Abrió los ojos cuando oyó el chirrido de los frenos, se encontraba en un vagón del primer tren de la mañana. Como cada mañana había aprovechado para echar un sueñecito en la media hora larga que duraba el trayecto desde su casa hasta el centro.
- El tren de las cinco y diez - se dijo - El tren de los solitarios, y de los parias como tu - volvió a pensar.
Se estiró levemente, no le gustaba nada llamar la atención y la verdad lo conseguía. El traje gris era de lo mas común, la camisa azulada como cualquier otra camisa y la corbata discreta. Una de sus manos reposaba sobre una incipiente barriga, producto de las comidas en el bar al mediodía y la otra sostenía, aun en pleno sueño, un maletín de piel lleno de papelotes.
El tren se paró traqueteando en la vieja estación subterránea, se levantó para salir y de pronto los vio. Eran dos hombres idénticamente anodinos, como dos clones que acabasen de salir de la novela de Orwell. Habían estado sentados frente a él y ahora se encontraban a su lado, flanqueándole.
Nada podría decirse de su aspecto, se necesitaba un buen rato de observación para darse cuenta de que estaban allí, parecían confundirse con el entorno, difuminarse con la sordidez de la estación.
El hombre avanzó por el túnel en dirección a la salida, de pronto sintió que algo se salía de lo normal. El largo corredor levemente iluminado se iba transformando en un altísimo pasillo de techo abovedado. El lugar no le resultaba desconocido, había visitado ese pasillo en sueños muchas veces a lo largo de los años, ese largo corredor con un dintel al fondo cubierto por una negra cortina que brillaba bajo una extraña luz.
El hombre se dijo que estaba soñando otra vez, se repitió que se había dormido en el tren y que eso era un sueño. Azuzó el oído intentando captar el traqueteo de las ruedas pero no lo consiguió.
Dio un par de pasos por el corredor, el suelo estaba cubierto por unas curiosas baldosas, todas ellas tenían ocho lados, aunque encajaban las unas con las otras a la perfección y estaban hechas de un extraño material brillante. Miró al suelo y pudo verse reflejado en ellas. La cara redonda, las bolsas debajo de los ojos, la incipiente calvicie. Las diminutas gafas de leer colgando de la punta de su nariz.
Se miró los pies y comprobó con estupor que estaba descalzo y al momento se dio cuenta de que vestía una especie de bata de hospital, una de esas batas abiertas por detrás. Deseó con todas sus fuerzas que además de eso llevase también algo de ropa interior. Se sentía ridículo mientras avanzaba por el interminable pasillo.
Ahora estaba casi seguro de que estaba soñando, aquello no podía ser verdad. Se pellizcó en el brazo y le dolió, aun incrédulo por lo extraño de las circunstancias.
Se paró un momento y miró a su alrededor, pudo ver que a su lado seguía teniendo a esos hombres. Pero ya no eran como antes, sus ropas de trabajo azules habían sido cambiadas por unos ajustados trajes de una tela desconocida que parecía amoldarse a su cuerpo como un guante. Sus facciones, antes anodinas, se habían vuelto extrañamente hermosas, aunque no podía fijar por que razón se lo parecían.
- Vamos, adelante – oyó que le decían, aunque tampoco estaba seguro de si lo había oído en realidad o solo lo había sentido en su cabeza.
Se sentía desconcertado, perdido, pero recordó que cada vez que soñaba aquello se despertaba al llegar a la puerta, nunca podía atravesar ese negro cortinaje que la cubría.
- Bueno, soñemos pues – se dijo, avanzando un poco más hacia el interior del pasillo.
Sus pies descalzos no hacían ningún ruido al caminar, parecía que casi no rozaban el suelo. Avanzó decidido unos metros que le parecieron enormemente largos. La puerta del fondo era como una especie de motita en el horizonte. Un punto negro brillante que no parecía acercarse por mucho que él avanzase.
De pronto todo cambió, sintió como su entorno se movía, aunque sus pies seguían caminando al mismo ritmo que antes. El suelo y las paredes parecían haber acelerado. Dejó de andar, pero siguió avanzando. Parecía que era el corredor el que se movía. El suelo se deslizaba ante sus pies a toda velocidad.
Sintió un vahído y cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos todo se había parado. Ahora el corredor era diferente, seguía siendo un túnel de unos 5 o 6 m de altura con un arco de medio punto en su parte superior, pero ahora estaba flanqueado por una hilera de enormes ventanas.
