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Relato: Canción de Hielo y Fuego (Cap. II) |
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Segundo capítulo de este relato ambientado en el universo de Canción de Hielo y Fuego |
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(Podéis también leer antes el Primer capítulo.)
- Venga, flexiona las rodillas- exclamó Benjen Stark, incapaz de contener la risa.
- Cierra la boca- gruñó Qhorin. Tenía la frente sudorosa, y se sentía un completo estúpido. Llevaba nada más y nada menos que una rama de roble en la mano izquierda, y divertía a su compañero con ataques casi inocentes. Qhorin pensó que le sería más fácil manejarse con la mano izquierda, pero descubrió que se sentía tan torpe que apenas podía dar una estocada decente. Benjen giró sobre sí mismo y le asestó un golpe en el costado.
Inmediatamente, sin darle tiempo a recuperar la posición, Qhorin se lanzó contra él salvajemente, derribándolo. Le puso una rodilla en el cuello y se apoyó sobre su espalda.
- Eso no vale- musitó el Stark, con la boca llena de una mezcla de tierra y nieve bastante asquerosa.
- Jódete, Stark- fue la única respuesta de Qhorin, que escupió al suelo y se marchó lanzando el palo al suelo con furia. Benjen se lavó la cara y maldijo.
- ¿Quién te ha metido un palo en el culo?- sonrió Donal Noye, levantando la cabeza de la forja apenas un segundo. Qhorin se sentó en silencio y estiró las piernas. No tendría que volver a hacer ejercicios con el maestre Aemon hasta dentro de unas horas, así que tenía toda la tarde libre. Aunque se sentía un poco por debajo de los demás haciendo el vago de aquella forma, al diablo con los hermanos, él llevaba recorriendo las tierras más allá del Muro desde los dieciséis años.
- ¿Vas a seguir cabreado hasta que te vuelvan a crecer los dedos?- dijo el herrero. Su tono era de lo más serio, y miraba casi con desprecio a Qhorin- Yo perdí la mano. Completa, no como tú- le mostró el muñón, bastante reciente-, y no me quejo. Me molesta mucho que te pases el día mirando al cielo, como esperando un milagro. Espero que no se te haya ocurrido empezar a rezar, ¿eh?- casi logró arrancarle una sonrisa a Qhorin, que miraba ensimismado las ascuas.
- ¿Qué estás forjando?- inquirió, intentando cambiar de tercio.
- Le estoy arreglando la espada a Mance, voy a hacerle un par de canales para que sea más ligera. De hecho, tengo que refundirla prácticamente entera- miró la hoja de acero que se hallaba sobre el fuego-. ¿Qué tal llevas la mano?
- La llevo- Qhorin alzó la mano, moviendo el índice y el pulgar con tanta soltura como cualquiera. Casi podía ver la sombra de los tres dedos amputados. La costra había sido sustituida por unas marcas rosadas en cada nudillo- Aemon me está enseñando a escribir con la izquierda para ir acostumbrándome.
- ¿Y para la espada?
- Benjen intenta ayudarme, pero soy incapaz- se lamentó, bajando la mira y rascándose la cabeza.
- Oh, incapaz, claro. Eso lo dice el mismo que decía que no sabía reconocer sus propias huellas en la nieve, y ahora resulta que es explorador- chasqueó la lengua y dio un manotazo al aire. Noye llevaba apenas seis meses en la Guardia, pero era un buen hombre y todo el mundo lo apreciaba.
- Estoy intentándolo, ¿vale?
- Ya, aquí sentado seguro que aprendes mucho.
- Cállate de una vez, por todo lo sagrado. Necesito pensar un poco- replicó. Donal Noye hizo caso omiso y siguió dándole al fuelle.
- Vamos a ir a Villa Topo- susurró Mance Rayder mientras paseaba por lo alto del Muro. Qhorin llevaba casi dos semanas vigilando una porción de Muro durante toda la noche. Allí arriba, prácticamente en el fin del mundo, se sentía relativamente en paz, escuchando solamente el susurro del viento mágico que venía del norte.
- Venga, que no se van a asustar porque te falten un par de dedos, hombre. Con que tengas lo que importa…- dijo Mance, sonriendo abiertamente.
- Tengo que vigilar.
- Sí, no vaya a ser que esta noche pase algo, para variar. Que te den, mediamano.
- ¿Qué has dicho?- gruñó Qhorin, cogiéndole violentamente por la camisa negra descolorida.
