Un trueno quebró el silencio de súbito, derramando al tiempo un relámpago sobre las colinas. El mar, embravecido por la tormenta, era una masa de espuma agitada que chocaba rítmicamente contra los riscos. Sobre ellos, un faro antiguo se levantaba elegantemente, un firme vigilante contra la tempestad que no arreciaba. No tendría más de diez metros de alto, pero era sin embargo una construcción imponente, antigua, de sólidos bloques de piedra blanca que parecían haber sido esculpidos por manos gigantescas. En la cúspide, una gran cúpula contenía la gran bombilla que iluminaba la soledad de los marineros durante las noches frías y oscuras. Precisamente un antiguo marinero era el único ocupante del faro. Era hombre huraño, un viejo lobo de mar de barba poblada y pelo largo y gris, con las facciones ajadas por el tiempo y la mar, silencioso y apacible.
Vivía en el faro, confinado en las habitaciones de la planta inferior, donde era dueño y señor de todo. Todas las noches encendía la luz, y la apagaba al amanecer, siguiendo una espartana rutina. Durante el día, paseaba por las playas de arena oscura que había bajo los acantilados, que resultaban bonitas y tranquilas durante la bajamar. Entonces, el hombre se mojaba los pies en el agua e iba a un pequeño caladero con una sencilla caña, su pipa, un libro de páginas raídas que olía a viejo y el silencio por compañía. Cuando el calor apretaba, se tumbaba sobre el lecho rocoso con la gorra sobre los ojos y se dormía, dejando el cebo de la caña a aquel pez que consiguiese cobrarse la pieza sin engancharse.
- ¡Hola!- exclamó una voz juvenil - yo también tengo una caña.- El viejo abrió los ojos y quedó cegado unos momentos por la intensa y molesta luz de mediodía. Para su sorpresa, se encontró con un niño, un chaval de apenas ocho o diez años, de pelo negro y desordenado, piel blanca y sonrisa abierta. El viejo no dijo nada, se limitó a ver qué hacía el chiquillo. Su sonrisa permaneció invariable, se sentó junto a él y abrió una caja decorada con motivos infantiles, llena de cebos, anzuelos, sedal... El pobre chaval se afanaba en coger una pequeña lombriz con escaso éxito, consiguiendo como mucho que se le resbalase entre los dedos. El experimentado pescador esbozó una sonrisa; demasiado bien recordaba lo difícil que le había resultado a menudo conseguir colocar bien el cebo. Miró la escuálida caña de su nuevo compañero de pesca. Liberó la suya del montón de piedras que la mantenían erguida y la colocó donde el niño, que miró al viejo con la boca abierta, sorprendido. Le indicó que recogiese el sedal, cosa que hizo con una destreza impropia para su edad. Luego, el viejo agarró con manos expertas una de las pequeñas cabezas de pescado que tenía en un cubo y la enganchó al anzuelo.
- Sostenla con fuerza e inclínala hacia atrás- El joven obedeció, mirando cautelosamente hacia su espalda para que no se le trabase el anzuelo.- Ahora, muévela hacia delante con todas tus fuerzas, pero que no se te escape.- El sedal siseó, volando sobre el agua hasta caer con un chapoteo. El chico miraba absorto la boya, que oscilaba a un lado y a otro, a lo lejos.
Así pasó un largo rato durante el cual la vista del niño no se aparto del mar, mientras que el viejo miraba el cielo, ensimismado.
- ¿Tú cómo te llamas?- dijo el niño con desparpajo.
- Marinero, me llamo Marinero- el hombre lanzó una carcajada socarrona.
- ¿Y qué clase de nombre es ése? Mi padre dice que la gente con nombres raros siempre acaba saliendo en los periódicos.
- Vaya, tu padre debe ser muy listo- el curtido Marinero soltó una carcajada- No se lo digas a nadie, pero en realidad me llamo Hugh.
- Jo... seguro que sales en los periódicos.- De súbito, la boya se hundió pesadamente en el agua. El niño se abalanzó sobre la caña con sorprendentes reflejos, y tironeó ferozmente. El extremo empezó a curvarse peligrosamente, y temió que se partiese. El rostro del joven reflejaba un terrible esfuerzo, y las manos le temblaban sólidamente asidas a la parte más baja de la caña.
