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Relato: Canción de Hielo y Fuego (Cap. I) |
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Primer capítulo de este relato ambientado en el universo de Canción de Hielo y Fuego |
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Qhorin se arrebujó en su manto, burdo, raído y deshilachado. Como todas sus ropas, era de un negro al principio invariable, pero con el uso, el barro, el tiempo y los remiendos lo habían tornado grisáceo y estaba salpicado de barro en muchos puntos, e incluso teñido de un carmesí muy oscuro, allí donde la sangre había inundado la capa.
La noche era fría y oscura, para variar. Gared soltó una palabrota, y escupió a la pequeña fogata que estaba intentando encender.
- Trae eso, quiero calentarme un poco antes de dormir.- Gared le lanzó una mirada iracunda a Benjen Stark, si bien se apartó respetuosamente. El experimentado explorador entrechocó el pedernal y los hierbajos secos se encendieron. Clavó una mirada recriminatoria en Gared, que chasqueó la lengua y se dedicó a mantener la llama encendida por su hermano.
- Noche fría... - susurró Qhorin cuando Benjen se sentó a su lado. En verdad, el frío era exagerado incluso para estar más allá del Muro. Les atenazaba los miembros, y se les colaba bajo las ropas, entumeciendo sus músculos. La nieve caía con suavidad, en pequeñas cantidades. Los árboles bajo los que se cobijaba el grupo de Hermanos eran bastante grandes, y era difícil verles desde cualquier punto de las cercanías. El humo de la hoguera era más blanquecino que oscuro, y apenas se notaba.
- ¿Crees que llegaremos al Muro a tiempo?- inquirió Benjen, con gesto ceñudo y mirando hacia el horizonte.
- No lo sé. Esos malditos salvajes todavía nos llevan una jornada, pero no dudo que nos alcanzarán antes de poder siquiera divisar el Muro.- La voz sombría de Qhorin casi atemorizó a Benjen.
Hacía cuatro días que los tres exploradores habían emprendido la vuelta hacia el Muro desde los territorios agrestes y misteriosos más allá del mismo. En condiciones más favorables no habrían tardado más de un par de jornadas de fatigoso viaje, pues no se habían alejado demasiado, sin embargo, cuando apenas acababan de decidir su regreso, escucharon uno de los cuernos de los salvajes bramando. Uno de sus hermanos, Dug, había divisado a diez salvajes a una distancia segura, e inmediatamente una flecha mal fabricada, de penacho negro y punta de piedra, le había atravesado la garganta, derribándolo entre gorgoteos y espasmos. Entonces, los tres Guardias restantes pusieron pies en polvorosa, intentando despistar a los sicarios de Mance Rayder en la espesura que tan bien conocían Qhorin y Benjen. A pesar de todo, los salvajes habían conseguido seguir su pista, y en las últimas jornadas los habían avistado en varias ocasiones, en lontananza, perdidos entre la nieve y los árboles.
- Gared – llamó Benjen con voz de mando-, ¿tienes un hacha?- Su sombrío compañero le mostró un pequeño objeto de madera y metal que apenas podía nombrarse como hacha, pues casi parecía un filo de hierro incrustado en un trozo de madera.
- No vamos a escapar de los salvajes- sentenció Qhorin, adivinando los pensamientos de Benjen.
- Lo dudo demasiado para seguir intentándolo. Un poco más adelante hay un pequeño claro rodeado de árboles. No nos quedan arcos, el último lo tenía Dug, pero Gared tiene una aljaba de flechas, y podríamos fabricar los arcos. Gared es un buen tirador, y yo también. Son diez, creo. Lo veo posible.
- Desde luego- dijo Qhorin con desdén, y Benjen supo que rememoraba batallas pasadas mientras se apretaba la mano contra el pecho, que estaba surcado de cicatrices.- Diez de esos bastardos desentrenados y muertos de hambre no aguantarán un par de asaltos, y seguro que huirán después de las primeras muertes.- Aunque no lo dijo muy convencido, desenvainó su espada larga y empezó a darle filo con una piedra amoladera que llevaba siempre en sus exiguas alforjas. Le comunicaron sus planes a Gared, que escupió al suelo y se preparó para reemprender la marcha.