- Mediamano. Así es como te llamamos ahora- Mance debía considerarlo muy gracioso, y se liberó con ligereza.
- Qué ingeniosos...
- Sí, creo que escribiré una balada sobre Qhorin Mediamano y cómo perdió los dedos- Mance Rayder palmeó la espalda de su compañero con energía y descendió del Muro para reunirse con otros tres hermanos. Qhorin les lanzó una mirada despectiva y fijó la vista en la extensión de nieve y tocones talados que se extendía hasta una borrosa línea de bruma fantasmagórica. Qhorin se arrebujó en el cálido manto con cuello de piel, regalo de Rickard Stark, y siguió caminando mientras una nieve suave caía sobre sus hombros.
- ¡Eh, tullido!- exclamó Ser Alliser Thorne, con su inconfundible deje despectivo en la voz- Este campo es para entrenarse, no para jugar, lárgate- ante la insistencia de Qhorin, que seguía luchando contra un pelele, el maestro de armas bufó y pataleó.- Tú, Carapicada, dale una lección- un chico joven, alto y fuerte como una montaña, pelirrojo y con la cara marcada de viruela se adelantó y desenvainó una espada embotada. Qhorin alzó la suya. El peso hacía que temblase un poco, pero sus ejercicios con la mano izquierda habían dado su resultado. Comparado con la semana anterior, cuando le daban calambres sin intentaba blandirla durante un par de minutos, había avanzado mucho. A pesar de todo, seguía creyendo que abusaba demasiado. Conocía de vista a Dizcke, el gigante pelirrojo, y había observado que sus tremendos golpes podían tirar al suelo a casi todos sus compañeros de entrenamiento, pero era algo lento. El primer quite hizo que Qhorin temblase de pies a cabeza. Luego, se desató una lluvia de chispas de choque entre aceros, y el baile comenzó.
- ¡Más rápido, Carapicada!- exhortó Thorne de mala manera. El chico, que no debía tener más de diecisiete años, se esforzó y la frente se le perló de sudor. Qhorin, sin embargo, había luchado con mayor intensidad muchas veces, y su experiencia le daba una tremenda ventaja, pero la perdía por culpa de la flaqueza de su brazo.
Tras una larga serie de envites, se cansó de bloquear y pasó al ataque, fintando y cambiando de posición constantemente. Cuando escuchó los jadeos entrecortados de su oponente vio su oportunidad. Le golpeó en las rodillas con el pie, haciendo que hincase una en tierra, y luego, girando sobre sí mismo, le obligó a encajar un fuerte golpe en el pecho que lo tumbó definitivamente.
- Has luchado bien, Dizcke- le dijo, y lo ayudó a levantarse. A pesar de todo, Qhorin era un explorador, no podía compararse con un simple recluta. Con satisfacción, vio como Ser Alliser Thorne se sonrojaba y bullía por dentro. Odiaba a ese pomposo estúpido con todas sus fuerzas, recordaba bien lo mal que trataba a sus alumnos, pero quizás esa fuera la clave para que sobreviviesen en aquel lugar inhóspito, frío y desierto.
Durante la cena, que consistió en un excelente guiso de ternera, pimientos rellenos y cebollas asadas, Qhorin charló más animadamente que de costumbre con sus antiguos compañeros exploradores. El hecho de haber derrotado a Dizcke le había levantado la moral, si bien invitó al joven a una jarra de cerveza extra y brindó con él a modo de disculpas. Al fin y al cabo, iba a llevar un verdugón atravesándole el pecho durante unos cuantos días.
- ¿Qué, tullido, estás orgulloso de haber derrotado a un niñato del Rejo?- le espetó Thorne cuando lo escuchó comentando el desarrollo del combate con Benjen Stark. Este le agarró un brazo, intentando que se contuviese. Sabía de sobras que Qhorin no aguantaba las tonterías, por mucho que fuesen de un oficial. Sin embargo, él se limitó a mirar al maestro de armas, esperando.
- ¿Crees que por ganar a un novato vas a recuperar tu puesto? Si te hubiese puesto a luchar con Jaremy Rikker seguro que hubieses acabado sangrando en el suelo- rió Thorne, apurando su cuerno de cerveza.
- Rikker está fuera, pero si quieres puedo probar contigo, a ver quien acaba sangrando- replicó Qhorin, tragándose un dulce de canela recubierto de una extraña confitura de vino, una delicia que Yoren había conseguido en Desembarco del Rey.
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