le hizo caer en el olvido.
Los hombres lo levantaron con suavidad y lo tumbaron en unas parihuelas, pero cuando él sintió que lo movían y lo alejaban de su hermano, se despertó y trató de levantarse, pese al dolor de todas sus heridas.

- ¡No!, ¡no! ¡No me alejéis de él! ¡No le abandonéis a los cuervos y los buitres! – alargó la mano hacia su hermano, pues los hombres le sostenían fuerte pero con suavidad de los hombros para que no se moviera.
- Calmaos, mi señor, otros vendrán a por el cuerpo de vuestro hermano. Ya nada podéis hacer por él, deberíais preocuparos de vuestras heridas, han de ser atendidas cuanto antes.
- No me moveré de este lugar hasta que vea como se llevan a mi hermano – dijo testarudo – Le hice una promesa, que me quedaría con él hasta el final. Si es necesario, me tiraré al suelo y me agarraré con fuerza a su cuerpo.
El hombre lo miró con compasión y asintió mirando a sus compañeros.
- Haremos como decís, Alteza.
- Gracias.

Y esperaron, minutos, horas, a él eso ya no le importaba, hasta que otro grupo de hombres vino y cargó con honores el cuerpo de su hermano. Y uno junto al otro fueron llevados al interior de la Ciudadela, donde sus caminos se separaron; a él lo llevaban a las Salas de la Sanación y a su hermano a la Casa del Descanso Eterno, el único lugar en el que podría visitarlo de ahora en adelante.

Los sanadores quisieron atenderlo nada más verle, pero él negó con la cabeza.

- Terminad primero con los que llegaron antes que yo y revisten más gravedad. Podré aguantar el dolor físico tanto como sea necesario – dijo a los sanadores. “Pues el dolor de mi alma es mil veces peor que el de mis heridas, y ese nada lo puede calmar”, pensó.
Los sanadores asintieron y volvieron a sus afanes, pues eran muchos los heridos que gemían o estaban a las puertas de la muerte entre aquellos muros. Una muchacha de no más de doce primaveras, con el rostro perlado de sudor y el delantal manchado de sangre ajena se le acercó con una copa en la manos.
- Bebed, mi señor, esto os relajará la mente y el cuerpo y os ayudará a dormir.
Asintió y dejó que ella le diera de beber, pues temía que sus últimas fuerzas le fallasen. La pócima no tardó en hacer efecto y pronto todo lo que le rodeaba se volvió una mezcla confusa de ruidos e imágenes sin sentido, hasta que los ojos se le cerraron y su mente dio paso al olvido del sueño. Lo último que llegó a sus oídos fue un “que durmáis bien, mi príncipe”, y le pareció que era su madre quien se lo decía, pero eso era imposible, pues al igual que su padre y, ahora también su hermano, estaba muerta.

Aquella noche soñó con su familia, algunos sueños eran fragmentos del pasado; como el día que su hermano se cayó de un árbol del jardín, o estaban los cinco juntos, sus padres, su hermano, su hermana melliza y él. Pero luego todos se iban para no volver jamás; su padre se fue a una guerra y no volvió, su madre se hundió en el dolor, subió a las murallas más altas de la Ciudadela y no volvió, su hermana melliza se escapó de casa, haciéndole que se sintiera incompleto de algún modo, y no volvió, y su hermano tampoco volvería ya. Soñó que estaba sentado en el trono de la Ciudadela, y aunque le rodeaba todo su pueblo, se sentía solo y perdido en la inmensidad de aquella sala. Y se preguntaba una y otra vez ¿por qué los dioses le habían arrebatado todo lo que amaba? Fue al borde de la conciencia, en ese momento entre el sueño y la vigilia que una voz conocida y desconocida, amable y cruel, suave y dura, cálida y fría, posible e imposible le respondió:

- Porque sólo a través de la pérdida más dolorosa encontraras el camino que buscas y el destino que te aguarda. Ve más allá del lecho del sol.

Cuando despertó era ya de día y aquellas palabras aun resonaban en su mente, pero pronto pasaron a segundo plano, pues el dolor de su cuerpo trajo a su memoria la batalla y la perdida irreparable. Se incorporó sobre un blando lecho y al mirar en torno a sí se dio cuenta de que estaba en sus aposentos, al parecer alguien lo había llevado allí durante la noche. Sentía el hombro izquierdo dolorido y descubrió que lo tenía vendado, también la pierna estaba vendada y entablillada y todas sus heridas habían sido restañadas. Sin embargo, pese a haber dormido, se sentía cansado y mareado y no tenía fuerzas para levantarse de la cama. Se dejó caer sobre la almohada desganado, rememorando los sueños, llorando por todo lo que había perdido, llorando por su amado hermano, llorando porque estaba solo.


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