Tardaron apenas un par de horas en llegar al lugar señalado por Benjen, en verdad una ubicación que les daba una ventaja considerable en una emboscada a pesar de ser inferiores en número. A los lados de una pequeña depresión entre dos montículos de poca altura había un gran bosque de coníferas verdes cubiertas de níveo blanco a las que podían trepar con facilidad. Desde allí, y a lo lejos, era bastante complicado verlos hasta para un hombre con una vista tan aguda como Qhorin. Cuando los árboles dejaron de renquear bajo el peso de dos Hermanos Negros y la nieve agitada se hubo posado, Benjen y Gared eran casi imperceptibles. Qhorin los imitó, apostándose tras unas rocas que sobresalían de la tierra como dientes aserrados. El frío era intenso, y temió que su cuerpo se entumeciese en demasía si permanecía mucho tiempo quieto. Maldijo a los salvajes, y recorrió, casi con cariño, la guarda y el pomo de su espada, esperando la llegada de aquellos bastardos.
Al cabo de una hora, a Benjen le castañeteaban los dientes de una manera que parecía estremecer todo el bosque. Era curioso. Más allá del Muro, internándose en el bosque, era difícil escuchar algo por encima del susurro del viento contra los árboles. Ni pájaros, ni personas desde luego, pero sí los dientes de un Stark castañeteando, pensó Qhorin, esbozando una sonrisa sardónica. Sus orejas casi se movieron cuando escuchó una rama crujir a pocos metros de distancia.
- ¡Silencio, estúpido!- susurró delicadamente una voz masculina, de mando. Se oyó un golpe sordo.
- Estamos cerca - dijo otro -, pero seguro que apretaron el paso después de encender aquella fogata…- en ese preciso instante, el grupo pasaba frente a la piedra tras la cual Qhorin se ocultaba sin percatarse de nada. A pesar de que aquellos parajes eran en los que vivían, los salvajes todavía temían aquella presencia constante que parecía espiarles cuando se internaban en zonas de poco tránsito, como aquella. De súbito, uno de los rudimentarios que Gared había tallado a partir de unas simples ramas con lo poco que tenía a mano emitió un chasquido y una saeta salió disparada a toda velocidad hacia la garganta de uno de los que habían hablado. El pánico pareció cundir entre los salvajes, que empezaron a mirar en todas direcciones, y soltaron un par de flechas en una dirección aleatoria. Atrapados entre los árboles donde se apostaban Benjen y Gared, dos salvajes más cayeron con severas heridas que perforaron un vientre y otro cuello. Los siete restantes, presa del miedo, desperdiciaron más flechas. A la luz mortecina de principios del ocaso era difícil ver nada con demasiada claridad, y sólo este hecho salvó a los arqueros. Con un rugido amortiguado por el sonido metálico de una espada al desenvainarse, Qhorin abandonó su parapeto y se lanzó contra los salvajes. Sin piedad y de dos brutales mandobles, destrozó por completo a un joven que no contaría con más dieciséis años. Sorprendidos, los salvajes enarbolaron sus armas toscas. Otro cayó fulminado con una flecha sobresaliendo del pecho. Los demás, enfurecidos y entre gritos de guerra, cayeron sobre Qhorin como una tromba. El experimentado, aunque joven, explorador se las veía y se las deseaba para lograr escapar de los quites de sus adversarios, que compensaban su falta de entrenamiento con su superioridad numérica. Con gran habilidad, el Hermano Negro blandió la espada consiguiendo alejar a casi todos sus antagonistas, dando a Benjen y a Gared un bonito margen para disparar y recargar. El propio Benjen Stark, con un rugido, saltó del árbol pesadamente y desenfundó su espada al tiempo. Una flecha