Se acercó a una de ellas y vio su ciudad, su barrio, bajo la luz del sol del amanecer. Intentó abrirla y salir por ella, pero parecía formar parte de la pared, el cristal estaba sellado, no había forma de atravesarlo.
Las siguientes ventanas le mostraron varios paisajes conocidos, un prado de mañana con las flores abriéndose, una playa al mediodía de un día de verano, una tarde en el muelle con el sol poniéndose sobre el mar… las dos ultimas mostraban un cielo estrellado, sin luna, una con la negrura de la noche sobre los tejados de la ciudad y la otra con millones de estrellas iluminando un paisaje rocoso de montaña.
- Un par de pasos más y estaré en la puerta – se dijo el hombre – y entonces me despertaré.
Pero no fue así, la puerta no retrocedió cuando él avanzó, ni tampoco desapareció para encontrarse en su cama o en otro lugar más o menos cotidiano. Deseó por un momento despertar, aunque fuera en su mesa del despacho bajo los gritos del jefe, pero nada de esto ocurrió.
Había llegado frente a la puerta y entonces pudo constatar que el cortinaje que la cubría no era de tela como había creído él, si no que estaba hecho de luz, una delgada lamina de luz negra que parecía reverberar y ondularse bajo una imaginaria corriente de aire. La tocó con un dedo, cauteloso, el dedo pareció atravesar limpiamente la negra superficie.
- No tengas miedo – oyó que le decían – es solo un portal de luz, no te pasará nada si lo atraviesas.
El hombre dudó en atravesarlo, no tenia muy claro si deseaba saber lo que se encontraba en el otro lado. Uno de los hombres pasó por él y le tendió una mano para que lo siguiese, se veía extraño, con medio cuerpo saliendo del remolino de la luz negra. El hombre avanzó un paso y entró.
Allí dentro se estaba a oscuras, pero no sentía miedo, por el contrario una sensación de seguridad se iba instalando en su ánimo.
El tiempo pasaba y nada cambiaba, el hombre se aventuró a dar un paso más hacia el otro lado.
Una luz intensa le cegó. Ésta parecía llegar de muy alto e iluminaba completamente una extraña sala de planta redonda.
Se trataba de un lugar enorme, con el techo a unos veinte o treinta metros en forma de cúpula de cristal. Por él entraba una luz intensa, mucho más fuerte que la del sol.
En las paredes de esa sala había varias puertas como la que acababa de atravesar. Solo que, desde ese lado, la cortina de luz no era negra sino plateada y refulgía con todos los colores del arco iris.
En el centro de esa habitación se encontraba un escritorio de esos antiguos, uno de esos escritorios que usaban los copistas medievales para escribir y copiar sus libros.
Frente a él había un par de sillones y una mesita baja. Y sentado en uno de ellos se encontraba un hombrecillo.
Comparando su altura con la del hombre que acababa de entrar se podría decir que ese hombre era un enano, pero no tenía ninguna de las características que pudiera hacer suponer que pertenecía a esta raza.
No era paticorto, ni tenia el cuerpo robusto y una cabeza desmesurada, no llevaba barba ni tan solo tenía una gran tripa redonda.
Era como un humano normal, solo que más pequeño.
Debía medir más o menos un metro de altura, cosa que habría hecho que pareciese un niño a los ojos del hombre, pero su mirada y sus facciones decían todo lo contrario.
No era viejo, nada en él lo denotaba, su frente no estaba surcada de arrugas, sus manos no tenían los nudillos salientes y se arqueaban por la artritis, alrededor de sus ojos no había más que unas cuantas arruguitas producto de sonreír con frecuencia.
Se diría que era un adolescente, pero cuando el hombre lo miro a los ojos descubrió que era viejo, muy viejo y que además tenía un extraño e inquietante poder.
Que hombre tan extraño - pensó – parece un… - se dijo buceando en los entresijos de la memoria, buscando un nombre que no encontraba – parece un hobbit – murmuró
El hombrecillo se levantó de un salto cuando el hombre se le acercó y le saludo ceremoniosamente con una reverencia.
- En realidad no soy eso que decís – dijo como saludo – como veis no tengo pelos en los pies.
Y mostró unas altísimas botas de piel suave, de un color azul intenso, tan altas que le llegaban por encima de las rodillas y adornadas en la vuelta con una complicada filigrana de espirales y círculos.
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