- Trae acá, este pez parece bastante testarudo.- Con gran cuidado, el chiquillo le alcanzó la caña, intentando que no se le escurriese, y luego se froto las manos enrojecidas por el esfuerzo, poniendo una mueca. En verdad la captura iba a resultar difícil. Incluso con la pericia que le otorgaban los años, el viejo tuvo dificultades para lograr sacar al pescado del agua. Era un mero de buen tamaño, quizás de ocho kilos. Todavía se agitaba en el aire con el anzuelo clavado en la boca. Una vez estuvo bien sujeto contra la roca por las manos férreas del pescador, éste le cercenó la cabeza desde las agallas con un cuchillo y la lanzó al agua.
- Toma, esto te corresponde por derecho, pequeño pescador- el viejo le revolvió el pelo al chico y le entregó la generosa mitad de la captura. El niño, con los ojos como platos, observó la carne oscura y la tocó con curiosidad, apartando el dedo de inmediato.
- ¡Eh, Phillip, ven aquí!- gritó un hombre desde la playa.
- Es mi padre- comunicó el susodicho Phillip-, viene a buscarme.- El viejo asintió mientras limpiaba las escamas del mero con hábiles golpes de cuchillo.
- Mira, papá, este es el señor Hugh Marinero. Me ha ayudado a pescar esto- el chico mostró su recompensa con orgullo. Su padre debía sobrepasar la treintena ampliamente. Era más bien bajo, espigado pero de manos que parecían fuertes. Su pelo negro y bien cortado mostraba pequeñas vetas blancas en partes aisladas. Sus ojos, pequeños y oscuros, se ocultaban detrás de unas gafas gruesas y escrutaban constantemente lo que hubiera a su alrededor. No parecía muy contento de ver a su hijo con un desconocido.
- Soy Howard McLand. Disculpe a mi hijo, espero que no le haya importunado mucho.- Su voz reflejaba un tono serio y formal, y el viejo apostó a que era un ejecutivo rico que venía a las afueras de la ciudad a pasar los fines de semana en su casa prefabricada cerca de las playas turísticas.
- Para nada. Pescar en compañía es más divertido. Seguro que su hijo será un buen pescador cuando crezca.- El viejo le guiñó un ojo al chico. Su padre le indicó que fuese a buscar a su madre, una mujer pelirroja que paseaba por el otro extremo de la playa. El niño empezó a correr y a gritar, agitando el trozo de mero en el aire.
- No se acerque a mi hijo, viejo- por un momento, las miradas del padre y el marinero se cruzaron. Maldito niñato de ciudad, pensó el hombre mayor, que apretó los puños. El otro se ajustó las gafas con el dedo y se marchó dando media vuelta. Sin darle más vueltas, Hugh emprendió el ascenso hasta el faro.
Después de quitarle las espinas, limpiarlo y trocearlo, guardó el mero en una pequeña nevera. Disfrutó de una frugal cena a base de carne adobada, y tras limpiar los platos y las sartenes salió al exterior. El anochecer todavía estaba a un par de horas de distancia, así que Hugh escogió uno de los libros que atesoraba en su casa, un ejemplar que había traído de la India, de páginas raídas y carcomidas que aún conservaban un embriagador aroma a especias. Se perdió en un onírico relato mitológico, entre Brahma, Ganesha, Shiva y muchos nombres que recordaba oír en boca de aquellos iluminados sacerdotes hindúes, vestidos de rojo y blanco, que se bañaban en el Ganges.
A pesar de que habían disfrutado de una jornada soleada, las nubes se arremolinaban en el cielo, ocultando la luna. La luz intermitente del faro iluminaba de cuando en cuando la oscuridad, así que el viejo se sentó en un banco de piedra casi al borde del acantilado, disfrutando del viento que le traía el aroma del mar. Las gotas diminutas de agua le humedecían apenas la piel, y una sonrisa fresca le cruzaba el rostro. Le dio un trago a su botella de whisky y empezó a recordar los nombres de sus compañeros a bordo de "Ballena blanca" en sus viajes por Asia y Sudamérica. El galeón reformado era un enorme pesquero de madera antigua, velas reparadas una y mil veces, un gran arpón para ballenas en la proa, en desuso, y un buen montón de marineros curtidos. Su capitán, William, era un hombre de mediana edad, de gesto adusto y muy estricto, pero de cualquier forma todos los llamaban Acab. Billie Cuatrodedos, Tony el Chico, Gilberto…los nombres y las caras, extrañamente nítidas, acudían a la mente de Hugh provocándole ansias de viajes, de aventuras y, sobre todo, de no saber que depararía el nuevo día, si una tempestad que les haría temblar o una larga lucha con las cañas y los atunes.