voló sobre su cabeza y se incrustó con un sonido húmedo en la pantorrilla de un salvaje, que se puso a gritar de dolor y a cojear. Benjen se acercó corriendo y le clavó la espada hasta el puño en el pecho, y, tras liberar su arma, decapitó a un anciano que estaba de espaldas, atendiendo al fiero combatir de Qhorin. Otro de ellos, que por su coraza de cuero endurecido y su espada brillante debía ser el cabecilla del grupo, se encaró con Benjen y lo derribó con una carga mientras sus espadas se enredaban. Qhorin, por su parte, se confió en demasía y dejó de prestar atención a uno de sus contrincantes, una mujer, y se centró en atravesar el estómago de otro de ellos. La mujer, enloquecida, se tiró contra Qhorin y consiguió hacerlo trastabillar. Mientras él trataba de liberar su espada, el arma de la mujer, apenas una rudimentaria azada de piedra pulida, cayó con todo su peso sobre la mano derecha de Qhorin, que aulló de dolor. Sus dedos, machacados, apenas podían sujetar la espada. Con una furia indescriptible, le asestó un severo puñetazo en la cara a la mujer, que cayó pesadamente al suelo con un hilillo de sangre resbalándole por la comisura de los labios. Qhorin empezó a golpearla con saña, destrozándole el rostro mientras que de su mano derecha no paraba de manar sangre. Oyó, o creyó oír, la voz amortiguada de Benjen retumbando en sus oídos, pero apenas si lograba ver con claridad la cara desfigurada de la mujer. Una mano severa lo lanzó contra el suelo y examinó a la mujer, que yacía muerta en la nieve, rodeada de sangre propia y ajena. Gared, cuando los salvajes estuvieron bien muertos, bajó de su árbol y le alcanzó a Benjen unas vendas de paño y una poción curativa que les había dado el maestre Aemon. Los dedos de Qhorin estaban hechos pedazos. Excepto el pulgar, los demás dedos de la mano derecha eran, hasta la mitad de la segunda falange, colgajos de un amasijo de hueso, carne y sangre. Incluso Benjen, bien curtido en materia de heridas feas, no pudo contener una mueca de asco. El dolor hacía que a Qhorin le palpitaran las sienes, y sintiese sus dedos como dormidos, notando el flujo de sangre que se le escapaba. Observó los cuerpos descuartizados y atravesados de los salvajes y, a pesar de todo, aquellos despojos no le afectaron en absoluto. Al cabo de unos minutos, Benjen Stark, habilidoso en aquella materia como en todas, improvisó un vendaje y resolvió que avanzarían sin pausa hasta el Muro, que tampoco debía estar muy lejano.
De hecho, la enorme construcción helada estaba apenas a media jornada de viaje, y si no tuviesen delante la enorme espesura boscosa, lo habrían divisado antes. Los guardias avistaron al reducido grupo y alertaron a sus compañeros de que Benjen traía un herido. Qhorin, mucho más pálido que de costumbre y con la frente perlada de sudor febril, regresó al Castillo Negro casi en brazos de Benjen Stark, con la mano envuelta en vendas ensangrentadas y la mente en una nube.
Ser Jeor Mormont se alegró poco de ver a Qhorin con la mano en aquel estado, y lo envió enseguida al maestre Aemon, esperando que el anciano pudiese hacer algo por el joven explorador.
- Stark- gruñó el Viejo Oso- ¿qué ha ocurrido?- Benjen, sin siquiera limpiarse ni nada semejante, mantuvo una larga entrevista con el comandante. Mientras, un par de hermanos llevaron a Qhorin a las entrañas del castillo, donde Aemon tenía su pequeño hospital. Uno de sus ayudantes, un tal Cork, gritó horrorizado cuando vio los colgajos en que se habían convertido los dedos del herido. Aemon, a pesar de su vista desmejorada, no pudo ocultar una mirada afligida al ver a Qhorin.
- Dejadlo sobre esa camilla- señaló un lecho espartano, apenas una cama de madera con unas mantas encima y un cojín.- Cork, trae mis instrumentos.- El mayordomo afirmó enérgicamente y le alcanzó al maestre una bolsa de cuero llena de misteriosos objetos de uso quirúrgico. El venerable anciano totalmente calvo analizó la herida, y se frotó la barbilla. Introdujo las manos en la bolsa y extrajo varios cuchillos de hoja pequeña, algunos serrados y otros lisos y extremadamente cortantes.
- Cork, trae toda la leche de la amapola que tengamos, y prepara más.
- Así que diez salvajes a costa de uno de los nuestros…- Jeor Mormont se mesó la barba y le lanzó un grano de maíz a su cuervo, que lo atrapó al vuelo y graznó repitiendo “salvajes, salvajes”.- ¿Y dices que Qhorin perdió los dedos?
- Sí, señor. No creo que el maestre pueda hacer otra cosa aparte de amputarlos.
- Está bien, Stark. Podría haber muerto, y tú también. Ve a lavarte y luego puedes bajar a ver a Qhorin. Creo que os merecéis un descanso, díselo a Gared también.- El Lord Comandante volvió a sus tareas, asistido por un joven hermano negro. Benjen se marchó a su celda, cogió una muda limpia y mandó a lavar la que llevaba puesta. Después, se lanzó un par de cubos de agua encima para quitarse la suciedad del cuerpo cansado. El agua, ya de por sí fría, parecía cubrir el cuerpo pálido del explorador de escarcha, y Benjen sintió el vello erizado por el frío, un fuerte escalofrío recorriendo su espalda. Cuando se hubo secado con un trozo de tela basta y limpia, se peinó el cabello y se recortó la barba.
Una vez vestido, recorrió el camino hasta la enfermería. El maestre Aemon introducía algo en la boca de Qhorin, que seguía inconsciente.
- Hola, joven Stark- dijo el anciano sin levantar la vista del convaleciente.- Cork, ocúpate de mis asuntos mientras acabo con esto.- Solícito, el interpelado abandonó la estancia inclinando la cabeza respetuosamente al pasar frente a Benjen.
- ¿Cómo está?
- Vencido por el cansancio, la pérdida de sangre y las heridas, desde luego. Preparaste un vendaje bastante bueno, te felicito. ¿Qué ocurrió?- Benjen relató lo ocurrido apresuradamente, quería escuchar el diagnóstico de Aemon.
- Tendré que amputarle los dedos. Sólo le quedará una falange- dijo, apesadumbrado. Benjen, consternado, observó la mano machacada de Qhorin. Los tendones estaban poniéndose blancos, y los dedos mostraban un color pútrido. La sangre era una costra reseca y maloliente. Sabía lo que significaba. Quedaría casi manco, no podría seguir en su puesto.
- ¿No hay ninguna posibilidad?
- Me temo que no. Si intento restañar la herida, el proceso de curación sería muy lento, probablemente moriría entre grandes fiebres, o la mano podría gangrenarse.- Benjen entendió que la leche de la amapola serviría para que Qhorin estuviese tan drogado que no sintiese nada. En las manos se concentraban muchísimos nervios, y el dolor sería insoportable durante la amputación. Después, sería duro, pero no quedaba otro remedio. Aemon escogió una cuchilla pequeña. Con un corte hábil y un chasquido húmedo, seccionó los tendones con suma tranquilidad. Luego, utilizó un cuchillo de sierra para cortar el hueso a la altura de la primera falange. A Benjen le impresionó el estoicismo de Aemon, que por otro lado seguro que había visto cosas peores. El Stark miraba atónito, sintiéndose recorrido un sudor frío y con un nudo en el estómago. Finalmente, los ruidos cesaron, y el experimentado maestre aplicó una serie de ungüentos y vendas a los muñones. Durante el proceso, Qhorin, a pesar de su inconsciencia provocada por la leche de la amapola, se revolvía y su semblante se transformaba en máscaras de dolor y se retorcía, pero la mano férrea de Aemon sostenía el brazo para que no se moviese. Luego, tapó al herido con una manta descolorida y le encargó a Benjen que lo vigilase, volviendo a sus quehaceres.