En cambio, tenía su faro, su banco de piedra y su botella de whisky.
Pasaron días tan monótonos de costumbre, repartidos entre la lectura, la pesca y la soledad. Sin embargo, la despensa se Hugh se había vaciado con mayor rapidez que de costumbre, y había perdido demasiados anzuelos durante aquella temporada, así que el marinero decidió ir al pueblo, y de paso vender en el mercado algunos de sus trastos acumulados con el tiempo; una brújula comprada en México y una daga antigua, con engastes opulentos y hoja curvada de cobre, procedente de una isla cerca de Nueva Zelanda.
La ciudad era pequeña, habitada por apenas medio millar de personas. No era ninguna maravilla arquitectónica, sus edificios eran muy similares, con cierta antigüedad bastante irrelevante. Casi todo el mundo iba a pie, y era raro ver coches por las calles, pero las bicicletas y las motos abundaban. Incluso, los más jóvenes se atrevían con aquellas infames tablas con ruedas, Hugh ni siquiera sabía cómo demonios las llamaban. Aunque pocos conocían al marinero, éste saludó a viejos amigos. Había nacido allí hacía más de cincuenta primaveras, y todavía recordaba con estremecedora claridad el día en que se había embarcado, su madre llorando desconsolada y la mirada orgullosa que le dirigía su padre.
- Pero si es el lobo de mar…- dijo el dependiente de un anticuario, un hombre gordo, moreno y barbudo. Pietro di Moscanti era un usurero estafador y hedonista, pero Hugh le tenía bastante aprecio. Era un misterio cómo se había establecido en aquella ciudad tan poco dada a los personajes peculiares, y su negocio parecía marchar siempre viento en popa. Hugh esbozó una sonrisa amistosa.
- Encontré esto por ahí- le mostró los objetos, envueltos en un paño gris de suciedad.
- Vaya... es interesante…- Pietro sacó su lupa y le indicó que se marchase, necesitaba concentración.
La calle bullía de actividad, repleta de amas de casa con bolsas de cartón que iban de acá para allá haciendo la compra y ancianos vestidos de traje que iban al parque a jugar a las cartas o al ajedrez.
- ¡Eh, señor Marinero!- gritó una voz a espaldas de Hugh. Con una media sonrisa, se dio la vuelta y se encontró con Phillip, que iba firmemente agarrado a la mano de su madre.
- Hola- la mujer saludó con una sonrisa. Hugo se quitó la gorra educadamente y se pasó una mano por el pelo, atusándoselo con todo el disimulo que pudo. Mantuvo una conversación banal pero agradable con ella bajo la atenta mirada de Phillip.
El verano pasó con rapidez, y Hugh disfrutó de la cándida compañía del chico casi a diario. Le resultaba agradable la compañía de aquel niño, tan inocente y lleno de energía. Al final consiguió convertir al crío en un más que decente pescador. Si bien su madre parecía estar encantada, el padre de Phillip se mostraba reacio, pero no había hecho nada desde el primer incidente en la playa. Hugh, simplemente, se dedicó a transmitirle al niño tan bien como pudo todos esos trucos esas técnicas que la experiencia le había brindado.
- ¿Y a dónde vamos?- inquirió Phillip con ilusión.
- A una pequeña cala, un poco más lejos que de costumbre.- No era la primera vez que llevaba al chico en una pequeña barca a motor, pero aquella vez Hugh se decidió a ir más lejos que de costumbre. Había visitado aquel lugar, casi escondido entre los salientes rocosos azotados por las olas, numerosas veces, y siempre se sorprendía de la gran cantidad de capturas que podían obtenerse en ese lugar.
Una vez consiguieron amarrar firmemente el bote tardaron un buen rato en serpentear entre las rocas afiladas para llegar hasta un lugar muy apropiado para la pesca. Desde allí no se veía nada más que el horizonte azul, infinito, al frente.
Tras disponer las herramientas, se recostaron sobre la piedra y esperaron. No tardaron en conseguir sacar varios peces del agua, y Phillip gritaba emocionado cada vez que observaba el más leve chapoteo en la superficie del agua, sorprendentemente quieta.
- ¿No has oído eso?- dijo el chico. Hugh lo miró, extrañado. De repente, Phillip se había dado la vuelta y descendía de nuevo hacia la barca.- Es como un eco de esos…- aseguró. Hugh fue en pos del niño, pensando que sería alguna tontería. Sin embargo, al cabo de unos segundos si que le pareció escuchar algo. No sabría decir el qué, pero percibía un sonido extraño, apenas una leve vibración, que procedía de tierra adentro. Phillip estaba visiblemente agitado, y su respiración se aceleraba por momentos. Ambos se sobresaltaron cuando unas burbujas perturbaron la quietud de las aguas justo en el lugar donde ambos se encontraron. Cuando cruzaron una mirada, Hugh intentó ocultar el escalofrío que le recorría suavemente la espalda. Con una curiosidad irrefrenable, y a pesar de las advertencias de Hugh, Phillip se adentró en una pequeña oquedad en la roca, a través de apenas una hendidura pero de buen tamaño. Dentro sólo había oscuridad.
Hugh maldijo varias veces mientras intentaba, palpando con las manos, encontrar al niño en aquella penumbra. La luz que penetraba por el agujero apenas era suficiente para que el viejo viese más allá de sus manos, y llamó al chico varias veces.
De súbito, aquel sonido perturbador apareció de nuevo. A pesar de que Hugh había viajado mucho, y se había mezclado en muchas cosas extrañas, parecía que hubiesen despertado en él algo primario, un instinto demasiado parecido al miedo que le instaba a alejarse de allí con la mayor rapidez posible. Se le puso la piel de gallina cuando un sonido viscoso quebró el silencio. La respiración se le agitó, pero intentó serenarse pensando en lo asustadizo que se había vuelto con la edad.
Phillip reapareció de entre las sombras, gritando desaforadamente. Por un momento, mientras el chico corría a refugiarse tras la espalda de Hugh, éste vio, o quiso ver, un resplandor azulado en el fondo de la gruta que parpadeó un momento y se desvaneció de repente. Phillip temblaba de pies a cabeza y murmuraba algo sin sentido. Hugh tragó saliva y empujó a su compañero fuera de la gruta, mirando a su espalda con algo más que recelo mientras atravesaba el agujero. Tan pronto como pudieron, recogieron sus cosas y pusieron rumbo a la playa. Hugh envolvió a Phillip en una manta, intentando que dejase de temblar. El chico seguía mirando fijamente, sin decir nada, el lugar que acababan de abandonar como si estuviera en trance. Se había puesto muy pálido, y aferraba con todas sus fuerzas un pequeño objeto metálico en la mano derecha. Hugh intentó persuadirle por todos los medios de que lo soltase, pero fue incapaz de obtener nada que no fuese silencio.
Cuando consiguió llevar a Phillip hasta la pequeña casita que sus padres habían alquilado, intentó despedirse con una disculpa, pero no sabía muy bien si el misterioso suceso había sido culpa suya. Phillip le dirigió una mirada, pero siguió tan pálido y tan callado como antes.
Durante una semana no volvió a tener noticias del chico, y se enteró por casualidad, mientras visitaba a un conocido en el pueblo, de que Phillip se había marchado a los pocos días.
Aunque Hugh se sentía un poco traicionado, pensó que era una tontería esperar algo del chico, al fin y al cabo sólo había compartido unas semanas de pesca con un niño de diez años. Menuda bobada, acabó diciéndose.
Después, volvió a su rutina de siempre, y su vida se tornó tan solitaria como había sido durante muchos años, con la única compañía de su botella y el rumor suave del mar chocando contra las rocas.
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