- Había una doncella y un hombre sin dedos...- canturreó una voz en la entrada, acompañando su fraseo con una nota de lira. Mance Rayder avanzó con una sonrisa que se contrajo en una mueca de dolor al ver la mano, aún cubierta de ungüentos, de Qhorin. Rayder era casi tan alto como Benjen, pero más esbelto, rápido y ágil. En realidad, recordaba bastante a Qhorin, aunque su carácter distaba mucho de ser similar. Mance le palmeó la espalda a Benjen.
- He oído que matasteis a unos cuantos salvajes- Benjen estaba tan harto de contar la historia que se limitó a asentir.
- A diez, sí.
- ¿Por qué?- Mance siempre había estado en contra de atacar a los habitantes más allá del Muro. Según él, se merecían un gran respeto por sobrevivir en aquellas tierras inhóspitas.
- Nos avistaron cerca del Puño y mataron a Dug de un flechazo.- Mance musitó algo, pero no dijo más. Era un buen amigo de Qhorin, así que esperó en la enfermería tocando su instrumento con energía. Benjen pensó que era raro verle ocioso en el Castillo Negro. Mance Rayder era uno de los mejores exploradores con los que contaba la Guardia. Manejaba arco, lanza y espada a la perfección, montaba, rastreaba como un sabueso…sus habilidades eran algo fuera de lo común. A pesar de ello, no contaba con más de veinte años, como Benjen y Qhorin. Casi nadie, aparte del Lord Comandante, sabía por qué se había comentado en un hermano negro, pero circulaba el poco creíble rumor de que era un voluntario.
Tuvieron que pasar dos noches para que Qhorin consiguiese recuperar la consciencia, y el maestre llegó a pensar que la leche de la amapola lo había sumido en una especie de sueño perpetuo, y recibió con alegría las maldiciones de convaleciente cuando empezó a sentir un dolor hormigueante por todo el brazo. Vomitó cualquier cosa que le dieron de comer, y se alimentó sobre todo de caldos y brebajes calmantes del maestre, que no le quitaba ojo. Muchos camaradas le visitaron en los primeros días, llevándole palabras de ánimo. Sin embargo, las miradas que le dirigían a su mano, repletas de compasión lo enfadaban mucho, y al principio se hacía el dormido cuando alguien iba a verle.
Ser Jeor Mormont le interrogó a fondo acerca de lo ocurrido, haciendo que se sintiese incómodo.
- Bueno, ya sé que eso de la mano es…difícil de asumir.- Qhorin se alegró de no ver compasión en los ojos de su superior más directo.- De todas formas, en cuanto estés restablecido te asignaremos otros cometidos más apropiados.- A pesar de los esfuerzos de Mormont, las palabras hirieron profundamente a Qhorin. Ya no volvería ser explorador. Intentaba aceptarlo, pero no podía.
De cualquier forma, los días se sucedieron rápidamente, y enseguida se encontró con fuerzas para hacer algo, lo que fuese. Aemon le enseñó algunas cosas relativas a los oficios de los mayordomos, y durante unos cuantos días estuvo alimentando las pajareras con el anciano maestre.
- Sabes, mañana empezarás a realizar tareas sencillas con la mano izquierda. Poco a poco acabarás utilizándola tan bien como la derecha. Una vez conocí a un hombre, en Desembarco del Rey, uno de los participantes de un torneo, que utilizaba una espada en cada mano, y se desenvolvía con igual soltura con ambas.- El maestre esbozó una sonrisa cuando vio la cara iluminada de Qhorin.
Al final, al cabo de una semana, los cambios de vendas ya eran soportables sin leche de la amapola, y empezó a hacer vida normal. A pesar de que le daba vergüenza, comía con sus hermanos, y había vuelto a su celda de costumbre."
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